18 dic 2007

Pasó la mano por encima de las sábanas de la cama deshecha del hotel. La tela revuelta blanca tenía un tacto áspero.

Caminó hacia una de las mesitas de noche, se detuvo justo antes de llegar y se giró cara a la ventana, cuyas cortinas eran también blancas, sólo un par de visillos. Después dió media vuelta, tocó una bola de madera del remate del final de la estructura que contenía la cama. Se quedó pensando un instante, cabeza baja, mientras parecía como si acariciara su superficie curva.

Se sentó tocando ligeramente de puntillas el suelo sobre el travesaño horizontal. Sus ojos tenían firmeza, pero no miraba hacia ningún lugar. Bueno, sí, miraban hacia algún punto impreciso entre las tres o cuatro baldosas del suelo que tenía delante, y la pared blanca, al final, con lo único que rompía la yerma superfice, un cuadro en acuarela de un mar con una barca pesquera a punto de zarpar.

Acababa de perder la virginidad en aquella cama.
Todo había sido tan rápido.

Sintió un extraño escalofrío, a la vez que sentía todo el cuerpo, en especial las manos, tremendamente caliente. Llevaba puestos unos vaqueros y una camisa con algunas manchas en los puños y en el cuello, nada que le importara en aquel momento.
La estancia emitía una fuerte sensación de vacío, como si realmente fuera algo que no existiera de verdad, una foto o algún retazo de un sueño ya perdido a medias después de despertar. Parecía llena de aire, como un globo a punto de explotar, pero no había ningún cristal ni puerta abiertos. El silencio pendía de un hilo en aquella inmensidad cristalina, un hilo que iba de lado a lado de la estancia, de esquina en esquina formando una madeja que podría cortarse con un cuchillo como si fuera mantequilla.

Suspiró casi imperceptiblemente.
Demasiado rápido, volvió a repetirse.

Se metió una mano en el bolsillo del pantalón, rebuscó un poco, encontró lo que quería y lo apretó. Estaba frío y esa sensación en la palma de la mano le gustó. Ese contraste.
Afuera, en la calle, había voces, murmullos apagados por la altura, coches, ruidos, sirenas. Pero allí arriba todo era otro mundo, como el espacio dentro de una bola de cristal de ésas que pones bocaabajo y caen unos pedacitos blancos al techo curvo y luego vuelves a poner al derecho y entonces cae la nieve sobre un paisaje. Aquello también debía ser frío, irreal.

Como los besos que acababan de tener lugar hacía una cantidad imprecisa de tiempo, pues no llevaba relog. Tal vez unas horas, quizás años por cómo se sentía o mejor dicho, cómo no se sentía, aunque todo hubiese sido fugaz. Como las manos que fundían pedazos de aire, y de sudor, y de piel caliente en gestos que se diluían, y diluían entre los dos cuerpos.

El silencio también invadía el pasillo exterior a la habitación, el resto de corredores, las otras habitaciones, el edificio entero.
No oía nada. Sólo miraba las tres ó cuatro baldosas de suelo que tenía delante, y las manchas de sangre que ya casi se habían coagulado encima de ellas. Afuera, los policías que esperaban detrás de la puerta con las muestras y las fotos tomadas, buscaban lo que tenía entre los dedos, la llave con la que había desgarrado el cuello de la chica con la que se había acostado.

Tendrían que esperar un poco más. Todavía no tenía claro porqué lo había hecho.

/Escrito en 2007/

//Escrito por Atlanthis. Todos los Derechos Reservados. //

Anuncios

Comentarios

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s