El sol de diciembre – 3º parte (2/2)- FIN

Alan no responde. Su cara está de un color blanco como la leche, y los furtivos rayos del sol del amanecer brillan en el cristal exterior de su casco.

Owens no deja de zarandearle, nota como el pulso y la adrenalina le palpitan en las sienes. Tengo que respirar más despacio ó pronto me quedaré sin oxígeno, piensa. Un aire taciturno empieza a aparecer en su semblante, una gran sombra de enfado oscuro como la noche que se va del cielo de Io.

– Ésto ya es demasiado -pronuncia para sí mismo.

Sin embargo Alan acaba por abrir los ojos, sin saber muy bien dónde está ni qué ha pasado al principio, abriéndolos mucho después al recordar el ataque de la cosa que antes era un hombre como él.

Su cuerpo experimenta varias sacudidas, tranquilo le dice Owens, ya se ha ido, aunque su capitán sabe que éso no es del todo cierto, por eso el velo oscuro que hace un instante le ha cubrido la expresión no se va al despertar Alan, su enfado no es tan filosófico, no es por la vida ó la muerte, es por que alguien ó algo en el universo ha decidido que lo único que tenían allí, paz, ya era hora de quitársela también.

– ¿Dónde…dónde está? -balbucea Alan- ¿de dónde demonios ha salido?
– No lo sé, ahora céntrate en respirar lentamente -le responde Owens
– Era, ¿era Juan, verdad?, oh mierda, era él, si -sigue diciendo el astronauta herido.

Owens no malgasta palabras. Dirige su mirada como la de un cirujano  a la parte justo por encima del codo del brazo derecho de Alan. Él aún no se ha mirado, pero la púa que lo atraviesa supura una especie de líquido verde. Está perfectamente encajada en el traje espacial, el tejido no se ha rasgado y nada de la atmósfera de Io está en contacto con la piel de su amigo, tampoco sale sangre al exterior, pero no es éso lo que le preocupa, lo que hace que parezca un neurocirujano a punto de operar un aneurisma enorme en el cerebro de un chico de veinte años. Es el virus.

Se sienta pesadamente y mira en silencio a Alan. Éste también ha conseguido sentarse ya y está frente al capitán de la Orión.
Owens va a tomar una decisión. Antes incluso de que el otro hombre le plantee la pregunta que sabe que en unos segundos le va a plantear.

– Oh Dios, joder, me duele muchísimo el brazo. La puta, me lo ha ensartado como si fuera una aceituna de cóctel -se queja Alan, y acto seguido añade muy serio- El virus. Me ha contagiado el puto virus -su expresión parece a punto de entrar en pánico- No, joder. Ahora tienes que elegir -mira a Owens muy fijamente y masculla entre dientes- Mierda

———————

El sol de diciembre ya ha hecho su aparición en el horizonte. En cuestión de cuatro minutos se ha operado el cambio de la noche al día, y el astro vuelve a dirigir su insondable haz de luz sobre los dos hombres. Apenas hace unos instantes que Alan ha planteado la terrible cuestión y ya le comienza a picar todo el cuerpo.

Pero antes de que ninguno de los dos astronautas pueda decir una sóla palabra, el intercomunicador emite un ruido estático diferente al que se han acostumbrado a escuchar en las últimas horas. Éste es de más alto volumen y deja entreoir una serie de pitidos y sonidos como de máquina de videojuegos.

Owens y Alan se miran intrigados, absolutamente perdidos, casi igual que si estuvieran sufriendo una inocentada enorme y no acabaran de asimilar la absurda situación.

Entonces oyen una voz conocida.

– Orión, al habla Alfa -mismo ruido estático de las últimas horas, otra vez- Capitán Soroyan, posición 395LN – 98º – 5523K. No identificamos su posición. Tenemos poco combustible, hemos sufrido complicaciones. En cuatro minutos sobrevolaremos Io. Cambio

Owens da un respingo que hubiera resultado de lo más cómico si no fuera por la gravedad de la situación. Por primera vez en sus veintiocho años se aturulla con las palabras y tartamudea al hablar:

– Ca-ca-capitán O-Owens al habla, nnnave Alfa. Nave O-O-Orión destruida. Repito, nnnave Orión destruida. El miembro de la tripulación Juan Rodríguez es baja -mira a Alan con gesto impasible y de entendimiento tácito- No sé la posición en que nos encontramos. Hemos abandonado la nave hace horas. Cambio
– Necesitamos su posición. No tenemos combustible suficiente para buscarles -la voz al otro lado del intercomunicador realiza una pausa incómoda- lo siento. Describa su situación, capitán Owens. Cambio

Owens suspira. Desgarra algo de tierra con la mano enguantada, como si quisiera arañar al satélite donde se encuentran. La desesperación se masca en sus apretados y mudos labios.

Alan se da cuenta de que Owens no sabe cómo explicarle al capitán Soroyan lo que le pide. Owens no ha cerrado la frecuencia de Alan, no le ha excluido de la conversación entre superiores. Vamos allá se dice. Y entonces Alan toma el mando de la situación, retorciéndose ya de picor dentro de su traje.

– Vemos un gran cráter a nuestras espaldas, señor. U…unas montañas como a tres kilómetros de aquí -mira al cielo- Diría que los rayos solares caen sobre nosotros con una inclinación de 30º. Cambio

Owens le mira absolutamente agradecido. El capitán Soroyan no está tan convencido.

– Identifíquese. Esos datos son insuficientes. Repito, no tenemos suficiente combustible para entrar a oscuras en Io. Necesito saber porqué punto de la atmósfera penetrar, y aún así no puedo asegurarles que podamos realizar la maniobra de rescate -toma aire- Tengo una tripulación que salvaguardar
– Alan Porter al habla, capitán. No veo nada más que pueda servirle de ayuda -intentaba rascarse de manera frenética- déjeme pensar un instante. Veamos -empezaba a tener naúseas- la posición de la nave al caer sería aproximada a…
– 234LN – 97º – 443Ks -interrumpe Owens, rápidamente.
– Hemos andado en línea recta desde allí -continúa Alan- Prueben siete horas en dirección… -le resultaba muy difícil pensar.
– Dirección Oeste, si asumimos polos terrestres metafóricos -dice Owens.
– No podemos hacer pruebas -responde Soroyan, pero tras una pausa añade- De acuerdo. Lo intentaremos. No aseguro nada -hace una nueva pausa- Que Dios les guarde, su país sabrá lo que han hecho. Y sus familias
– La misión ha resultado fallida -responde Owens.
– Su país estará orgulloso de ustedes -repite la voz dentro de la nave Alfa, justo antes de cortar la comunicación.

– Su país sabrá lo que han hecho -repite entrecortadamente y de forma irónica Alan, ya casi no puede hablar- No abandones a Juan -dice a Owens seriamente- Mátame, él tiene familia -cierra mucho los ojos y arruga la boca, le duele todo- Rápido, mátame Owens, él volverá, lo sabemos, podrás inyectarle la cura

Owens sabe que lo que dice su amigo es técnicamente posible. Puede tratar de inyectarle la cura a John, y seguramente haría efecto. Pero ya ha tomado su decisión hace rato. John ya no existe.

Se incorpora del suelo y antes de que Alan siga hablando, se saca del kit el dispositivo VC/G4 y se lo inyecta  en el brazo sano.

Alan siente un mezcla de emociones diferentes dentro de sí. Mira con ojos incrédulos a Owens. Ojos acusadores y agradecidos a la vez.

Owens se siente bien. Ha hecho lo que tenía que hacer.

———————

– ¿Crees que llegarán? -pregunta Alan.

Tras unos segundos de silencio, Owens contesta:

– No lo sé

Owens vuelve a dar vueltas a su moneda de la suerte. Sin la que nunca ha salido a la calle ni a ningún otro lugar. La lleva de un lado de la mano a otro, rodando sobre sus nudillos.
El sol de diciembre les contempla sentados de nuevo, con sus diez minutos (aproximadamente) de oxígeno restantes.

Alan está bien, la cura ha hecho su trabajo.
John, ó Juan, ó la cosa que ahora es, les observa desde un lugar cercano, escondido. Al acecho.

Owens ha decidido utilizar sus últimos minutos en recordar los momentos buenos que ha pasado en la vida. Siente como sus pulmones apuran los restos del gas que en poco tiempo le matará por su carencia.
No había pensado que fuera a morir así, de asfíxia. Realmente nunca había pensado en cómo iba a ser su muerte.

– Gracias -le dice Alan- Por darme unos minutos más y no dejar que me convirtiera en ésa cosa

Owens hace un gesto con la mano. “Déjalo correr” es lo que quiere decir.

A Alan aquellos le parecen los diez minutos más largos de su vida. Intenta no pensar en nada, pero no puede. Le asaltan las cosas que no vivirá, los recuerdos que se perderán para siempre, la jodida y nada agradable sensación de que su cuerpo quedará allí, a tantos kilómetros de su casa. A sus treinta y un años hace al menos veinte que dejó de creer en Dios. No sabe nada de energías, ni de otras vidas, ni de nada. Sólo le atormenta la idea de que su cuerpo se pudrirá solo, al lado del de Owens. Y ya está.

– Las cosas que he vivido -comienza a decir Owens, de improviso, sereno- han sido muchas, menos de las que hubiera querido, pero aún así muchas y buenas. Creo que he realizado la mayoría de sueños que tenía en la vida. Supongo que Sandra y Tess acabarán estando bien -una lágrima se escurre por su mejilla, pero ahora ya no le importa que se vea- Y en definitiva el mundo seguirá su rumbo. Nada va a pararse porque tú y yo estemos aquí, ahora
– Es casi hasta poético, un final así -reconoce a regañadientes Alan.
– Lo és, es poético. Ojalá pudiera verse la Tierra desde aquí, al menos
– ¿Tú crees en Dios? -se aventura a preguntar Alan.
– No -dice el hombre que tiene al lado- Pero sé que hay algo. Y que ése algo no puede ser peor que ésto -se ríe- Sé que algún día volveré a estar con ellas -refiriéndose a su mujer e hija- Y creo que en estas circunstancias, con éso me vale

El descenso de los niveles de oxígeno se va notando. Ambos astronautas empiezan a ver algo borroso, a costarles respirar, a sentirse mareados. No se mueven. Sólo observan lo que pueden del horizonte, ahora que siguen tranquilos y sin las posibles convulsiones cuando ya no puedan seguir respirando.

– El sol de diciembre… -comenta Owens, no se sabe bien si a su compañero ó a sí mismo- …la época más bella en Io

A lo lejos, siguiendo la línea invisible de sus miradas, aparece una figura vaga. No se distingue bien qué es, al menos ellos ya no tienen la agudeza visual suficiente para ello.

– Allí ahí algo -dice Alan- Se mueve
– Sí -confirma Owens, que intenta levantar el brazo para saludar

Los dos hombres tratan de discernir lo que están viendo y no deja de acercarse a ellos.

– ¿Qué crees qué es, Owens?
– No lo sé, Alan -responde.
– ¿Crees que pueden ser de la nave Alfa?
– No lo sé, puede -vuelve a responder Owens
– ¿Y si es Juan? -sigue preguntando Alan
– No se distingue

La figura sigue avanzando hacia ellos. Sea lo que sea, los ha visto y se dirige a su encuentro. Les quedan siete minutos de oxígeno. Toda una eternidad, si se quiere.

Owens mira fijamente a ésa silueta borrosa. No ha dejado de mover la moneda entre sus dedos. Tiene un buen presentimiento. Desea con toda su alma que sea alguien de la tripulación de la nave amiga. Que ése sol de diciembre les dé algo bueno por fín. Lo desea intensamente.

FIN

El sol de diciembre

//Hasta aquí la historia que puedo contar de Owens y Alan. Si pasa algo más, si la figura pertenerce al otro malogrado astronauta ó a alguno de los compañeros que van a salvarles,  no lo sé. Cada cuál va a tener que pensar en ello, y llegar a alguna conclusión. Yo sé cúal es mi conclusión, lo que creo que pasa, a cúal de las dos opciones pertenece la misteriosa silueta. Pero habéis adivinado bien, no lo voy a decir. Éso ya es otra historia. //

//Escrito por Atlanthis// //Blog Registrado. CC. Todos los Derechos Registrados//

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5 Respuestas a “El sol de diciembre – 3º parte (2/2)- FIN

  1. claro, prefiero el final abierto! yo ya saque mi conclucion…
    “Y en definitiva el mundo seguirá su rumbo. Nada va a pararse porque tú y yo estemos aquí, ahora”
    que fracesitas ..pero esta me pego fuerte
    bueno, el final ha llegado, y los astronautas, esperaran conlcusiones…
    saludos cordiales.

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  2. Ja ja ja.. Como dices “Éso ya es otra historia”, pues me lo tomé por donde no iba, ja ja ja, y pensé que algún día habría continuación.

    En mi final, los rescatan, pero en mi final, uno de los dos habría dado la vida por el otro. No sé, algo bonito. Algo que por ejemplo, uno de los dos pudiese contar a su familia, y a la familia del otro: Dio su vida, para salvarme a mi.

    No sé, ya sabes que soy de finales raros, ja ja ja..

    Un abrazo so’ guapa!

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  3. Ya no hay continuación, eigual. Aquí acaba la historia, con la palabra FIN. El resto lo dejo a la imaginación…

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  4. ya te he dicho en el facebook, que me ha encantado. Pero te lo vuelvo a repetir aquí: me ha encantado y espero la continuación.

    Besos

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  5. Ves, si con cada cosa que escribes lo haces mejor, imaginate como escribiras mañana!

    Mi profesor de datos se llama Juan, aunque nosotros lo apodamos John y, si, es un monstruo.

    Por cierto, esa descripcion tan adorable del bicho alien con disminutivos (blandita y picajosa) es a posta, no? Es que despierta simpratia, no da miedo!

    XD

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