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Mi amigo Flop

Este es un cuento muy especial, porque lo he escrito en colaboración a la idea original de Fran Fernandez, coordinador de Educación en Lambda Valencia. Ambos esperamos que pueda llegar a much@s niñ@s, de la mano del cuentacuentos y las actividades que se han montado en torno a Flop, aprendiendo algo tan bonito como la libertad y el valor de la diversidad.

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“Todos hemos mirado al cielo, de noche, alguna vez. Si recordáis, el cielo nocturno es muy oscuro y en él, a veces se ve la Luna y otras veces, también pueden verse cientos de luces brillantes y diminutas, las estrellas. ¿Sabéis? algunas de esas estrellas son en realidad planetas, como la Tierra, el lugar donde vivimos, aunque con otros nombres. Pues bien, en uno de esos lejanos y brillantes planetas, llamado Menta, vivía mi amigo Flop.

El planeta Menta es muy curioso, porque todo es verde, las montañas, los ríos, los edificios, ¡incluso los seres vivos!. Y otra cosa curiosa es que no sólo son de color verde, sino que además, todos los ciudadanos de Menta tienen un cuerpo con forma redonda como una pelota. ¿Qué os parece mi amigo Flop? ¡seguro que nunca habéis conocido a nadie igual!, sin embargo Flop es redondo y verde igual que toda su familia, igual que todos sus amigos y todos los habitantes de su planeta que ha visto alguna vez.

Flop era muy feliz viviendo en Menta, para él era el mejor lugar del universo. Pero además de ser verde, Menta tiene otra característica, y es que es un astro muy pequeño. Un día, los habitantes de Menta se dieron cuenta de que necesitaban buscar un nuevo hogar donde cupieran todos. Así que Flop y otros de sus compañeros fueron enviados a buscar otro planeta, más grande, donde todos los habitantes de Menta pudieran mudarse, vivir y seguir siendo felices.

Mientras volaba por el Universo, entre las estrellas, Flop vio a lo lejos nuestro planeta y se le ocurrió conducir aquí su nave espacial, ¡este podía ser el lugar para vivir que estaba buscando!. De esta forma, una mañana, Flop llegó a la Tierra. Pensad que Flop nunca antes había viajado fuera de su hogar, y además estaba solo, por lo que al principio se sintió un poco desorientado. No sabía bien a dónde ir, era un mundo muy grande, con muchos países diferentes (al revés que en Menta) y muchos sitios bonitos.

Después de pensarlo mucho, Flop decidió que debía conducir su nave espacial hasta el sitio que le pareciera el más bonito de todos. Así que Flop aterrizó en un zoológico. En su opinión, era un lugar maravilloso, había muchos árboles verdes que le recordaban a Menta y muchos animales, todos ellos distintos. Decidió ir a hablar primero con el animal que tenía más cerca, el cocodrilo.

Flop se detuvo justo delante de la jaula del cocodrilo y le dijo: ¡Hola señor Cocodrilo! me llamo Flop, ¿puedo vivir contigo?. El cocodrilo, muy simpático, le contestó que lo sentía mucho, pero que su jaula era sólo para cocodrilos y que, además, los cocodrilos tienen una cola muy larga.
Entonces Flop, que quería vivir allí, deseó fuertemente tener una cola de cocodrilo e hizo ¡Flop!. Al instante, le creció una cola tan larga y verde como la que había deseado, y muy contento, el Sr. Cocodrilo le invitó a vivir con él.
Pero la vida de los cocodrilos era muy complicada, siempre bajo el agua Flop no se sentía cómodo y además, le estaban saliendo heriditas en la barriga por la falta de costumbre de arrastrarla por el suelo. Así que se despidió del Sr. Cocodrilo y se fue en busca de otro animal con el que vivir.

Flop caminó hasta la jaula del siguiente animal, y se encontró allí con tres leones. Sonriente, Flop les dijo: ¡Hola señores Leones! me llamo Flop, ¿puedo vivir con vosotros?. Uno de los tres leones, dejó un momento de acicalarse frente al espejo, para situarse al lado de Flop. Después de olerle y observarle un buen rato, se dio la vuelta, malhumorado, y le respondió antipático que su jaula era sólo para leones, y si no tenía una hermosa melena como la de cualquier león, no podía vivir allí.
Entonces Flop, que pensaba que aquel era un buen lugar para vivir, deseó intensamente tener una bonita melena de león, para poder quedarse. Hizo ¡Flop! y enseguida, le salieron muchísimos pelos en la cabeza. Entonces, después de discutir un rato largo sobre si la melena de Flop era lo suficientemente hermosa, los tres leones presumidos le dejaron vivir con ellos.
Pero la vida de los leones no era lo que él había pensado, verles peinar y lavar su pelo todos los días era aburridísimo y además, no le gustaba tener que comer sólo carne. Así que, como decidió que aquel no era su sitio, le dijo adiós a los leones y se fue en busca de otro animal con el que vivir.

Flop paseó entonces hasta la jaula de los cangrejos. Un poco nervioso por hacerlo bien, Flop les dijo: ¡Hola señores Cangrejos! me llamo Flop, ¿puedo vivir con vosotros?. Había muchos cangrejos, y cuatro le contestaron, hablando a la vez, que en aquella jaula sólo podían vivir los cangrejos, y si quería vivir con ellos tenía que tener pinzas y, lo que era muy difícil hasta para ellos, andar siempre hacia atrás.
¿Os imagináis lo que hizo Flop entonces? seguro que sí. Deseó con mucha fuerza tener pinzas en las manos, como un cangrejo, hizo ¡Flop! y contempló contento las pinzas que le acababan de crecer. Ahora sí, aunque inseguros, los cangrejos le dijeron que podía vivir con ellos.
Pero, efectivamente, vivir como un cangrejo era muy difícil, tal y como antes le habían advertido. Como tenía siempre que andar hacia atrás, se chocaba continuamente contra todas las cosas, haciéndose daño. Algo desanimado, se despidió de los cangrejos y se fue en busca de otro animal con el que vivir.

Flop se encontró entonces con la jaula de los elefantes. Pegándose a los barrotes, Flop les dijo: ¡Hola señores Elefantes! me llamo Flop, ¿puedo vivir con vosotros?. Una de las elefantas se acercó a él, y algo sorprendida, le preguntó si estaba seguro de querer vivir allí con ellos. La Sra. Elefanta, que era muy amable, le explicó que su jaula era sólo para elefantes, pero que ser elefante no era ninguna broma. Los elefantes son unos de los animales más grandes de todos y los demás, se burlaban a veces de ellos por ser tan grandes, llamándoles gordos, una cosa que les entristecía mucho.
Flop, sin hacer caso a la Sra. Elefanta y sin pensarlo dos veces, deseó convertirse en un elefante. Hizo ¡Flop! y al instante le creció una trompa tan grande como la de cualquier paquidermo y, después de enseñársela a los elefantes, estos le dijeron que podía quedarse a vivir allí si quería.
Pero la vida de los elefantes era muy complicada, manejar bien la trompa requería mucho esfuerzo y además, se sentía demasiado pequeño siempre rodeado de animales tan enormes. Así que se despidió de los elefantes y se fue en busca de otro animal con el que vivir.

Flop caminó hasta el final del zoo, mucho más confuso de lo que estaba cuando aterrizó en la Tierra. Estaba cansado y desanimado, porque en aquel zoológico no encontraba ni un solo sitio bueno donde vivir.

Al fondo, cerca de los últimos árboles, Flop encontró una cueva, que servía de casa a los murciélagos, y con voz bajita (ya que estaban durmiendo) dijo: ¡Hola señores Murciélagos! me llamo Flop, ¿puedo vivir con vosotros?. Un murciélago, con cara de sueño pues Flop le acababa de despertar, se acercó a él y le respondió que en aquella cueva sólo podían vivir los murciélagos, y si no tenía alas de murciélago, no podía vivir allí.
Entonces Flop, que quería vivir allí, deseó fuertemente tener unas grandes alas de murciélago. Hizo ¡Flop! y enseguida, le crecieron dos alas como las que había deseado. Alegre, el Sr. Murciélago le invitó a vivir con él y el resto de su familia.
Pero a Flop no le gustaba nada la vida de los murciélagos, se pasaban todo el día durmiendo bocabajo, sin hacer nada y además, le picaban mucho las alas. Así que se despidió de los murciélagos y fue a buscar a otro animal con el que vivir.

Pero Flop se sentía más triste de lo que nunca se había sentido. Ya no tenía más ganas de seguir buscando un animal con el que vivir. Fue hasta la orilla de un gran lago, donde vivían los peces, y se sentó en la arena para descansar un ratito. De repente, se asustó al ver a un animal extrañísimo reflejado en el agua y, cuando se levantó a mirar más de cerca la superficie del lago, se asustó muchísimo más al darse cuenta de que lo que estaba viendo, no era otro animal, sino su propio reflejo. Flop se había esforzado tanto para encajar y ser aceptado por los animales que había conocido (el cocodrilo, los leones, los cangrejos, los elefantes y los murciélagos) que había cambiado tanto que ya ni se reconocía a sí mismo.

Así que Flop, una vez más, hizo ¡Flop! deseando cambiar. Pero esta vez su deseo fue volver a ser como era, sin la cola, la melena, las pinzas, la trompa ni las alas. Y eso fue lo que sucedió, en un momento, Flop volvía a ser, sencillamente, Flop. El viejo Flop con el que parecía que nadie allí quería vivir.
Pero todavía seguía estando muy triste, se sentía totalmente solo y desilusionado. Llorando estaba cuando unas voces a su espalda le gritaron: ¡No llores! ¡Ven a jugar con nosotros!. Sin levantar la vista y sin parar de llorar, Flop les respondió: ¡Pero soy diferente a todos aquí, seguro que no soy como vosotros!. Las voces le respondieron, riendo, alegres: No importa, ¡nosotros somos todos diferentes! y eso hace que estar juntos sea mucho más divertido.

Flop, dejando de llorar y dándose despacito la vuelta, comprobó que las voces eran de un gran grupo de globos. Los había de todas las formas y colores: alargados, redondos, con aspecto de muelle, rojos, verdes, azules, amarillos, grandes, pequeños… ¡Con ellos Flop sí que encajaba!. ¡No tenía que cambiar para parecerse a ellos, podía ser como él era!. Flop empezó a sentir una gran alegría y enseguida, se puso a hablar y a jugar con los globos; al fin, había encontrado una familia en la Tierra.

De esta forma, Flop aprendió que el mundo está lleno de gente diferente y que, ser diferente, no es malo. ¡Al contrario! descubrió algo que nunca hubiese imaginado, ¡ser diferente es divertido!; si todos fuéramos iguales, la vida sería muy aburrida.

¡Flop tenía tantas cosas que contar a su compañeros del planeta Menta! ahora se sentía especial y contento por todo lo que había aprendido. ¡Cuántas cosas había descubierto en la Tierra!.”

 El meu amic Flop.

//Escrito por Atlanthis. Todos los Derechos Reservados. //

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Mil Millones de Estrellas

La noche caía a través de un cielo anaranjado y rojo en el horizonte, como si un pintor gigantesco hubiera pintado un par de trazos de ésos colores en mitad del firmamento azul con su pincel.

Anthea balanceaba los pies, sentada en el extremo del muelle que se erguía sobre el río Oraka. De vez en cuando lanzaba miradas furtivas a su acompañante, Tom, un chico de 10 años, su misma edad exactamente, que jugaba a rebotar piedrecitas contra el agua, sentado a su derecha y con un pelo rubio pajizo que a ella le parecía el toque definitivo que lo hacía absolutamente guapísimo.

– Y entonces, ¿en New York tú no tenías río dónde rebotar piedras? –le preguntaba Tom, verdaderamente sorprendido ante la posibilidad de que algo así pudiera pasar.

– No, hasta que llegamos aquí, a Putaruru, nunca lo había hecho. Tú lo haces realmente genial –le respondió Anthea, sonriendo tímidamente-.

– ¡Gracias! – dijo Tom, y al cabo de un par de minutos agregó bajito pero con firmeza- ¡Es que Nueva Zelanda es la leche!.

Anthea se rió disimuladamente. Sus pies tenían vida propia al borde del muelle, no paraban de moverse adelante y atrás, adelante y atrás, mientras la luz iba tornándose cada vez menos fuerte y todos los colores del cielo se intensificaban. A lo lejos, creyó escuchar el ruido de un canguro ó quizás de varios, aún no sabía identificarlo muy bien, hacía sólo seis meses que se había mudado allí con sus padres, al aceptar su madre un trabajo como química allí. Su padre era maestro de escuela, el lugar donde se había hecho amiga de Tom.

– Oye ¿te puedo preguntar una cosa? –dijo Tom, que seguía distraído tirando sus piedrecitas-.

– Claro –contestó con franqueza Anthea-.

-¿Echas de menos algo de tu ciudad?

Anthea se quedó pensativa unos instantes, y luego respondió:

– Me gustaban los taxis, amarillos y siempre llenos de gente, y me gustaba cuando mi padre me compraba alguna vez un perrito caliente del puesto de la esquina al lado de nuestro piso.

– ¿Qué es un perrito caliente? ¿y no vivías en una casa con campo como aquí? –dijo Tom-.

– Pues no, allí todo el mundo vive en edificios con varios pisos por planta. La verdad es que en general no había tanto espacio como aquí, osea… allí no hay campo, ni bosques, ni canguros, ni nada de eso. Todo son calles y calles con edificios a ambos lados, la mayoría muy altos y….

– ¡Ah, ya! los rascacielos –apuntó Tom, que acababa de sentarse a su lado, cansado ya de su juego y más interesado al parecer en la conversación-.

– Si, exacto. Y allí todo el mundo va muy deprisa a todos lados, y no puedes ver el atardecer como aquí. Además hay policías por todos lados, y semáforos, muchos semáforos, y huele… no sé, pero no huele como aquí. Aquí huele a hierba, y a aire limpio, y… y hay kiwis

– Me gustan los kiwis, y los canguros –dijo Tom, que como de forma casual, aunque frunciendo levemente el entrecejo seguramente por la importancia del momento, había puesto su mano encima de la de Anthea-.

Anthea notaba como comenzaba a ponerse roja poco a poco, pero continuó hablando, eso sí, sin mirarle.

– Allí veías palomas y gorriones, pero esto es mejor, aquí hay muchísimos pájaros. Y hay playa, yo no había estado nunca en ninguna hasta venir aquí… ¡Y hay montañas!  -dijo entusiasmada Anthea.

– Yo no podría imaginarme viviendo en un sitio con edificios que no me dejaran ver las montañas, ó el cielo, ó nada de nada.

Así estuvieron hablando un rato grande, tan grande que sin darse cuenta se les hizo de noche, y empezaron a tener frío y ganas de cenar. Pero sus manos no habían dejado de estar juntas.

– Oye…… -empezó a decir Tom- ¿y allí en New York tenías novio? –y al acabar de decir estas palabras ahora fue él quien se puso rojo como un tomate-.

– No… -respondió Anthea, tragando saliva- allí no me gustaba nadie tanto, aquí me gusta mucho más la gente –y miró un poquito a Tom- los niños del colegio se metían conmigo porque decían que me iba a vivir al quinto pino, y que yo no le gustaría a nadie.

– A mí me gustas –dijo bajito Tom, y armándose de valor continuó diciendo-. tú… ¿tú serías mi novia?-.

Anthea iba a contestar que sí, muerta de vergüenza por supuesto, pero de repente paró de mover los pies e incluso separó su mano de la de Tom, y aunque no tenía muy claro del todo en que consistía exactamente eso de ser novios, dijo:

– Pero ¿y si mis padres se vuelven a mudar? ¿y si quieren volver a New York? No debería de ser tu novia-.

– Yo… -y entonces Tom, que no sabía bien que decir, miró al cielo- les dices que yo te he regalado mil millones de estrellas, que son todas las que se ven desde aquí por lo menos, y que desde New York no puedes verlas, por eso te tienes que quedar aquí conmigo, porque yo sólo no puedo quedarme aquí con tu regalo, eso estaría mal, porque ahora ya son tuyas.

Y en ése instante Anthea le dio un beso en la mejilla a Tom, que ya no podía ponerse más colorado sin entrar en erupción como uno de los volcanes de la isla, y pensó que definitivamente a partir de ahora ésta sería su ciudad, fuera a dónde fuera, porque todas las estrellas que alcanzaba a ver eran suyas, y no se le olvidaría nunca.

/Pensado para niños alrededor de 8 años/

//Escrito por Atlanthis. Todos los Derechos Reservados. Cedido a Globart para su publicación. //

El lápiz azul

Érase una vez, en un rincón de uno de los cientos de bosques de un continente muy, muy grande llamado América, un grupito de árboles cuya vida estaba a punto de cambiar.

¿Nunca te has preguntado de dónde ha salido el lápiz con el que coloreas? Y no me refiero a una fábrica.

El bosque era inmenso, en él vivían los árboles más grandes y altos del mundo, las sequoias. Éstos árboles pueden ser  tan, tan altos, que casi no lleguen a verse ni las ramas ni las hojas, allá en lo más alto del tronco, casi rozando el cielo y dejando apenas filtrar el sol por entre sus copas. Ö pueden ser tan, tan anchos, que hagan falta muchos niños, al menos doce ó incluso veinte, para rodearlo por completo cogidos de las manos, y con la barriga bien pegada a la corteza. Además pueden ser tan viejos, que alguno ha llegado a vivir hasta dos mil años.

Pues bien, en un rincón de de este bosque, uno de los más extensos de toda California, crecían además de sequoias, varios pinos y abetos, y un par de robles solitarios. Esto era algo normal, a los árboles les gusta compartir el lugar donde viven con otros árboles diferentes, ya que así el bosque se vuelve más variado y bonito, junto con los miles de helechos y musgos que se asientan a los pies de los árboles y ambos lados de cualquier sendero. Cuando estás dentro, de pie  ó tumbado boca arriba, sientes como el color verde de miles de hojas y rojo de la madera, te inunda los ojos, así como inunda el olor a humedad y frescor la nariz, ó la brisa algo fría pero agradable te eriza la piel, ó el silencio salpicado de algún que otro ruidito de insecto te hace sentir una gran tranquilidad y paz.

Un día sin nada en especial, llegaron al bosque unos cuantos hombres, aparcaron sus camionetas a la entrada del mismo, y sacaron unas sierras mecánicas de mano para cortar la madera. No había porqué asustarse, porque estos hombres sólo iban a talar los árboles muy viejos con peligro de caerse, ó los que ya lo hubiesen hecho, pero aún así algunas sequoias jóvenes se pusieron a temblar, porque les daba miedo que se equivocaran y las llevaran fuera de su casa a ellas.

Los hombres se llevaron los troncos de varios pinos que amenazaban con derrumbarse tras el paso de las últimas lluvias, y en el último momento, uno de ellos se fijó en un pedazo de madera de sequoia, muy roja y brillante, que se había caído de uno de los troncos más altos. Parecía una ramita, y el talador pensó que podría ser un trozo estupendo para fabricar algo con él, así que lo cogió y lo puso en la camioneta, junto a la madera de los pinos que iban a llevarse a la fábrica de lápices.

– ¿Qué haces aquí? Eres diferente a nosotros –le dijo al pedazo de sequoia un viejo tronco de pino, cuando la camioneta empezó a moverse lejos del bosque-.

– No lo sé, a mí me gustaba estar en el bosque, pero hace un par de días me caí de mi árbol y como no sabía cómo volver a subir a él, he estado en el suelo hasta que un señor me ha recogido y puesto aquí –dijo el pedazo de sequoia-.

– Deberías de haberte quedado allí –dijo el tronco de pino- donde quiera que nos lleven, no es lugar para un vulgar trozo de madera como tú, sino para grandes troncos como nosotros.

Y el pedazo de sequoia, que no sabía lo bonito y especial que era por haber vivido en lo alto de una sequoia, se puso muy triste al escuchar al tronco de pino, y los dos hombres que iban en la camioneta, hablando sobre lo buenos que eran los pinos para fabricar lápices de grafito negro, los que normalmente usamos para escribir.

Al llegar a la fábrica de lápices, enseguida se llevaron a los troncos de pino a las máquinas para empezar a fabricar los lápices que más tarde utilizarían en el colegio los niños para escribir. Sin embargo, relegaron a una esquina al pedazo de sequoia porque no sabían qué hacer con él.

– Ésa madera no sirve para hacer lápices –decían-.

Y pasaron primero los días, y luego algunas semanas, hasta que el hombre que le había recogido del bosque, se diera cuenta una mañana de que ahí estaba, arrinconado y lleno de telarañas, aburrido. Entonces, al verlo tuvo una idea estupenda, si no querían hacer esa clase de lápices con él, le enviaría a otra fábrica más al norte aún de California, donde se fabricaban lápices de colores.

Cuando el pedazo de sequoia entró a la fábrica de lápices de colores se puso muy contento al ver la gran cantidad de colores que allí se veían, rojo, azul, verde, amarillo, violeta… y un montón de colores que no sabía cómo se llamaban pero que le parecían preciosos. Aquello era algo que él no podía haberse imaginado, porque además, allí había madera de todo tipo de árboles, aunque él no supo ver a ninguna otra sequoia.

Aunque le daba igual en qué lápiz de color le convirtieran porque todos le gustaban, pasó a ser un magnífico lápiz de color azul de buenísima calidad, y lo colocaron dentro de una caja con otros once lápices de colores, todos ellos diferentes.

En cuanto los hombres cerraron la tapa de la caja, todos los lápices empezaron a presentarse y a preguntarles a los demás de dónde venían. Había dos lápices, el amarillo y el morado, que procedían del mismo árbol, el rojo era cedro de Virginia, el negro venía de restos de madera de pino, el blanco de madera de enebro… pero sin duda, el más bonito de todos era el azul, porque la madera roja de la sequoia hacía que el azul reluciera mucho más.

Y  como esta fábrica aceptaba todo tipo de maderas, las cajas de lápices de colores obtenidas iban a parar a escuelas de todo el mundo, ya que costaban mucho más baratas que las otras por no tener todos los lápices iguales, y a muchas familias les gustaba comprarlas para ahorrar algo de dinero y porque a los niños les gustaba más jugar  a colorear con estos lápices menos aburridos.

Así que la próxima vez que tengas un lápiz de colores en tu mano, piensa que lo que tienes en realidad es un trocito muy pequeño, de un frondoso bosque de algún lugar del mundo, y que espera que colorees algo especial con él.

/Pensado para niños alrededor de 7 años/

//Escrito por Atlanthis. Todos los Derechos Reservados. Cedido a Globart para su publicación. //