Las últimas palabras

No dejaba de mirarla. Ella tenía ésa mirada que te dice que nada de lo que dijese iba a ser entendido sino apisonado, deformado y catalogado a su gusto.
Empecé a pensar que las últimas palabras eran lo más difícil de decirle a alguien.

Casi la veía esperar mentalmente mi respuesta a su pregunta igual que un boxeador espera el último golpe de su contrincante.
Y lo irónico de todo es que yo nunca había querido pelear con ella.
Incluso podía escuchar al ficticio público a través del negro insondable de sus pupilas, jaleándola en una lucha que no existía.

Me pasé una mano nerviosa por el pelo. Yo no quería entrar ahí, en la oscuridad de su imaginación.

– Juanjo, respóndeme – me dijo fijamente, con dureza en la voz.

Mentalmente todas las respuestas posibles me bailaban en la cabeza. Eran como pequeñas personas mareadas apoyadas en la barandilla de un barco pugnando consigo mismas por no vomitar.

El público dentro de su cabeza nunca me daría la razón, pensé. Siempre, hiciera yo los movimientos que hiciera, dirían que cometí falta, juego sucio. Aunque me quedase quieto en el ring viendo como ella se golpeaba a sí misma.

Sé feliz, pensé. Olvídate de mí, para de imaginarte cosas que no existen ni lo han hecho nunca. Deja de hacerte la víctima de una película de serie B que nunca has visto. Sácame de tu vocabulario sordo para que así podamos decir las últimas palabras en paz.

Estuve a punto de abrir la boca, a punto de responder.

Y entonces entendí que no había respuesta posible a su pregunta. Porque no era una pregunta en absoluto. Ella sóla había imaginado los cargos contra mí, juzgado y emitido sentencia. Y todo el mundo sabe que siempre hay gente, público, que va y piensa hacia dónde sopla el viento, la gente que secunda un linchamiento sin pestañear basándose sólo en el polvo que ése viento arrastra.
Y yo contra éso no podía luchar sin hacerle más daño. Sin que ella me lo hiciese a mí.

Y lo irónico de todo es que me dolía. Me dolía por dentro ver cómo ella sufría.

La miré por última vez. Casi podía oler su decepción.
Yo estaba cansado, muy cansado. Empecé a reir sin querer. Ella me miró con los ojos muy abiertos. Yo no pude parar. Ella me estaba linchando por motivos falsos y yo me preocupaba por sus sentimientos al respecto.

Cuando llevaba diez minutos andando me dí cuenta de que aún no había dejado de reír, flojito.

//Escrito por Atlanthis. Todos los Derechos Reservados. //

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2 Respuestas a “Las últimas palabras

  1. Gracias por comentar y tranquila, ésto sólo es una historia, como cualquier otra de las que escribo. Como todo, tiene parte de verdad y parte de ficción; es imposible a veces escribir una ficción sin nada de los sentimientos del escritor, y viceversa.

    La tormenta en la que este relato está inspirado ahora ya es sólo éso, una parte en el fondo del mismo.

    54 ;)

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  2. A veces, por mucho que duela, lo mejor es callar…
    Se que te duele, pero el tiempo lo cura todo, a veces incluso lo arregla, habrá que esperar que pase la tormenta.
    Un beso enorme.
    54!

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