Sin título – 2008

Él avanzaba despacio, muy despacio, sintiendo cada partícula del peso inerte de ella sobre los brazos.
El humo se elevaba gris, oscuro, por detrás de su cabeza, mientras las lágrimas surcaban lentas sus mejillas, desde sus ojos abiertos de par en par, como silenciando un grito.

Llamaradas de fuego se perdían a su espalda, crujidos de metal ardiente, estruendo de metralla y alaridos desesperados quedaban silenciados mientras avanzaba, erguido, digno, lleno de hollín. Una mano protegía la mejilla de ella contra su pecho, frágil, absurdamente hermosa en mitad de todo aquel kaos, el otro brazo la sostenía por la cintura con toda la fuerza sobrehumana que da la adrenalina, las piernas le colgaban y bamboleaban sin vida contra la camiseta hecha girones que cubría su torso.

No podía más, la expresión de su cara era un despiadado signo doliente de interrogación, por qué decía silenciosamente, por qué, decían sin parar sus pupilas, quietas, vacías, brillantes como un arcoiris en mitad de un huracán. La barba de un par de días y el pelo desordenado estaban llenos de ceniza. Ella no tenía ni una sola mota de polvo, él la había limpiado de todo cuanto pudiera empañar su belleza, la apretaba contra sí aspirando el calor que se le perdía con la convicción de que antes se dejaría deshollar a balazos que soltarla.

El mundo se había parado mientras andaba, había dejado de existir.

Ésa misma mañana él había preparado sus cosas mientras ella le cogía por detrás y hundía sus rizos en su cuello. Había dejado todo bien atado en el carro que los dos caballos tenían que remolcar, se había sentido anonadado una vez más por la imagen de ella, esta vez a las puertas del que había sido su hogar. Había renunciado a intentar defender lo que era imposible de hacerlo ante una guerra en la que ellos no tenían nada que ver.

Y ahora estaba ahí, ciudadano de ningún lugar, su patria si es que alguna vez la había llamado así ya no existía, sus recuerdos habían sido borrados de la faz de la tierra con las bombas que silbaban en el cielo, navío a la deriva, no le habían dejado ni una sola vela entera, la única razón por la que había aceptado vivir en este mundo que no entendía rota e insignificante entre sus dedos, como una mota de polvo que no importase a nadie. Toda su vida había pasado a ser una mota de polvo que alguien había decidido barrer por algo parecido al dinero y la crueldad humanas.

Finalmente gritó. Gritó ahí en mitad de la nada. Su boca por un momento fue la de un dragón, un escalofrío que recorrió el alma del mundo, un relámpago gigantesco. Lleno todo de su sonido desgarrado.
Ahí fue el momento donde perdió toda lógica, toda razón, toda su alma.

Paso tras paso que daba su sangre se iba haciendo más dolorosa, más hiriente. Su mente sólo pensaba en una cosa. Dedicaría cada segundo restante a matar a aquellos que le habían hecho aquello. Y cuando ese infierno que tenía en lugar de lo que había sido su alma, disuelta por el dolor, le devolviera algo de lo que antes había sido se suicidaría, si no le mataban antes.

LLevaba a cuestas todo el cadáver de su existencia, y sólo él podía comprenderlo.

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/Escrito en 2008/

//Escrito por Atlanthis. Todos los Derechos Reservados. //

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