night28 – Parte II

Después de terminar el chat, algo que no me había convencido del todo, salí a la calle a pasear un rato. Estaba siendo una semana movidita y necesitaba tomar el aire, reducir algo la sensación de extrañeza que sentía, no hacer nada ni pensar en nada. Vagar por la acera mientras en resto de gente siguiera su curso sin reparar en mí. Sólo alguien más dentro del murmullo de luces y ruidos de la ciudad. Pero a la vez sentía que yo era como una granada a punto de explotar.

Me rasqué una pierna por encima de los vaqueros, me metí el móvil y la cartera en el bolsillo trasero donde tenía enganchada la cadena metálica, me puse una chaqueta encima de la camiseta roja a juego con las zapatillas de aquel día, y cogí las llaves para cerrar la puerta de casa. Bajando por las escaleras, yo vivía en un octavo pero nunca usaba el ascensor, me rasqué también uno de los tres piercings que tenía en la ceja derecha. Era el más nuevo y pensaba que se me estaba infectando.

La noche no era demasiado fría para mí, corría el mes de noviembre y la gente iba con bufandas y guantes y cara de prisa. Eran las 00:24 a.m. y a mí me gustaba el frío, me hacía sentir con vida.

Mi fallo aquella noche fue continuar caminando por la orilla del río un trecho más en vez de hacer caso a mi primer instinto y meterme por la paralela, donde había un Starbucks y habría cogido un café justo antes de que cerraran. Pero en el último segundo cambié de opinión, me dije que ya tenía bastante café en vena para ésa semana y obté por evitar la tentación.

La luna se reflejaba en el agua del río, llena. Había andado ya un buen trozo desde que decidiera continuar por ahí cuando me dí cuenta de que no se veía a nadie. Se oían unas risas en algún lugar muy cerca de dónde yo estaba, algo que sonó como unos cristales rompiéndose, y seguidamente una alarma a toda pastilla. Instantáneamente me giré a mirar a mi espalda, con nerviosismo. No ví nada. Más allá del muro que contenía al río todo era agua, sin parte pisable, de allí no podía venir. Yo no era una persona que se diera cuenta de las cosas con una gran rapidez. Tardé lo mío en orientar los oídos y luego el resto del cuerpo hacía la dirección correcta de dónde venía el sonido.

Era la última calle perpendicular a la que yo estaba recorriendo la que había llamado mi atención. Al pasar no recordaba haber visto nada raro, pero tampoco me había fijado mucho, iba en mis cosas.

Una extraña mezcla de adrenalina e inquietud me hizo dar media vuelta y entrar en dicha calle, donde nada más acercarse se veía un grupo de cuatro adolescentes con pintas de macarras reírse con carjadas de borracho y rebuscar algo dentro del asiento del conductor del coche al que acababan de reventar la ventanilla. Y a mi no se me ocurrió otra cosa que hacer, que correr hacia ellos gritándoles que qué coño estaban haciendo.

Uno de ellos acudió a mi encuentro con cara de chulo y manifiestas ganas de empujarme, el resto le vitoreaba. Otro de ellos llevaba en la mano lo que parecía un maletín de portátil.

Yo cogí las llaves de casa para usarlas contra mi atacante como puño americano llegado el caso. A lo lejos empezó a sonar, cada vez más cerca, una sirena de policía.

Uno de los chicos gritó algo que no entendí mientras echaba a correr y los otros dos le seguían. El que yo tenía enfrente, haciendo caso omiso de la sirena, me dió un golpe en el hombro, con fuerza, a la vez que me dijo:

– Métete en tus putos asuntos
– Deja tú ése coche en paz, gilipollas – respondí con un comienzo de ganas de pelea. No era tan malo explotar después de todo.

Él me empujó, ahora sí, con las dos manos, chúpame la polla fueron sus palabras exactas, y al fondo de la calle apareció el coche patrulla. Yo miré hacia el coche en un acto reflejo, mientras el acto reflejo de él fue darme una patada de despedida en el gemelo y hacer los 100 metros lisos después como ya habían hecho sus colegas.

La historia es que yo tenía la pierna mal apoyada después del empujón y además el cabrón me dió fuerte, y me caí contra el coche. Cuando me levanté tenía a un policía encima de mí con cara de mosqueo.

— — —   — — —

– ¿Qué está pasando aquí? ¿puede levantarse? – me preguntó el policía mirándome fijamente a los ojos.
– Sí, creo que sí – respondí, a la vez que me incorporaba. Me dolía la patada en la pierna.

El policía que tenía enfrente era unos ocho centímetros más alto que yo, llevaba perilla y no se le veía de muy buen humor. El otro, el que completaba la pareja, era más alto y delgado, y permanecía un par de pasos por detrás del otro con cara de sueño.

– ¿Qué ha pasado aquí? – dijo una vez más el mismo agente señalando al coche. Escuchar la alarma para mí ya era insoportable. El otro policía comenzó a dar una vuelta alrededor del coche, inspeccionando los daños.
– Había un grupo de chicos, adolescentes. Yo estaba dando un paseo por allá. Escuché el ruido de romper los cristales – dije señalando lo que quedaba de la ventanilla – y me he acercado hasta aquí. Uno de esos ímbéciles me ha pegado una patada cuando ustedes llegaban
– Nosotros no hemos visto nada – se quedó mirando a su compañero mientras aquel llamaba a la grúa e intentaba desactivar la alarma del coche, todo a la vez – Ésto no pinta bien – dijo mirándome y señalando los destrozos.
– Un momento… no pensará que he sido yo ¿verdad?. ¡Me han pateado!
Se me quedaron mirando los dos. El alto y delgado no dejaba de fijarse en mis piercings.
– Vamos a tener que llevarle a comisaría, a prestar declaración – terció el de la perilla. Por lo visto era el único que hablaba.
– Pero… ¡qué yo no he hecho nada! – hice una pausa para ordenar mis ideas; odiaba a la policía, sólo complicaban las cosas – Yo sólo he venido a ayudar, cuando he llegado ésto ya estaba hecho, uno de ellos se me ha encarado y cuando les han oído a ustedes han echado a correr
– Nosotros no hemos visto a nadie más aquí que a usted. Documentación, por favor – me contestó.
– Pero vamos a ver… no les han visto porqué han echado a correr cuando estaban llegando – dije como si le hablara a un niño pequeño.
– ¿Y entonces porqué estaba usted aquí al llegar nosotros? ¿qué se han llevado del interior del vehículo? – me espetó el otro agente. Estaba mejor callado, la verdad, pensé.
Éstos no se enteran de nada, me dije.
– Porque se han ido, y a mí me han empujado por, por no sé qué, porqué les he fastidiado la diversión
– Parecía cómo que discutían de algo – retomaba la palabra el que parecía el jefe de los dos.
– ¿Pero no me acaba de decir que no habían visto nada?… por Dios… – dije. Empezaba a perder la paciencia.
– Documentación por favor – me repitió.
Odiaba éstas situaciones. Ya me había pasado varias veces más algo por el estilo. Me veían con mis pintas y ya está, ya era un delincuente en potencia.
Y había otra cuestión. El DNI. No quería enseñarles el DNI.

Hacía meses que había tomado la decisión. Desde entonces no había tenido que enseñárselo a nadie, no solía pagar con tarjeta y no había topado con ninguna circunstancia dónde me lo hubiesen exigido.
Por un momento la etiqueta que llevaba pegada en la parte de detrás, dónde ponen los datos personales, me quemaba en el bolsillo, dentro de la cartera.
Respiré hondo, endurecí el gesto y me lleve la mano a la cartera. La abrí y se lo entregué.

Por un momento no dijo nada, ni hizo ninguna cara rara. Leyó mi nombre y no pareció sonarle a ninguno de los delincuentes más buscados del país. Iba a devolvérmelo de hecho, cuando de repente frunció el ceño y lo volvió a mirar y a darle la vuelta, a la cara de los datos personales. Raspó ligeramente la etiqueta con la uña del pulgar. No se despegaba. Leyó lo que allí había escrito y dejó pasar unos segundo. Me miró con una cara que no sabría describir. Yo creo que le salió algo de humo por las orejas.

– No puede usted pegar nada al DNI – hizo una pausa y miró a su compañero que se había colocado al lado de él y miraba mi DNI por encima del hombro del otro – Parece que tenemos a una de ésos – y suspiró.
Carraspeé.
– Quisiera que respetaran lo que ahí dice. Por favor – dije.
Se miraron.
– Mire. Si tiene esta actitud va a ser una noche larga para usted. No se lo recomiendo – respondió el alto y delgado.
– Tengo derecho a… – comencé a decir.
– Venga conmigo al coche – me instó el otro agente – Va a quedarse dentro hasta que llegue la grua y el dueño y paremos este estruendo – dijo refiriéndose a la alarma.

— — —   — — —

El día siguiente me lo pasé durmiendo en mi cama desde las 9:00 a.m. de la mañana hasta las 17:00 p.m., a las 18:00h había quedado en ir a casa de mi hermana, teníamos que asistir a la boda de un primo en tres días, el sábado, y quería hablar conmigo de algo relacionado. No me gustaba mucho la idea de mi hermana mayor dándome consejos sobre cómo tenía que acudir a la ceremonia, qué diría la gente, qué… tonterías. Pero tenía que ir aún así, era mi hermana y me quería, y yo no dudaba de ello.

Fue peor de lo que había imaginado mientras estaba en el coche, la visita a la comisaría. Me habían dejado libre, claro, no tenían nada que me vinculara al coche, a pesar de lo que mi imagen les hiciera pensar y tampoco era una persona con antecedentes.
Me habían arrancado el papel.
Me habían mirado como si fuera un alien. No es que esperara otra cosa, pero aún así me había hecho sentir peor de lo que suponía ó quería suponer.

Quizás fuera más fácil si desistiera. Si me dejara llevar y me olvidara de todas ésas ideas. De lo que sentía dentro de mí.
Quizás la sociedad tenía razón, y no existía lo que yo sentía. Ó simplemente tenían razón en decirme lo que yo era, tenía que aceptar la norma.

Pero es que nadie podía decirme lo que yo era. Nadie más que yo podía decir quién era.
Sería más fácil si al menos yo lo supiera, si tuviera las palabras para decirlo sin que ésas palabras se conviertieran en una nueva cárcel.

Antes de irme a casa de mi hermana me senté delante del ordenador e imprimí una nueva copia de la etiqueta. La volví a pegar con cuidado para que no quedaran burbujitas de aire entre el DNI y ella.
Antes de meterlo de nuevo en la cartera, leí una vez más lo que había impreso:

Abjuro irrevocablemebte del género y nombre del presente DNI. No soy yo.
El género es un concepto social, una variable continua y sometida a cambios a lo largo de toda la vida. No se puede etiquetar al caos, no me pueden etiquetar a mí. No soy hombre ni mujer. Soy una persona

— — —   — — —

/CONTINUARÁ…/

//Escrito por Atlanthis. Todos los Derechos Reservados. //

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