Mil Millones de Estrellas

La noche caía a través de un cielo anaranjado y rojo en el horizonte, como si un pintor gigantesco hubiera pintado un par de trazos de ésos colores en mitad del firmamento azul con su pincel.

Anthea balanceaba los pies, sentada en el extremo del muelle que se erguía sobre el río Oraka. De vez en cuando lanzaba miradas furtivas a su acompañante, Tom, un chico de 10 años, su misma edad exactamente, que jugaba a rebotar piedrecitas contra el agua, sentado a su derecha y con un pelo rubio pajizo que a ella le parecía el toque definitivo que lo hacía absolutamente guapísimo.

– Y entonces, ¿en New York tú no tenías río dónde rebotar piedras? –le preguntaba Tom, verdaderamente sorprendido ante la posibilidad de que algo así pudiera pasar.

– No, hasta que llegamos aquí, a Putaruru, nunca lo había hecho. Tú lo haces realmente genial –le respondió Anthea, sonriendo tímidamente-.

– ¡Gracias! – dijo Tom, y al cabo de un par de minutos agregó bajito pero con firmeza- ¡Es que Nueva Zelanda es la leche!.

Anthea se rió disimuladamente. Sus pies tenían vida propia al borde del muelle, no paraban de moverse adelante y atrás, adelante y atrás, mientras la luz iba tornándose cada vez menos fuerte y todos los colores del cielo se intensificaban. A lo lejos, creyó escuchar el ruido de un canguro ó quizás de varios, aún no sabía identificarlo muy bien, hacía sólo seis meses que se había mudado allí con sus padres, al aceptar su madre un trabajo como química allí. Su padre era maestro de escuela, el lugar donde se había hecho amiga de Tom.

– Oye ¿te puedo preguntar una cosa? –dijo Tom, que seguía distraído tirando sus piedrecitas-.

– Claro –contestó con franqueza Anthea-.

-¿Echas de menos algo de tu ciudad?

Anthea se quedó pensativa unos instantes, y luego respondió:

– Me gustaban los taxis, amarillos y siempre llenos de gente, y me gustaba cuando mi padre me compraba alguna vez un perrito caliente del puesto de la esquina al lado de nuestro piso.

– ¿Qué es un perrito caliente? ¿y no vivías en una casa con campo como aquí? –dijo Tom-.

– Pues no, allí todo el mundo vive en edificios con varios pisos por planta. La verdad es que en general no había tanto espacio como aquí, osea… allí no hay campo, ni bosques, ni canguros, ni nada de eso. Todo son calles y calles con edificios a ambos lados, la mayoría muy altos y….

– ¡Ah, ya! los rascacielos –apuntó Tom, que acababa de sentarse a su lado, cansado ya de su juego y más interesado al parecer en la conversación-.

– Si, exacto. Y allí todo el mundo va muy deprisa a todos lados, y no puedes ver el atardecer como aquí. Además hay policías por todos lados, y semáforos, muchos semáforos, y huele… no sé, pero no huele como aquí. Aquí huele a hierba, y a aire limpio, y… y hay kiwis

– Me gustan los kiwis, y los canguros –dijo Tom, que como de forma casual, aunque frunciendo levemente el entrecejo seguramente por la importancia del momento, había puesto su mano encima de la de Anthea-.

Anthea notaba como comenzaba a ponerse roja poco a poco, pero continuó hablando, eso sí, sin mirarle.

– Allí veías palomas y gorriones, pero esto es mejor, aquí hay muchísimos pájaros. Y hay playa, yo no había estado nunca en ninguna hasta venir aquí… ¡Y hay montañas!  -dijo entusiasmada Anthea.

– Yo no podría imaginarme viviendo en un sitio con edificios que no me dejaran ver las montañas, ó el cielo, ó nada de nada.

Así estuvieron hablando un rato grande, tan grande que sin darse cuenta se les hizo de noche, y empezaron a tener frío y ganas de cenar. Pero sus manos no habían dejado de estar juntas.

– Oye…… -empezó a decir Tom- ¿y allí en New York tenías novio? –y al acabar de decir estas palabras ahora fue él quien se puso rojo como un tomate-.

– No… -respondió Anthea, tragando saliva- allí no me gustaba nadie tanto, aquí me gusta mucho más la gente –y miró un poquito a Tom- los niños del colegio se metían conmigo porque decían que me iba a vivir al quinto pino, y que yo no le gustaría a nadie.

– A mí me gustas –dijo bajito Tom, y armándose de valor continuó diciendo-. tú… ¿tú serías mi novia?-.

Anthea iba a contestar que sí, muerta de vergüenza por supuesto, pero de repente paró de mover los pies e incluso separó su mano de la de Tom, y aunque no tenía muy claro del todo en que consistía exactamente eso de ser novios, dijo:

– Pero ¿y si mis padres se vuelven a mudar? ¿y si quieren volver a New York? No debería de ser tu novia-.

– Yo… -y entonces Tom, que no sabía bien que decir, miró al cielo- les dices que yo te he regalado mil millones de estrellas, que son todas las que se ven desde aquí por lo menos, y que desde New York no puedes verlas, por eso te tienes que quedar aquí conmigo, porque yo sólo no puedo quedarme aquí con tu regalo, eso estaría mal, porque ahora ya son tuyas.

Y en ése instante Anthea le dio un beso en la mejilla a Tom, que ya no podía ponerse más colorado sin entrar en erupción como uno de los volcanes de la isla, y pensó que definitivamente a partir de ahora ésta sería su ciudad, fuera a dónde fuera, porque todas las estrellas que alcanzaba a ver eran suyas, y no se le olvidaría nunca.

/Pensado para niños alrededor de 8 años/

//Escrito por Atlanthis. Todos los Derechos Reservados. Cedido a Globart para su publicación. //

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