El lápiz azul

Érase una vez, en un rincón de uno de los cientos de bosques de un continente muy, muy grande llamado América, un grupito de árboles cuya vida estaba a punto de cambiar.

¿Nunca te has preguntado de dónde ha salido el lápiz con el que coloreas? Y no me refiero a una fábrica.

El bosque era inmenso, en él vivían los árboles más grandes y altos del mundo, las sequoias. Éstos árboles pueden ser  tan, tan altos, que casi no lleguen a verse ni las ramas ni las hojas, allá en lo más alto del tronco, casi rozando el cielo y dejando apenas filtrar el sol por entre sus copas. Ö pueden ser tan, tan anchos, que hagan falta muchos niños, al menos doce ó incluso veinte, para rodearlo por completo cogidos de las manos, y con la barriga bien pegada a la corteza. Además pueden ser tan viejos, que alguno ha llegado a vivir hasta dos mil años.

Pues bien, en un rincón de de este bosque, uno de los más extensos de toda California, crecían además de sequoias, varios pinos y abetos, y un par de robles solitarios. Esto era algo normal, a los árboles les gusta compartir el lugar donde viven con otros árboles diferentes, ya que así el bosque se vuelve más variado y bonito, junto con los miles de helechos y musgos que se asientan a los pies de los árboles y ambos lados de cualquier sendero. Cuando estás dentro, de pie  ó tumbado boca arriba, sientes como el color verde de miles de hojas y rojo de la madera, te inunda los ojos, así como inunda el olor a humedad y frescor la nariz, ó la brisa algo fría pero agradable te eriza la piel, ó el silencio salpicado de algún que otro ruidito de insecto te hace sentir una gran tranquilidad y paz.

Un día sin nada en especial, llegaron al bosque unos cuantos hombres, aparcaron sus camionetas a la entrada del mismo, y sacaron unas sierras mecánicas de mano para cortar la madera. No había porqué asustarse, porque estos hombres sólo iban a talar los árboles muy viejos con peligro de caerse, ó los que ya lo hubiesen hecho, pero aún así algunas sequoias jóvenes se pusieron a temblar, porque les daba miedo que se equivocaran y las llevaran fuera de su casa a ellas.

Los hombres se llevaron los troncos de varios pinos que amenazaban con derrumbarse tras el paso de las últimas lluvias, y en el último momento, uno de ellos se fijó en un pedazo de madera de sequoia, muy roja y brillante, que se había caído de uno de los troncos más altos. Parecía una ramita, y el talador pensó que podría ser un trozo estupendo para fabricar algo con él, así que lo cogió y lo puso en la camioneta, junto a la madera de los pinos que iban a llevarse a la fábrica de lápices.

– ¿Qué haces aquí? Eres diferente a nosotros –le dijo al pedazo de sequoia un viejo tronco de pino, cuando la camioneta empezó a moverse lejos del bosque-.

– No lo sé, a mí me gustaba estar en el bosque, pero hace un par de días me caí de mi árbol y como no sabía cómo volver a subir a él, he estado en el suelo hasta que un señor me ha recogido y puesto aquí –dijo el pedazo de sequoia-.

– Deberías de haberte quedado allí –dijo el tronco de pino- donde quiera que nos lleven, no es lugar para un vulgar trozo de madera como tú, sino para grandes troncos como nosotros.

Y el pedazo de sequoia, que no sabía lo bonito y especial que era por haber vivido en lo alto de una sequoia, se puso muy triste al escuchar al tronco de pino, y los dos hombres que iban en la camioneta, hablando sobre lo buenos que eran los pinos para fabricar lápices de grafito negro, los que normalmente usamos para escribir.

Al llegar a la fábrica de lápices, enseguida se llevaron a los troncos de pino a las máquinas para empezar a fabricar los lápices que más tarde utilizarían en el colegio los niños para escribir. Sin embargo, relegaron a una esquina al pedazo de sequoia porque no sabían qué hacer con él.

– Ésa madera no sirve para hacer lápices –decían-.

Y pasaron primero los días, y luego algunas semanas, hasta que el hombre que le había recogido del bosque, se diera cuenta una mañana de que ahí estaba, arrinconado y lleno de telarañas, aburrido. Entonces, al verlo tuvo una idea estupenda, si no querían hacer esa clase de lápices con él, le enviaría a otra fábrica más al norte aún de California, donde se fabricaban lápices de colores.

Cuando el pedazo de sequoia entró a la fábrica de lápices de colores se puso muy contento al ver la gran cantidad de colores que allí se veían, rojo, azul, verde, amarillo, violeta… y un montón de colores que no sabía cómo se llamaban pero que le parecían preciosos. Aquello era algo que él no podía haberse imaginado, porque además, allí había madera de todo tipo de árboles, aunque él no supo ver a ninguna otra sequoia.

Aunque le daba igual en qué lápiz de color le convirtieran porque todos le gustaban, pasó a ser un magnífico lápiz de color azul de buenísima calidad, y lo colocaron dentro de una caja con otros once lápices de colores, todos ellos diferentes.

En cuanto los hombres cerraron la tapa de la caja, todos los lápices empezaron a presentarse y a preguntarles a los demás de dónde venían. Había dos lápices, el amarillo y el morado, que procedían del mismo árbol, el rojo era cedro de Virginia, el negro venía de restos de madera de pino, el blanco de madera de enebro… pero sin duda, el más bonito de todos era el azul, porque la madera roja de la sequoia hacía que el azul reluciera mucho más.

Y  como esta fábrica aceptaba todo tipo de maderas, las cajas de lápices de colores obtenidas iban a parar a escuelas de todo el mundo, ya que costaban mucho más baratas que las otras por no tener todos los lápices iguales, y a muchas familias les gustaba comprarlas para ahorrar algo de dinero y porque a los niños les gustaba más jugar  a colorear con estos lápices menos aburridos.

Así que la próxima vez que tengas un lápiz de colores en tu mano, piensa que lo que tienes en realidad es un trocito muy pequeño, de un frondoso bosque de algún lugar del mundo, y que espera que colorees algo especial con él.

/Pensado para niños alrededor de 7 años/

//Escrito por Atlanthis. Todos los Derechos Reservados. Cedido a Globart para su publicación. //

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