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night28 – Parte III (Final)

Electric Feel de MGMT sonaba alegre en mis auriculares cuando, con un cansancio inmenso en el cuerpo tras la noche anterior, traspasé la puerta de entrada del piso de mi hermana. Suena a tópico, pero ella era la hermana perfecta, la mayor, la que tenía una familia económicamente bien establecida, un marido guapo y dos hijos que sacaban buenas notas, la preferida toda la vida de mis padres y cómo no, la que intentaba por todos los medios darme lecciones de vida para que la enderezara, mi vida, de una vez.

– Pero qué cara que traes, por Dios – exclamó mi hermana nada más abrirme la puerta.
Apagué la música y me quité los auriculares que quedaron colgando sobre mi pecho.
– Alguna gente seguimos divirtiéndonos, Alicia -dije.

Me echó una larga mirada reprobatoria, y acto seguido echó a andar hacia su dormitorio, explicándome:
– Ricardo se ha llevado a Lucas y Alex de excursión de hombres por la montaña, tú y yo tenemos mucho que hacer hasta que vuelvan, he revuelto el armario y he puesto toda mi ropa patas arriba hasta encontrar algo decente con lo que puedas ir a la boda, algo que encaje dentro de ése gusto raro y rancio que tienes…
– Eh! rancia tú -protesté.
– Lo que tú digas. ¡La cuestión es que lo he encontrado!… te va a encantar absolutamente -me dijo con cara de completa ilusión y felicidad- tenemos varias alternativas, yo no logro decidirme del todo por ninguna aunque lo que este año se lleva es…

Mi cara de estupor al ver al menos diez vestidos de encajitos, y lentejuelas, y volantitos, y rosas, y telas brillosas, y un montón de chales y bolsos a juego y otras muchas cosas pulcramente ordenadas sobre su cama, que yo jamás me pondría ni en una boda ni en ningún otro sitio, fué aplastante.
Ella, aún de espaldas a mí, seguía diciendo:
– Quizás creas en un primer momento que no estás preparada para el Carolina Herrera, pero es sólo la primera impresión, es precioso y siempre elegante, yo me lo puse en la boda de Christian y Yolanda hace dos años, y te aseguro que nunca pasa de moda, pero lo dejaremos para más tarde… ay qué bonito es -tocó otro vestido- éste es algo espectacular, aunque creas que tu hermana es una pesada y que no entiende tu gusto, tengo que decirte que éste lo llevé en la boda de los amigos gays de Ricardo el año pasado y no dejaron de decirme lo guapa que iba
Entonces se dió la vuelta.
Su expresión cambió radicalmente al mirarme, una tristeza indescriptible me resbaló por dentro al ver cómo su cara pasó de ser un cielo limpio y soleado de verano, salpicado de cometas y risas, a un día encapotado y lluvioso, con niños tristes porque no pueden salir a jugar.

– No te gusta nada. ¡Pero si aún no te lo he enseñado bien! ¡acabamos de empezar!… por favooooor… déjame y no pongas ésa cara mustia… Tienes que llevar algo en condiciones
– Pero es que con todo éso… que no todo es feo… bueno, seguro que algunos son verdaderas joyas, no te lo discuto…
– ¡Claro que sí! sólo tienes que ver la pedrería discretísima de…
– … pero es que así no voy a ser yo -continué- así no soy yo, Alicia…
– Éso es que aún no te has visto, vamos darle una oportunidad -me dijo.
– Es que odio los vestidos -y remarqué mucho la palabra odio- y lo sabes, por Dios cómo no me conoces aún
– Escúchame Eva María Rodríguez, tú no vas a ir en vaqueros y camisa a esta boda -sentenció.
– Alicia, no me voy a poner uno de ésos vestidos. Me niego -y crucé los brazos a la altura del pecho. Clásica postura defensiva, lo sé.
– Vamos a ver -mi hermana daba vueltas por la habitación con los dedos masajeándose las sienes- que no cunda el pánico, dá gracias que tu hermana tiene un gran fondo de armario, estoy recordando unos pantalones de fiesta de Cacharel, negros, que combinados con un top que tengo por aquí, en algún sitio, con toda la espalda escotada y…
– Alicia
– ¿Qué?
Me acerqué a ella y le dí un abrazo.
– Gracias por intentarlo. De verdad. Pero no -le dije, al separarme de ella.
– Pero ¿porqué Eva?, eres una chica guapa, irías tan femenina con cualquiera de éstas cosas, no entiendo porqué te empeñas en vestir siempre así
– Es mi estilo, y yo no entiendo porqué no puedo ir a la boda con un traje de ésos -dije señalando el armario de mi cuñado- el gris metalizado, es precioso Alicia, y es de mi talla – arqueé las cejas.
– No por favor, otra vez una conversación de las tuyas no, sabes lo que opinio de éso
– Pero es que yo soy así Alicia
– ¡No! ése es un tarje de hombre, por favor, cómo se te ocurre. Eres una chica Eva, una chica guapa además
– No me gusta que me llames así -respondí.
– ¿Así cómo? -me preguntó desconcertada.
– “Eres una chica guapa”
– Por el amor de Dios -y se sentó en la cama.
– ¿Porqué todos tenéis esta manía de etiquetarnos a todos? porque yo no puedo ser yo y ya está. No quiero ser una chica guapa, ni una chica fea, ni una chica nada… quiero ser… quiero ser… -no encontraba las palabras.
– Ni tú misma lo sabes -dijo ella.
– ¡Es que hay palabras para todo menos para definir cómo me siento!
– Aún sigues llevando ésa estúpida nota -afirmó con  voz apesadumbrada.
– Sí. Y siento orgullo por ello
– Dios, Eva, si ni siquiera hablas ya usando artículos de género para tí misma, ¿qué te han hecho?
– Tú… ¡Tú no sabes lo que es vivir…vivir con esta oscuridad que llevo dentro! con éste vacío de no saber quién soy, de odiar las palabras porque las palabras etiquetan, pero a la vez sentir el vacío de ellas al no encontrar las que me definan -exclamé.

Mi hermana me miraba muy seria.

– No pasa nada por ser lesbiana Eva, sabes que te quiero y que entiendo que el amor es algo libre, todos en la familia lo entendemos, eres tú la que tiene que dejar de torturarse, sólo tú puedes salir de ésa oscuridad, tienes que aceptarte cómo eres -me dijo.
– Si es que no me entiendes. Joder, qué dificil. Mi sexualidad está bien, gracias. No se trata de con quién me acuesto ó dejo de hacerlo. Se trata de quién soy. No me siento mujer, no me siento hombre. Siento algunas cosas como mujer, siento algunas cosas como hombre. Me gusta mi piel, me gustan mis pies, mis manos, en general me gusta mi cuerpo, no siento el rechazo visceral ante él que siente un transexual. Pero… querría tener barba, ser más fuerte, algunos días sería divertido no tener pecho y sí genitales masculinos. Algunos días… mataría por ser un hombre, aunque me sienta a gusto con mi cuerpo. Otros me siento feliz tal como soy. La mayor parte del tiempo simplemente quiero ser agénero, en la ropa, en las formas, en el nombre, en el DNI, en la sociedad, en el mundo. Agénero, ¿tan difícil es?. No quiero ser nada porque quiero serlo todo.
– ¡Ay Dios!…,¿¿pero tú…te drogas?? -preguntó mi hermana, ojos muy abiertos.
– Hay un vacío enorme en el diccionario, en esta sociedad. Y estáis ciegos todos los que no lo veis.
– No sé qué decirte, de verdad que no lo sé
Respiré hondo.
– Lo sé hermana, lo sé. No digas nada. Ya está.

Pasaron unos minutos espesos, dolorosos y surrealistas, en los que ninguna dijimos nada. Ella miraba a la alfombra a los pies de la cama, yo a los vestidos que no era capaz de ponerme.

– ¿A qué ahora no te parecen tan mal los vaqueros y una camisa bonita? puedo llevar al cuello uno de tus pañuelos -le dije sentándome a su lado y rodeándole la espalda con un brazo cariñoso.

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//Escrito por Atlanthis. Todos los Derechos Reservados. //

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night28 – Parte II

Después de terminar el chat, algo que no me había convencido del todo, salí a la calle a pasear un rato. Estaba siendo una semana movidita y necesitaba tomar el aire, reducir algo la sensación de extrañeza que sentía, no hacer nada ni pensar en nada. Vagar por la acera mientras en resto de gente siguiera su curso sin reparar en mí. Sólo alguien más dentro del murmullo de luces y ruidos de la ciudad. Pero a la vez sentía que yo era como una granada a punto de explotar.

Me rasqué una pierna por encima de los vaqueros, me metí el móvil y la cartera en el bolsillo trasero donde tenía enganchada la cadena metálica, me puse una chaqueta encima de la camiseta roja a juego con las zapatillas de aquel día, y cogí las llaves para cerrar la puerta de casa. Bajando por las escaleras, yo vivía en un octavo pero nunca usaba el ascensor, me rasqué también uno de los tres piercings que tenía en la ceja derecha. Era el más nuevo y pensaba que se me estaba infectando.

La noche no era demasiado fría para mí, corría el mes de noviembre y la gente iba con bufandas y guantes y cara de prisa. Eran las 00:24 a.m. y a mí me gustaba el frío, me hacía sentir con vida.

Mi fallo aquella noche fue continuar caminando por la orilla del río un trecho más en vez de hacer caso a mi primer instinto y meterme por la paralela, donde había un Starbucks y habría cogido un café justo antes de que cerraran. Pero en el último segundo cambié de opinión, me dije que ya tenía bastante café en vena para ésa semana y obté por evitar la tentación.

La luna se reflejaba en el agua del río, llena. Había andado ya un buen trozo desde que decidiera continuar por ahí cuando me dí cuenta de que no se veía a nadie. Se oían unas risas en algún lugar muy cerca de dónde yo estaba, algo que sonó como unos cristales rompiéndose, y seguidamente una alarma a toda pastilla. Instantáneamente me giré a mirar a mi espalda, con nerviosismo. No ví nada. Más allá del muro que contenía al río todo era agua, sin parte pisable, de allí no podía venir. Yo no era una persona que se diera cuenta de las cosas con una gran rapidez. Tardé lo mío en orientar los oídos y luego el resto del cuerpo hacía la dirección correcta de dónde venía el sonido.

Era la última calle perpendicular a la que yo estaba recorriendo la que había llamado mi atención. Al pasar no recordaba haber visto nada raro, pero tampoco me había fijado mucho, iba en mis cosas.

Una extraña mezcla de adrenalina e inquietud me hizo dar media vuelta y entrar en dicha calle, donde nada más acercarse se veía un grupo de cuatro adolescentes con pintas de macarras reírse con carjadas de borracho y rebuscar algo dentro del asiento del conductor del coche al que acababan de reventar la ventanilla. Y a mi no se me ocurrió otra cosa que hacer, que correr hacia ellos gritándoles que qué coño estaban haciendo.

Uno de ellos acudió a mi encuentro con cara de chulo y manifiestas ganas de empujarme, el resto le vitoreaba. Otro de ellos llevaba en la mano lo que parecía un maletín de portátil.

Yo cogí las llaves de casa para usarlas contra mi atacante como puño americano llegado el caso. A lo lejos empezó a sonar, cada vez más cerca, una sirena de policía.

Uno de los chicos gritó algo que no entendí mientras echaba a correr y los otros dos le seguían. El que yo tenía enfrente, haciendo caso omiso de la sirena, me dió un golpe en el hombro, con fuerza, a la vez que me dijo:

– Métete en tus putos asuntos
– Deja tú ése coche en paz, gilipollas – respondí con un comienzo de ganas de pelea. No era tan malo explotar después de todo.

Él me empujó, ahora sí, con las dos manos, chúpame la polla fueron sus palabras exactas, y al fondo de la calle apareció el coche patrulla. Yo miré hacia el coche en un acto reflejo, mientras el acto reflejo de él fue darme una patada de despedida en el gemelo y hacer los 100 metros lisos después como ya habían hecho sus colegas.

La historia es que yo tenía la pierna mal apoyada después del empujón y además el cabrón me dió fuerte, y me caí contra el coche. Cuando me levanté tenía a un policía encima de mí con cara de mosqueo.

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– ¿Qué está pasando aquí? ¿puede levantarse? – me preguntó el policía mirándome fijamente a los ojos.
– Sí, creo que sí – respondí, a la vez que me incorporaba. Me dolía la patada en la pierna.

El policía que tenía enfrente era unos ocho centímetros más alto que yo, llevaba perilla y no se le veía de muy buen humor. El otro, el que completaba la pareja, era más alto y delgado, y permanecía un par de pasos por detrás del otro con cara de sueño.

– ¿Qué ha pasado aquí? – dijo una vez más el mismo agente señalando al coche. Escuchar la alarma para mí ya era insoportable. El otro policía comenzó a dar una vuelta alrededor del coche, inspeccionando los daños.
– Había un grupo de chicos, adolescentes. Yo estaba dando un paseo por allá. Escuché el ruido de romper los cristales – dije señalando lo que quedaba de la ventanilla – y me he acercado hasta aquí. Uno de esos ímbéciles me ha pegado una patada cuando ustedes llegaban
– Nosotros no hemos visto nada – se quedó mirando a su compañero mientras aquel llamaba a la grúa e intentaba desactivar la alarma del coche, todo a la vez – Ésto no pinta bien – dijo mirándome y señalando los destrozos.
– Un momento… no pensará que he sido yo ¿verdad?. ¡Me han pateado!
Se me quedaron mirando los dos. El alto y delgado no dejaba de fijarse en mis piercings.
– Vamos a tener que llevarle a comisaría, a prestar declaración – terció el de la perilla. Por lo visto era el único que hablaba.
– Pero… ¡qué yo no he hecho nada! – hice una pausa para ordenar mis ideas; odiaba a la policía, sólo complicaban las cosas – Yo sólo he venido a ayudar, cuando he llegado ésto ya estaba hecho, uno de ellos se me ha encarado y cuando les han oído a ustedes han echado a correr
– Nosotros no hemos visto a nadie más aquí que a usted. Documentación, por favor – me contestó.
– Pero vamos a ver… no les han visto porqué han echado a correr cuando estaban llegando – dije como si le hablara a un niño pequeño.
– ¿Y entonces porqué estaba usted aquí al llegar nosotros? ¿qué se han llevado del interior del vehículo? – me espetó el otro agente. Estaba mejor callado, la verdad, pensé.
Éstos no se enteran de nada, me dije.
– Porque se han ido, y a mí me han empujado por, por no sé qué, porqué les he fastidiado la diversión
– Parecía cómo que discutían de algo – retomaba la palabra el que parecía el jefe de los dos.
– ¿Pero no me acaba de decir que no habían visto nada?… por Dios… – dije. Empezaba a perder la paciencia.
– Documentación por favor – me repitió.
Odiaba éstas situaciones. Ya me había pasado varias veces más algo por el estilo. Me veían con mis pintas y ya está, ya era un delincuente en potencia.
Y había otra cuestión. El DNI. No quería enseñarles el DNI.

Hacía meses que había tomado la decisión. Desde entonces no había tenido que enseñárselo a nadie, no solía pagar con tarjeta y no había topado con ninguna circunstancia dónde me lo hubiesen exigido.
Por un momento la etiqueta que llevaba pegada en la parte de detrás, dónde ponen los datos personales, me quemaba en el bolsillo, dentro de la cartera.
Respiré hondo, endurecí el gesto y me lleve la mano a la cartera. La abrí y se lo entregué.

Por un momento no dijo nada, ni hizo ninguna cara rara. Leyó mi nombre y no pareció sonarle a ninguno de los delincuentes más buscados del país. Iba a devolvérmelo de hecho, cuando de repente frunció el ceño y lo volvió a mirar y a darle la vuelta, a la cara de los datos personales. Raspó ligeramente la etiqueta con la uña del pulgar. No se despegaba. Leyó lo que allí había escrito y dejó pasar unos segundo. Me miró con una cara que no sabría describir. Yo creo que le salió algo de humo por las orejas.

– No puede usted pegar nada al DNI – hizo una pausa y miró a su compañero que se había colocado al lado de él y miraba mi DNI por encima del hombro del otro – Parece que tenemos a una de ésos – y suspiró.
Carraspeé.
– Quisiera que respetaran lo que ahí dice. Por favor – dije.
Se miraron.
– Mire. Si tiene esta actitud va a ser una noche larga para usted. No se lo recomiendo – respondió el alto y delgado.
– Tengo derecho a… – comencé a decir.
– Venga conmigo al coche – me instó el otro agente – Va a quedarse dentro hasta que llegue la grua y el dueño y paremos este estruendo – dijo refiriéndose a la alarma.

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El día siguiente me lo pasé durmiendo en mi cama desde las 9:00 a.m. de la mañana hasta las 17:00 p.m., a las 18:00h había quedado en ir a casa de mi hermana, teníamos que asistir a la boda de un primo en tres días, el sábado, y quería hablar conmigo de algo relacionado. No me gustaba mucho la idea de mi hermana mayor dándome consejos sobre cómo tenía que acudir a la ceremonia, qué diría la gente, qué… tonterías. Pero tenía que ir aún así, era mi hermana y me quería, y yo no dudaba de ello.

Fue peor de lo que había imaginado mientras estaba en el coche, la visita a la comisaría. Me habían dejado libre, claro, no tenían nada que me vinculara al coche, a pesar de lo que mi imagen les hiciera pensar y tampoco era una persona con antecedentes.
Me habían arrancado el papel.
Me habían mirado como si fuera un alien. No es que esperara otra cosa, pero aún así me había hecho sentir peor de lo que suponía ó quería suponer.

Quizás fuera más fácil si desistiera. Si me dejara llevar y me olvidara de todas ésas ideas. De lo que sentía dentro de mí.
Quizás la sociedad tenía razón, y no existía lo que yo sentía. Ó simplemente tenían razón en decirme lo que yo era, tenía que aceptar la norma.

Pero es que nadie podía decirme lo que yo era. Nadie más que yo podía decir quién era.
Sería más fácil si al menos yo lo supiera, si tuviera las palabras para decirlo sin que ésas palabras se conviertieran en una nueva cárcel.

Antes de irme a casa de mi hermana me senté delante del ordenador e imprimí una nueva copia de la etiqueta. La volví a pegar con cuidado para que no quedaran burbujitas de aire entre el DNI y ella.
Antes de meterlo de nuevo en la cartera, leí una vez más lo que había impreso:

Abjuro irrevocablemebte del género y nombre del presente DNI. No soy yo.
El género es un concepto social, una variable continua y sometida a cambios a lo largo de toda la vida. No se puede etiquetar al caos, no me pueden etiquetar a mí. No soy hombre ni mujer. Soy una persona

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/CONTINUARÁ…/

//Escrito por Atlanthis. Todos los Derechos Reservados. //

night28 – Parte I

Puse dos hielos en el vaso, tres dedos de vodka y uno de zumo de naranja. Me lo bebí todo de un trago.
Cogí el móvil y marqué nueve números de teléfono, prefijo local. Fruncí el ceño mientras me masajeaba las cejas y esperaba el final de los tonos de llamada.

– ¿Diga? – respondieron.
– … … … – no conseguía que me saliera la voz.
– ¿¿Diga??
– Tengo un problema – solté.

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Me miré en el espejo. El segundo vaso de vodka con naranja esperaba a que terminara de apurarlo, quieto sobre los azulejos azules que enmarcaban el lavabo.
Los dedos de la mano izquierda me temblaban ligeramente. Me aparté un mechón de la frente. Seguía frunciendo el ceño.

Relajé la expresión de mi cara. Mi cara, repetí sin hablar en alto de forma mecánica.
Continué acariciándome las mejillas, la nariz, el pelo detrás de las orejas, la piel del cuello.
Y me detuve, era una tontería. Nunca lo sabría. Nunca.

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A la mañana siguiente fuí hasta la calle que el día anterior había apuntado en un post-it, andando, era incapaz de conducir nada, ni siquiera una bicicleta. A los cuatro años había amado un triciclo que parecía una pequeña moto, roja con ruedas azules, y hasta el presente. Tenía el carnet de conducir olvidado dentro de un cajón en un mueble cerca de la tele.

Un niño se quedó mirando mis zapatillas rojas, con una cara que no supe interpretar. Dentro de los auriculares que colgaban de mis oídos hasta hundirse un bolsillo lateral de mi cazadora, sonaba Ryan Star (ya sé, no lo conoce ni su padre). No entendía mi propio gusto por la canción The Back of Your Car.

Me detuve justo delante de una gran puerta en un edificio antiguo, sin ninguna restauración reciente. No había placas que anunciaran si algún abogado ó peluquera ó dentista ofrecía allí sus servicios. Las placas del telefonillo al lado de cada una de las cuatro puertas, A – B – C – D, que conformaban cada unos de los 7 pisos que había, estaban en blanco, sin nada escrito a mano ó a máquina en ninguna de ellas. Me reí mentalmente al sonarme como un anuncio de detergente para lavadora.

Cuando llamé al piso que tenía en mente sonaban a todo volumen las guitarras de Comfortably Numb de Pink Floyd. Genios. Llevaba ya un buen rato sin moverme, en mis propios pensamientos, hasta que decidí tocar ése botón.
Me abrieron enseguida, sin preguntar. Empujé con fuerza la vieja y pesada puerta. Al pasar pisoteé un montón de propaganda de ordenadores que estaba desparramada por el suelo.

Cuando llevaba medio tramo de escaleras subido, después del descansillo del 2º piso, me detuve. Apagué súbitamente el Ipod, y me detuve, mirando a las paredes blancas con gotelé que me rodeaban. Reinaba el silencio. Olía a limpio, al detergente con el que habían fregado. Y yo negué casi imperceptiblemente con la cabeza, antes de dar media vuelta y salir del edificio.

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Puse las zapatillas, unas Converse rojas, sin reparos encima de la mesa que tenía delante de mí. Al otro lado, entre las dos cervezas que nos separaban, estaba ella. Me sonrió, después tomó un largo trago de su cerveza; la suya era una Franziskaner de trigo, la mía una Murphy’s roja. Nos gustaba la cerveza.

– ¿Echamos una partida de billar? – le pregunté, con cara de levantarme de la silla. Estábamos en Mc’Laren’s, para variar.
– No, cuéntamelo, vamos – me respondió.
Fruncí ligeramente las cejas.
– Vamos, quiero jugar una partida, invito yo
Suspiró.
– Así no vamos a ninguna parte – me dijo.
– Ah, ¿pero vamos? – pregunté con cara irónica y las cejas casi en su sitio de nuevo.
– Dios… – resopló – …a veces me cansas – acabó diciendome tras una mirada larga, justo antes de levantarse y echar a andar
hacia la máquina expendedora de tabaco.

Me gustaba. Me gustaba mucho. Y yo tenía un problema más. ¿Qué le diría? ni puta idea, pensé mientras apuraba mi vaso. Desearía que las cosas fueran más fáciles, me dije. La miraba, mientras ella buscaba cambio en la barra para sacar un paquete de Nobel. Era guapa. Y era inteligente, le encantaban las películas de Woody Allen y sabía hacerme reír. Nos habíamos conocido dos años antes mientras yo firmaba libros en una librería del centro. La recordaba claramente delante de mí, con un ejemplar del segundo de los dos libros que yo había escrito por aquel entonces y que me dió una fama mediana al vender 5.000 copias.
Yo ahora trataba de llevar a buen término un recopilatorio con mis poesías de los últimos diez años, y todo era diferente. Casi nadie se acordaba ya de mí. Aunque bueno, no podía quejarme, estaba bebiendo con mi mejor fan con derecho a roce ocasional. Yo quería mucho más.

– He pedido dos más – me dijo ella al sentarse de nuevo.
– Ok – respondí.

¿Qué coño iba a decirle?, cualquier cosa sonaría ó estúpida ó demasiado trágica. Y yo no me sentía de ninguna de las dos formas. Realmente no sabía como defirnir cómo me sentía, pero no así. Y por éso no podía decir nada. A nadie.

– La rareza, aunque es una de tus mejores cualidades a veces – me dijo sarcástica – quiero decirte que en los últimos meses me está sacando de quicio. Oye, estoy aquí, si te preocupa algo sabes que me lo puedes contar – e hizo incapié en ésto último. No iba a dejar el tema.
– No voy a contarte nada. No ahora. Lo siento – respondí obtando por mi más honesta carta de sinceridad.
– Pero, es que no lo entiendo… Me llamas hace cuatro semanas, me dices que vas a empezar a ir a un sitio que no puedes contarme, que cuando pasen unos días me hablarás de algo que no te deja dormir – cogió aire -, pues bien, lo intento, me comporto como una buena… amiga, paciente, disponible…
– ¿Amiga?… ¿no podemos usar otra palabra? – protesté.
– ¿Novia? ni lo sueñes – respondió con cara pícara.

Así nos pasamos al menos veinte minutos, hasta que ella entendió que yo no iba a soltar prenda y yo, justo antes de darle al play en el Mp3 y que empezara Angel de Massive Attack, que con lo que me había costado y me estaba costando darle un toque más serio y formal a nuestra “relación”, todos los progresos se iban a ir a la mierda.

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– El problema no son las palabras, no es la noción de etiqueta, es quién elige esas palabras y esas etiquetas. El problema es, que no somos libres de estar etiquetados ó no, ó bien de elegir qué etiqueta usar, cómo, cuándo, dónde -night28.
– Yo creo que el problema va más allá -malága30.
– ¡Claro que va más allá! el problema está en un tienda de ropa, en tí, en las personas con las que te relaciones, en los trabajos, en… las películas, en la literatura y en la cultura, en la propia gramática si me apuras. En que no puedes hablar de ésto sin que te miren raro. En que no sabes a quién acudir. En que no puedes hablar con nadie sin que cambie radicalmente la opinión que tienen de tí. En que mucha gente no se quedará a tu lado. En que no sabes qué hacer y qué no hacer -night28
– Oye, que yo no soy nadie. Y además tienes asociaciones -málaga30.
– Si, claro, tú eres alguien, pero te acabo de conocer, y… jejej… ésto es un chat. Y además creo que no me entiendes -night28.
– Sí que te entiendo, night28. Pero es que yo creo que lo que tienes que hacer es posicionarte. Ve a una asociación, que te informen. Yo ya estoy casi bien -málaga30.
– Si es que yo no sé para qué he entrado aquí… -night28. Miré por la ventana, la luna quedaba justo enfrente de mi ventana.
– Si no quieres seguir hablando no pasa nada… ¿quieres ver una foto mía? – dijo málaga30.
– Ok -night28.

___málaga30 desea enviarle un archivo, ¿acepta?___
___SI – NO___
___Enviando….___
___Descarga completada___

– Oye, se te ve muy bien -night28.
– ¿A que sí? tú puedes quedar igual, pero cuanto antes empieces mejor, han pasado 3 años desde que dí el primer paso.
Ahora soy yo -málaga30.
– Pero es que… Es frustrante no saber cómo explicarlo, joder -night28.
– Intentalo ;) -málaga30.
– ¿Sigues ahí? -málaga30.
– Sí, estoy pensando -night28.
– Ok -málaga30.
– Sabes? no todo el mundo tiene que pasar por una terapia, ó el quirófano -málaga30.
– Son las palabras, ya te lo he dicho, no se trata de estar en un grupo ó en otro, no es cuestión de… la cuestión es que me encuentro en el medio -night28.
– Pero es que no existe el medio ¿? -málaga30.
– Tiene que existir! de éso se trata, todos somos diferentes y a la vez iguales, y viceversa. Es un continuo. Un continuo donde tienen que caber múltiples posibilidades -night28.
– Te puedo hacer una pregunta personal? -málaga30.
– Claro, te estoy contando mi vida a estas horas de la noche, es lo de menos no? -night28.
– Desde cuándo lo sabes? osea, cuándo te diste cuenta? -málaga30.
– Pues yo creo que desde siempre, pero es lo que te decía al principio, no lo tengo claro. Es que tampoco me ubico en el grupo B, no soy totalmente del grupo A, pero es que tampoco soy del B totalmente. Al principio pensaba que sí, que era el B. Pero he descubierto que es todo mucho más complejo -night28.
– En tu caso -málaga30.
– Sí -night28.
– Pero es que no existe el medio!!! -málaga30.
– No sé quién soy -night28.

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/CONTINUARÁ…/

/El texto presenta enlaces a las canciones mencionadas en él/

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