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El planeta azul – Segunda parte

 El invierno en Armátiga no es casi frío, la temperatura normal baja sólo unos cuantos grados, pero la lluvia es interminable. Todas la ciudades de cualesquiera planetas estemos hablando, verdes, rojos o grises, se llenan de agua por todos lados, las calles, los campos, los lagos, los ríos. Los charcos hacen las delicias de los niños en los breves lapsos de tiempo que para de llover, el lago Räkjir alcanza su cota máxima y el cielo nocturno deja entrever pocas veces las estrellas, tapadas por las grises nubes cargadas de agua.

Las ciudades tienen la suerte de poseer un descomunal sistema de alcantarillado que recicla y lleva toda el agua que cae en él a los campos, que en esta época del año están plagado de Ünnos, también conocido como El Cereal Lluvioso, base de la mitad de la alimentación de la población Armátiga y que sólo se siembra y recoje en invierno, pues necesita una tierra inundada de agua (como una albufera) para crecer.

Bueno, realmente este magnífico alcantarillado no está disponible en todos los planetas Armátigos, ni el Ünno tampoco. El alcantarillado de los planetas grises se llenó y obstruyó de ceniza en la gran LLuvia de Polvo y no ha vuelto a funcionar desde entonces. Claro que hay secciones, trozos libres ya de ceniza y limpios después de mucho trabajar por ello, pero no es suficiente, para que el alcantarillado pueda funcionar otra vez necesita estar limpio entero, y sin alcantarillado en funcionamiento no llega suficiente agua a los campos libres de ceniza, y sin campos puros inundados de agua no hay Ünno.

Aistar miraba fíjamente la lluvia caer sobre el trozo de campo que había limpiado y plantado con semillas de Rojo nº4 y que ahora estaba vacío. Varios charcos crecían lentamente en sus confines, pero no lo bastante como para ser plantado con El Cereal LLuvioso que además, no sabría dónde conseguir en Grieta, ya que hacía años y años que nadie había vuelto a hablar de él.

A la mente le venían imágenes de campos enteros rebosantes de Ünnos listos para la cosecha que había visto en fotografías en los libros que guardaba de su padre, mientras escuchaba el sonido monótono del chapoteo de la lluvia sobre la tierra que instataneamente, se tragaba el 80% del líquido elemento que la tocaba. El 100% en la zona cenicienta.
Ya no recordaba el sabor del cereal en la comida. Irónicamente Grieta, mucho antes de llamarse así, era el mayor planeta Armátigo en la producción de Ünnos.

Lo que sí recordaba Aistar, en aquella tarde tranquila de inactividad pasada por agua, era el brillo de los ojos de Ëva.

Tenía que hacer algo. La imagen de Ëva cada vez estaba más difusa, como si hubiera existido siempre sólo en sus sueños. Se enfadaba consigo por éso, cómo si fuera algo consciente que estuviese haciendo para continuar su vida adelante en el lugar dónde pertenecía, algo que pudiera controlar. Sólo fue una noche, pensaba. Pero a la vez sentía que no, que no estaba en el lugar que le correspondía en el mundo. Que su sitio estaba muy lejos de allí, independientemente de sus sentimientos hacia su hogar. Por éso se enfadaba consigo, porque no dejaba de pensar en ello, pero a la vez no hacía nada. Sólo sentarse en el porche de su casa a mirar la lluvia mientras la imagen que tenía clavada dentro de sí, se volvía cada un poco más y más borrosa e irreal.

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Ëva sabe que las estrellas están ahí detrás, aunque las nubes las tapen. Por éso sigue andando hasta el lago Räkjir, como todas las noches. Se ha convertido en una costumbre durante el útimo año, algo que cada vez más hace de forma mecánica porque le da paz. Todas las noches se sienta en la orilla, se tumba de espaldas para ver las estrellas cuando el cielo las muestra o se queda mirando pensativamente las aguas del enorme lago moverse lentamente. Tras una hora aproximadamente se va a su casa para dormir una nueva noche.

Aquella noche Ëva, cuando sin saberlo Aistar ya está durmiendo en su cama en Grieta después de haber estado toda la tarde observando la lluvia caer sobre su campo, se pregunta por qué. Por qué el destino le traería a alguien, una sóla noche, para que no se le fuera de la cabeza pero que estuviera a años luz (literalmente) de su lado. Por qué el destino le ponía al alcance de la mano la pieza del puzzle que le faltaba para luego ir borrándola poco a poco de su vida.
Se preguntaba si estaba siendo una persona absurda y quizás loca, especialmente si Aistar ya no se pensaba en aquella noche.
Aquella noche donde no pasó nada pero que sentía dentro como la más importante de su vida.

En algún punto de su interior sabía que no podía hacer nada, salvo esperar que Aistar regresara y la encontrara otra vez. O que el tiempo pasara y le demostrara el error de sus sentimientos.
Al cumplir 16 años Armátigos sus padres le habían instalado el Chip #55. Un mecanismo de control para padres muy popular en la época, te daba 10 años de tranquilidad absoluta sobre tus hijos con él dentro del brazo derecho de ellos implantado mediante tecnología láser al alcance de los más respetados bolsillos, tus hijos no irían a ninguna parte lejos de su planeta rojo de residencia hasta que tú lo decidieras hablando amigablemente con ellos. El Chip #55 creaba un campo de gravedad tan perfecto con el suelo de tu planeta que era imposible que nadie se despegara de él hasta que se desactivaba expresamente.

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Ahora viene uno de ésos momentos desconcertantes que hay en toda historia, especialmente si es una historia de amor, en lo que no se puede explicar exáctamente por qué pasa lo que pasa, por qué los portagonistas toman las decisiones que toman, y éso es exactamente lo que a veces, las hacen grandes historias.

Aistar respiró hondo y tragó saliva. Habían pasado 7 días desde la tarde que se sentara a observar la lluvia caer impasible sobre su campo. Este día llovía mucho más que aquel pero Aistar ya había tomado una decisión y nada le iba a impedir llevarla a cabo. La vieja, destartalada y altamente insegura nave que esta vez había conseguido alquilar tendría que poder despegar de Grieta y llevarle hasta Rojo nº4 a pesar de toda la lluvia del mundo. Era hora de hacer algo.

Ëva esa misma mañana había tomado también una decisión. Iba a jugárselo todo a una carta. Y aquello pasaba por desenterrar el Chip #55 del interior de su brazo. Iba a viajar hasta Grieta. Necesitaba saber lo qué el destino le tenía preparado, para seguir adelante.

Lo que ambos no sabían, es que el destino nunca dispuso que se conocieran, vivían en extremos completamente diferente de una misma galaxia, dentro de un universo infinito. El destino ya había sido cambiado por ellos al conocerse aquella noche y día tras día desde entonces, porque el destino nunca actúa solo.

Aistar entró dentro la crepitante nave con la intención de pilotar hasta el lago Räkjir al mismo tiempo que muy cerca de allí, en la ciudad de Rojo nº4, Ëva cogía un cuchillo y tras coger una buena cantinad de aire en lo pulmones, apretaba fuerte y decididamente los labios hasta hacer un profundo corte en su antebrazo derecho, tres milímetros al sur del chip.

El viento azotaba intensamente la pequeña nave espacial. El frío del espacio calaba en su interior mientras ésta se tamabaleaba con inseguridad viajando hacia el planeta rojo de los sueños de Aistar. Como podía comprobar, el universo no había perdido ni un ápice de su cósmica y mágica belleza en aquel año que había transcurrido ya desde que lo viera así por primera vez.

Ëva, con el chip sangrante descansando sobre la palma de la mano, no sabía lo que estaba por llegar, lo que realmente significaba lo que había hecho.
Salió corriendo después de limpiarse la sangre (roja, igual que la humana), corriendo hacia el lago Räkjir para verlo una vez más antes de volver a la ciudad y pagar por su viaje a Grieta, y la libertad que tanto ansiaba.

Cuando transcurrieron unas cuantas horas, Aistar miró con gesto taciturno y preocupación creciente los controles de la nave. No le gustaba nada el aspecto que tenía la atmósfera de Rojo nº4, no se parecía en absoluto a la que había atravesado en su visita anterior. Por primera vez sintió un gusto a miedo y un atisbo de duda sobre lo que estaba haciendo, si algo iba mal al entrar por la tormentosa atmósfera que tenía frente a sí, sencillamente se desintegraría y en cielo de Rojo nº4 los restos candentes de sí y de la nave parecerían una minúscula lluvia de meteoritos.
Tragó saliva.
Ahí vamos, pensó.
Durante los diez segundos que duró su primer contacto con la atmósfera no pasó nada. Después empezó a perder absolutamente el control de la nave y ésta comenzó a dar girar sobre sí misma a la vez que se precipitaba con la velocidad de un cohete hacia el suelo, todavía una mancha borrosa en el cristal.
Aistar cerró fuertemente los ojos.

Ëva estaba ya muy cerca del lago cuando al otro lado, del que no se atisbaba a ver la orilla, observó un objeto que surcaba como un rayo el cielo dirección al suelo, dejando tras de sí una furiosa columna de humo negro y una estela de calor que chocaba con la lluvia que se abría a su paso. El objeto impactó con un estruendo en el suelo, no se alzaba a ver qué era pero sí las llamas que súbitamente, empezaron a emerger de él.

Ëva echó instantaneamente a correr, con el corazón más asustado de lo que se dejaba pensar.

/Pensado para niños alrededor de 10-11 años/

//Escrito por Atlanthis. Todos los Derechos Reservados. //

El planeta azul – Primera parte

En el mundo existen muchas galaxias además de la nuestra. Infinitas de hecho, ya que sólo conocemos una pequeña parte del universo.
Las galaxias están formadas por millones de estrellas, nubes de gas, planetas y polvo entre otras cosas, y pueden estar separadas unas de otras por miles de millones de años luz.

Lo que significa que alguien que viva en una de ellas no está destinado a conocer a alguien que viviese en otra, ni tan siquiera en otro planeta de su misma galaxia.

Hace tiempo un amigo me contó una historia que le había contado otro amigo que le había contado una noche, mirando a las estrellas, una amiga suya.
Es en una de estas lejanísimas galaxias donde comenzó ésta tremenda y preciosa historia que os voy a transmitir a vosotros a continuación…

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Mucho después de donde alcanzan a ver los telescopios humanos, incluso los más avanzados, está la galaxia de Armátiga. Nunca han llegado hasta allí las naves espaciales ni los robots enviados al espacio buscando respuestas sobre el universo. Permanece oculta del conocimiento de las personas de este mundo y seguirá siendo así durante mucho tiempo ya que está a más de 26 mil millones de años luz de la Tierra, lo que es una distancia descomunal.

Armátiga cuenta con muchas estrellas, cientos de millones para ser exactos, y además con numerosos planetas. Algunos son rojos, otros verdes y un par de ellos grises donde nadie quiere vivir, ya que son los más lejanos y feos de la galaxia. Uno de estos dos planetas grises está completamente deshabitado y el otro, que se llama Grieta por la gran grieta que lo atraviesa por la mitad, tiene unos pocos habitantes.

La mayor parte de los Armátigos vive en los planetas rojos, son los que tienen mejor clima y donde siempre se ha vivido. Los verdes suelen utilizarse para cultivar comida y construir las grandes naves espaciales que les permiten viajar por el universo. Los planetas verdes y los rojos están muy cerca los unos de los otros por lo que los Armátigos usan una especie de navesbús para desplazarse entre ellos.

A los grises nunca va nadie, en Grieta cultivan sus propias cosechas y crean sus propias naves espaciales. Los habitantes de Grieta defienden que su planeta no es feo, lo que pasa es que hace muchos años una nube de polvo enorme se paró encima de su cielo y cuando empezó a llover ensució absolutamente todo. Desde entonces, todos los días pasan horas y horas tratando de limpiarlo, pero es muy lento porque muchos vecinos de Grieta se fueron a vivir a los planetas rojos y quedan sólo unos pocos.

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Aistar vive en Grieta y Ëva en Rojo nº4, uno de los siete planetas rojos que existen en Armátiga, todos numerados.

En Armátiga sus habitantes son verdes, su cuerpo se parece a un poco al de los humanos pero más bajitos y con tres ojos en vez de dos. También tienen una cola parecida a la de los monos pero sin nada de pelo ya que sólo tienen en la cabeza, de un negro profundo. Su lenguaje se parece bastante al nuestro salvo que ellos no distinguen entre chicos y chicas, para ellos todos son las dos cosas, físicamente no hay ninguna diferencia propia de un género ó el otro, cada uno es diferente de los demás pero en la misma medida en que dos chicos ó chicas humanas tienen rasgos diferentes entre sí.

Aistar sueña casi todas las noches con Ëva. Se conocieron hace un año armátigo (equivalente a 1 año 8 meses terrícolas), la única noche que Aistar había pasado en toda su vida en Rojo nº4.

Aquel día Aistar había tenido que ir al planeta rojo por un asunto relacionado con su cosecha de aquel año. Necesitaba comprar unas semillas especiales que sólo podía obtener en alguno de los países rojos, ya que había conseguido limpiar un buen trozo de tierra alrededor de su casa, donde no vivía con nadie más, y nadie más iría a comprar esas semillas en su lugar. Los Grietanos tampoco se relacionaban con el resto de los habitantes de su galaxia, ya que estaban enfadados por su falta de ayuda y abandono.

Aistar amaba viajar aunque no lo había hecho nunca. Le gustaba Grieta y su casa, pero en el fondo de su corazón albergaba el deseo de conocer, de ver más allá y explorar el mundo. Sabía que sin una nave apropiada era poco más que imposible viajar de un planeta a otro dentro de la propia Armátiga, una auténtica locura imaginar ir más allá. Y a la vez no podía evitar sentir de la forma en que lo hacía.

Para viajar a Rojo nº4 tuvo que gastar prácticamente todo el dinero que había ahorrado desde que su familia había muerto, cuando tenía 10 años armátigos (equivalente a 11 años terrícolas). Ahora tenía 24 y le habían mirado con desprecio cuando alquiló la nave que le llevaría a los planetas rojos. Nadie comprendía porqué tenía que ir allí, aunque pudiera cultivar de nuevo semillas tradicionales no había motivo para preferirlas a las que habían desarrollado allí tras la LLuvia de Polvo.

Cuando Aistar iba camino de Rojo nº4, dentro de la nave surcando el espacio, sentía que sus ojos no podrían asimilar tanta maravilla como estaban viendo. El universo tenía un negro insonsable, infinito, plagado de estrellas donde quiera que mirase. Frente suyo, los planetas rojos brillaban con luz propia, por una parte con una luz anaranjada suave que irradiaban los propios planetas y por otras con las miles de lucecitas que emitían las ciudades.

Una vez hubo comprado las semillas (que acabaron con el poco dinero que le quedaba) quiso ir a pasear a orillas del lago Räkjir antes de marchar a su planeta. Allí era alguien extraño y a quien los Rojos (nombre de los habitantes de los siete planetas rojos de Armátiga) no se molestaban en hablar, ya que estaban enfadados con los Grietanos por su lentitud y vageza en la limpieza de su planeta, algo tan feo deberían de haberlo limpiado ya sin pedir ayuda, pensaba la mayoría. Si embargo Aistar sabía que aquel planeta era precioso, ó éso le parecía por los libros que había leído, y no pensaba perdérselo por discursiones y enfrentamientos estúpidos.

Aistar quedó con la boca abierta al ver el lago de noche, en toda su magnificiencia y esplendor, emitiendo ligeros reflejos por las estrellas que reflejaban su luz en su superficie. Estaba situado a las afueras de una de las más grandes ciudades de Rojo nº4, lo bastante lejos como para que desde allí no se divisara ningún edificio, luz ó sonido procedente de ella. Sólo se escuchaba el leve movimiento de las aguas del inmenso lago y el de las hojas de los cientos de frondosos árboles que lo rodeaban.

Se sentó en la orilla y quedó también en silencio para vivir más intensamente ése momento y recordarlo nítido cuando estuviese en Grieta. Al poco se dió cuenta de que a unos metros suyo, había otro alguien sentado, también en silencio, observando las estrellas. Y fue entonces cuando vió por primera vez a Ëva.
No sería exagerado decir que su corazón se paró dentro de su pecho y tardó unos segundos en reaccionar. Sintió en su interior una sensación desconocida hasta entonces, como si todo ése tiempo le hubiese faltado algo dentro de sí y acabase de encontrarlo. No sabía explicarlo.

Sus miradas se cruzaron y bajó instintivamente la cabeza ya que se suponía mal recibido en cualquier lugar de aquel planeta.

Pero Ëva se puso en pie, despacio paso a paso y ante la mirada de Aistar, llegó hasta su lado y se volvió a sentar. Estuvieron así unos minutos, sentados juntos y mirándose sin decir nada, hasta que Ëva habló:

– ¿Sabías que Räkjir nació de las lágrimas de Arqueros, el gran guerrero armátigo, cuando perdió a Persefo? sostuvo durante cuarenta y dos lunas el cuerpo inerte de su amor, sin dejar de llorar un segundo, hasta que ya no le quedaron más lágrimas en el cuerpo y sin dejar de sostener a Persefo se adentró en las aguas para yacer juntos en sus profundidades durante toda la eternidad.
– Lo he leído en los libros. Es una historia preciosa – contestó Aistar.
– ¿En los libros que quedan en Grieta? – preguntó Ëva.
– Sí – respondió Aistar. Ella sabía que no era de allí.
– No me importa – dijo como si supiera lo que Aistar tenía en la cabeza – Es una disputa estúpida – sentenció.
– Gracias

El silencio volvió a adueñarse del momento, Aistar sentía que algo hermoso estaba naciendo dentro de su alma.

– ¿Pero crees que sólo es una historia ó lo crees de verdad? – preguntó Ëva.
– Creo que es una historia preciosa que pudo ser verdad – respondió.
– Entonces crees que un amor así pueda existir, ¿verdad? – volvió a peguntar Ëva.
Aistar meditó unos instantes sin apartar la mirada de Ëva.
– Sí, creo que un amor así puede existir – dijo finalmente.

Ëva asintió con satisfacción y acto seguido se tumbó boca arriba, cara a las milenarias estrellas.
Aistar, tras pensarlo unos segundos, la imitó y quedaron los dos mirando al cielo del universo.
Las dos lunas de Sat brillaban a lo lejos, dos medias lunas paralelas perfectas, una ligeramente más abajo respecto a la otra.

– ¿Has salido alguna vez de Rojo nº4? – preguntó ahora Aistar.
– No, nunca he viajado más lejos de mi ciudad – dijo Ëva, con una nota de tristeza en la voz.
– Es… absolutamente maravilloso. El universo es un lugar extraordinario – dijo Aistar con emoción.
Ëva rió.
– Suenas como un libro de texto. ¿Tanto has viajado que ésto te parece tan poco?
– No… no, no qué va – se apresuró a decir Aistar – Ésta es la primera vez que salgo de Grieta. Pero las cosas que he visto viniendo hasta aquí… ¡hay galaxias enteras esperándonos ahí afuera! el universo visto desde los cristales de la nave espacial es cómo… es cómo si todo tuviera sentido cuando lo ves – dijo Aistar.
Ëva se giró de costado para mirar a sus ojos.
– A veces sueño con coger la nave espacial de mi padre y salir, lejos, lejos de Rojo y lejos de Armátiga… Conocer otras tierras y no volver jamás.
– ¿No volver jamás? – preguntó Aistar sin lograr disimular del todo un tono semi asustado en su pregunta.
– No lo sé. Es como si siempre hubiera estado esperando el momento preciso, como si supiera que éste no es mi lugar. Cómo si me faltara algo que no acabase de encontrar – contestó.
– ¿Y si lo encuentras?
– Entonces seguiré mi camino sin dudar ni un segundo – dijo Ëva.
– Creo que he estado esperando toda mi vida a conocer a alguien como tú, es como si ya te conociera – dijo Aistar mirando ahora también de costado a Ëva.
– Dicen que el amor está escrito en las estrellas – contestó Ëva.
– ¿Te has enamorado alguna vez? – preguntó Aistar.
– No. Si así hubiera sido habría hecho igual que Arqueros. No me habría separado de mi amor jamás, ni siquiera en la muerte – dijo Ëva.

Al amanecer Aistar volvió a su planeta, devolvió la nave y plantó las semillas que había comprado. Éstas dieron fruto en primavera (pues en Armátiga también hay estaciones) aunque no el suficiente para reponer el dinero que había costado el alquiler de la nave  y los meses continuaron pasando sin que dejara de soñar con Ëva ni una sóla noche. No se atrevía a imaginar que había sentido Arqueros la primera vez que vió a Persefo, no podía imaginar los intrincados hilos que movían al universo, pero sabía sin lugar a dudas que se había enamorado.

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Ëva acude todas las tardes a orillas del Räkjir porque le recuerda a Aistar. Casi puede oler su olor otra vez, ver su sonrisa tímida y sentir dentro de su pecho el calor que sentía cuando pasaron toda aquella noche hablando durante horas y no podía dejar de mirar sus ojos.
Algunos días imagina que vuelven a encontrarse, y una sonrisa se dibuja en su cara.

Ëva mira al cielo, hacia donde debe de estar Grieta, y sueña con llegar hasta allá y cubrirse de polvo si es necesario para poder volver a hablar con Aistar. Para volver a sentir que ha encontrado aquello que llena el vacío de su alma. Aistar.

/Pensado para niños alrededor de 10-11 años/

//Escrito por Atlanthis. Todos los Derechos Reservados. //