El planeta azul – Primera parte

En el mundo existen muchas galaxias además de la nuestra. Infinitas de hecho, ya que sólo conocemos una pequeña parte del universo.
Las galaxias están formadas por millones de estrellas, nubes de gas, planetas y polvo entre otras cosas, y pueden estar separadas unas de otras por miles de millones de años luz.

Lo que significa que alguien que viva en una de ellas no está destinado a conocer a alguien que viviese en otra, ni tan siquiera en otro planeta de su misma galaxia.

Hace tiempo un amigo me contó una historia que le había contado otro amigo que le había contado una noche, mirando a las estrellas, una amiga suya.
Es en una de estas lejanísimas galaxias donde comenzó ésta tremenda y preciosa historia que os voy a transmitir a vosotros a continuación…

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Mucho después de donde alcanzan a ver los telescopios humanos, incluso los más avanzados, está la galaxia de Armátiga. Nunca han llegado hasta allí las naves espaciales ni los robots enviados al espacio buscando respuestas sobre el universo. Permanece oculta del conocimiento de las personas de este mundo y seguirá siendo así durante mucho tiempo ya que está a más de 26 mil millones de años luz de la Tierra, lo que es una distancia descomunal.

Armátiga cuenta con muchas estrellas, cientos de millones para ser exactos, y además con numerosos planetas. Algunos son rojos, otros verdes y un par de ellos grises donde nadie quiere vivir, ya que son los más lejanos y feos de la galaxia. Uno de estos dos planetas grises está completamente deshabitado y el otro, que se llama Grieta por la gran grieta que lo atraviesa por la mitad, tiene unos pocos habitantes.

La mayor parte de los Armátigos vive en los planetas rojos, son los que tienen mejor clima y donde siempre se ha vivido. Los verdes suelen utilizarse para cultivar comida y construir las grandes naves espaciales que les permiten viajar por el universo. Los planetas verdes y los rojos están muy cerca los unos de los otros por lo que los Armátigos usan una especie de navesbús para desplazarse entre ellos.

A los grises nunca va nadie, en Grieta cultivan sus propias cosechas y crean sus propias naves espaciales. Los habitantes de Grieta defienden que su planeta no es feo, lo que pasa es que hace muchos años una nube de polvo enorme se paró encima de su cielo y cuando empezó a llover ensució absolutamente todo. Desde entonces, todos los días pasan horas y horas tratando de limpiarlo, pero es muy lento porque muchos vecinos de Grieta se fueron a vivir a los planetas rojos y quedan sólo unos pocos.

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Aistar vive en Grieta y Ëva en Rojo nº4, uno de los siete planetas rojos que existen en Armátiga, todos numerados.

En Armátiga sus habitantes son verdes, su cuerpo se parece a un poco al de los humanos pero más bajitos y con tres ojos en vez de dos. También tienen una cola parecida a la de los monos pero sin nada de pelo ya que sólo tienen en la cabeza, de un negro profundo. Su lenguaje se parece bastante al nuestro salvo que ellos no distinguen entre chicos y chicas, para ellos todos son las dos cosas, físicamente no hay ninguna diferencia propia de un género ó el otro, cada uno es diferente de los demás pero en la misma medida en que dos chicos ó chicas humanas tienen rasgos diferentes entre sí.

Aistar sueña casi todas las noches con Ëva. Se conocieron hace un año armátigo (equivalente a 1 año 8 meses terrícolas), la única noche que Aistar había pasado en toda su vida en Rojo nº4.

Aquel día Aistar había tenido que ir al planeta rojo por un asunto relacionado con su cosecha de aquel año. Necesitaba comprar unas semillas especiales que sólo podía obtener en alguno de los países rojos, ya que había conseguido limpiar un buen trozo de tierra alrededor de su casa, donde no vivía con nadie más, y nadie más iría a comprar esas semillas en su lugar. Los Grietanos tampoco se relacionaban con el resto de los habitantes de su galaxia, ya que estaban enfadados por su falta de ayuda y abandono.

Aistar amaba viajar aunque no lo había hecho nunca. Le gustaba Grieta y su casa, pero en el fondo de su corazón albergaba el deseo de conocer, de ver más allá y explorar el mundo. Sabía que sin una nave apropiada era poco más que imposible viajar de un planeta a otro dentro de la propia Armátiga, una auténtica locura imaginar ir más allá. Y a la vez no podía evitar sentir de la forma en que lo hacía.

Para viajar a Rojo nº4 tuvo que gastar prácticamente todo el dinero que había ahorrado desde que su familia había muerto, cuando tenía 10 años armátigos (equivalente a 11 años terrícolas). Ahora tenía 24 y le habían mirado con desprecio cuando alquiló la nave que le llevaría a los planetas rojos. Nadie comprendía porqué tenía que ir allí, aunque pudiera cultivar de nuevo semillas tradicionales no había motivo para preferirlas a las que habían desarrollado allí tras la LLuvia de Polvo.

Cuando Aistar iba camino de Rojo nº4, dentro de la nave surcando el espacio, sentía que sus ojos no podrían asimilar tanta maravilla como estaban viendo. El universo tenía un negro insonsable, infinito, plagado de estrellas donde quiera que mirase. Frente suyo, los planetas rojos brillaban con luz propia, por una parte con una luz anaranjada suave que irradiaban los propios planetas y por otras con las miles de lucecitas que emitían las ciudades.

Una vez hubo comprado las semillas (que acabaron con el poco dinero que le quedaba) quiso ir a pasear a orillas del lago Räkjir antes de marchar a su planeta. Allí era alguien extraño y a quien los Rojos (nombre de los habitantes de los siete planetas rojos de Armátiga) no se molestaban en hablar, ya que estaban enfadados con los Grietanos por su lentitud y vageza en la limpieza de su planeta, algo tan feo deberían de haberlo limpiado ya sin pedir ayuda, pensaba la mayoría. Si embargo Aistar sabía que aquel planeta era precioso, ó éso le parecía por los libros que había leído, y no pensaba perdérselo por discursiones y enfrentamientos estúpidos.

Aistar quedó con la boca abierta al ver el lago de noche, en toda su magnificiencia y esplendor, emitiendo ligeros reflejos por las estrellas que reflejaban su luz en su superficie. Estaba situado a las afueras de una de las más grandes ciudades de Rojo nº4, lo bastante lejos como para que desde allí no se divisara ningún edificio, luz ó sonido procedente de ella. Sólo se escuchaba el leve movimiento de las aguas del inmenso lago y el de las hojas de los cientos de frondosos árboles que lo rodeaban.

Se sentó en la orilla y quedó también en silencio para vivir más intensamente ése momento y recordarlo nítido cuando estuviese en Grieta. Al poco se dió cuenta de que a unos metros suyo, había otro alguien sentado, también en silencio, observando las estrellas. Y fue entonces cuando vió por primera vez a Ëva.
No sería exagerado decir que su corazón se paró dentro de su pecho y tardó unos segundos en reaccionar. Sintió en su interior una sensación desconocida hasta entonces, como si todo ése tiempo le hubiese faltado algo dentro de sí y acabase de encontrarlo. No sabía explicarlo.

Sus miradas se cruzaron y bajó instintivamente la cabeza ya que se suponía mal recibido en cualquier lugar de aquel planeta.

Pero Ëva se puso en pie, despacio paso a paso y ante la mirada de Aistar, llegó hasta su lado y se volvió a sentar. Estuvieron así unos minutos, sentados juntos y mirándose sin decir nada, hasta que Ëva habló:

– ¿Sabías que Räkjir nació de las lágrimas de Arqueros, el gran guerrero armátigo, cuando perdió a Persefo? sostuvo durante cuarenta y dos lunas el cuerpo inerte de su amor, sin dejar de llorar un segundo, hasta que ya no le quedaron más lágrimas en el cuerpo y sin dejar de sostener a Persefo se adentró en las aguas para yacer juntos en sus profundidades durante toda la eternidad.
– Lo he leído en los libros. Es una historia preciosa – contestó Aistar.
– ¿En los libros que quedan en Grieta? – preguntó Ëva.
– Sí – respondió Aistar. Ella sabía que no era de allí.
– No me importa – dijo como si supiera lo que Aistar tenía en la cabeza – Es una disputa estúpida – sentenció.
– Gracias

El silencio volvió a adueñarse del momento, Aistar sentía que algo hermoso estaba naciendo dentro de su alma.

– ¿Pero crees que sólo es una historia ó lo crees de verdad? – preguntó Ëva.
– Creo que es una historia preciosa que pudo ser verdad – respondió.
– Entonces crees que un amor así pueda existir, ¿verdad? – volvió a peguntar Ëva.
Aistar meditó unos instantes sin apartar la mirada de Ëva.
– Sí, creo que un amor así puede existir – dijo finalmente.

Ëva asintió con satisfacción y acto seguido se tumbó boca arriba, cara a las milenarias estrellas.
Aistar, tras pensarlo unos segundos, la imitó y quedaron los dos mirando al cielo del universo.
Las dos lunas de Sat brillaban a lo lejos, dos medias lunas paralelas perfectas, una ligeramente más abajo respecto a la otra.

– ¿Has salido alguna vez de Rojo nº4? – preguntó ahora Aistar.
– No, nunca he viajado más lejos de mi ciudad – dijo Ëva, con una nota de tristeza en la voz.
– Es… absolutamente maravilloso. El universo es un lugar extraordinario – dijo Aistar con emoción.
Ëva rió.
– Suenas como un libro de texto. ¿Tanto has viajado que ésto te parece tan poco?
– No… no, no qué va – se apresuró a decir Aistar – Ésta es la primera vez que salgo de Grieta. Pero las cosas que he visto viniendo hasta aquí… ¡hay galaxias enteras esperándonos ahí afuera! el universo visto desde los cristales de la nave espacial es cómo… es cómo si todo tuviera sentido cuando lo ves – dijo Aistar.
Ëva se giró de costado para mirar a sus ojos.
– A veces sueño con coger la nave espacial de mi padre y salir, lejos, lejos de Rojo y lejos de Armátiga… Conocer otras tierras y no volver jamás.
– ¿No volver jamás? – preguntó Aistar sin lograr disimular del todo un tono semi asustado en su pregunta.
– No lo sé. Es como si siempre hubiera estado esperando el momento preciso, como si supiera que éste no es mi lugar. Cómo si me faltara algo que no acabase de encontrar – contestó.
– ¿Y si lo encuentras?
– Entonces seguiré mi camino sin dudar ni un segundo – dijo Ëva.
– Creo que he estado esperando toda mi vida a conocer a alguien como tú, es como si ya te conociera – dijo Aistar mirando ahora también de costado a Ëva.
– Dicen que el amor está escrito en las estrellas – contestó Ëva.
– ¿Te has enamorado alguna vez? – preguntó Aistar.
– No. Si así hubiera sido habría hecho igual que Arqueros. No me habría separado de mi amor jamás, ni siquiera en la muerte – dijo Ëva.

Al amanecer Aistar volvió a su planeta, devolvió la nave y plantó las semillas que había comprado. Éstas dieron fruto en primavera (pues en Armátiga también hay estaciones) aunque no el suficiente para reponer el dinero que había costado el alquiler de la nave  y los meses continuaron pasando sin que dejara de soñar con Ëva ni una sóla noche. No se atrevía a imaginar que había sentido Arqueros la primera vez que vió a Persefo, no podía imaginar los intrincados hilos que movían al universo, pero sabía sin lugar a dudas que se había enamorado.

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Ëva acude todas las tardes a orillas del Räkjir porque le recuerda a Aistar. Casi puede oler su olor otra vez, ver su sonrisa tímida y sentir dentro de su pecho el calor que sentía cuando pasaron toda aquella noche hablando durante horas y no podía dejar de mirar sus ojos.
Algunos días imagina que vuelven a encontrarse, y una sonrisa se dibuja en su cara.

Ëva mira al cielo, hacia donde debe de estar Grieta, y sueña con llegar hasta allá y cubrirse de polvo si es necesario para poder volver a hablar con Aistar. Para volver a sentir que ha encontrado aquello que llena el vacío de su alma. Aistar.

/Pensado para niños alrededor de 10-11 años/

//Escrito por Atlanthis. Todos los Derechos Reservados. //

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