El sol de diciembre – 3º parte (1/2)

Una sombra de felicidad surca la cara de Alan, breve, casi fugaz, justo lo que duran los diez primeros segundos en que su cuerpo ya no tiene que luchar por mantenerse de pie y seguir andando. Cuando pasa, su expresión vuelve a ser un cielo azul intenso de verano que repentinamente se ha encapotado y avecina tormenta.

– ¿De qué piensas que moriremos antes, Owens? ¿por falta de oxígeno ó por congelación? -pregunta cínicamente risueño al otro hombre sentado junto a él.
– No creo que podamos seguir haciéndole caso a los sensores térmicos -se escucha ruido estático en el intercomunicador- éste marca que tengo 15º C dentro del traje -Owens esboza una sonrisa irónica.

Alan corresponde a su compañero con una media sonrisa divertida por la afirmación que acaba de hacer.

– Diría que estoy aquí dentro a – 4º ó – 5º C -sigue diciendo Owens-. Por otra parte, me queda una hora aproximadamente de oxígeno. Tendría que calcular el ritmo de la bajada de temperatura exterior junto al calor que mi cuerpo aún es capaz de producir teniendo en cuenta el propio oxígeno que se consume y resta del depósito… -de repente se da cuenta del semblante con que Alan le está mirando, su amigo no quiere todo éso, toda esa charla, así que se ríe, medita unos segundos en silencio y finalmente responde- Sin oxígeno. Moriremos sin oxígeno.
– Asfixiados -repite Alan, sin emoción alguna en la voz.

Owens piensa que no es la mejor forma en la que le habría gustado morir. Pero sí, realmente cree que moriran de asfixia. Saberlo no es un pensamiento que le consuele, desde luego. Pero no puede evitarlo, de igual modo que un matemático no puede evitar ver el camino hacia donde le lleva una ecuación. Trata de bloquear todos los conocimientos médicos sobre lo que les va a pasar, mejor que no piense en éso ahora se dice, no quiere darse cuenta del todo de que ese “ahora” es un tanto relativo en su situación, y lo único que tiene.

Alan le pide que vuelva a intentar contactar por radio con la nave Alfa. Procede, pero no oye nada, sólo interferencias, sólo ruidos que le hablan de desolación e incertidumbre, de un cosmos gigantesco que les ha engullido.

Owens nunca a odiado el tiempo tanto como en este instante. Se siente sólo impotencia, sólo irrealidad. No quiere abrirle las puertas al miedo, pero lo siente embestir contra ellas con una fuerza tremenda. La fuerza de un dragón sin nada que perder.

– Vuelve a intentarlo, quién sabe, quizás ahora nos oyen -dice Alan.

Éso es tan difícil como que una hormiga logre levantar al tipo que está a punto de pisarla y se salve de morir chafada como un sello. Pero no lo dice. Vuelve a intentarlo. No sabe porqué se le ha ocurrido ése ejemplo, pero a cada palabra que pronuncia al vacío de la radio, le parece más acertado.
Se siente tan inseguro como una diminuta hormiga.

– Orión llamando a Alfa. Alfa responda. Al habla el capitán Owens. Necesitamos ayuda. Cambio -toma aire- Al habla el capitán Owens. Orión llamando a Alfa. Situación de ayuda urgente. Alfa responda… -su propia voz le suena metálica, helada.

Alan niega con la cabeza.

– Está bien, déjalo. Tu radio está rota. Todo está roto, joder. ¿Y sabes qué? me he meado encima hace un rato -levanta una ceja- no te rías, el compartimento para orina se ha debido de romper con todo este jodido desastre
– El mío está bien -le dice Owens.
– ¿Ves? si ya lo decía mi madre…que no fuera astronauta, que ésos tipos están locos -Alan suspira- Ahora daría cualquier cosa por una cerveza. Qué coño, por un barril entero -y parece que sus ojos evoquen antigüas noches sin duda mejores que ésta.
– Yo daría cualquier cosa por estar unos minutos con Sandra y Tess -le responde Owens.

No están habituados a este tipo de confidencias. Sienten una profunda amistad y respeto mutuo, pero el tono de sus voces habla de su corazón y de una intimidad afilada y caliente que realmente no quieren pronunciar ni oír, hay algo en ella que les habla del ser humano frágil y desprotegido que llevan dentro, y no es el mejor momento para sacarlo afuera.
Sin embargo, les alivia un poco.

Alan asiente con la cabeza.

– Me lo imagino -no sabe qué puede decirle, no está seguro.

Y entonces piensa en John. Él también tenía mujer e hijos, y es por eso que lo asocia. Hace rato que no siente, por decirlo de algún modo, que estén totalmente solos.

– ¿Y si John está vivo?, él…éso, ésa cosa…lo que sea que ahora es
– No puede haber sobrevivido, su estado…-deja a medias Owens.
– Ya lo sé. En realidad es un presentimiento, sólo éso, no que esté allí mirándonos -Alan señala un punto incierto delante de ellos.
– Ya -dice su compañero.
– La vacuna de mi kit creo que también está rota -sigue hablando Alan.

Qué no se ha roto piensa Owens con cínica amargura.

– Realmente éso no nos va a servir de mucho, Al. Juan no va a aparecer. E intentar ponérsela sería una especie de suicidio
– Suicidio que…
– ¿Cometería? -acaba la frase Owens.

Un silencio pesado cae sobre los dos.

– No tiene sentido -tercia el capitán de la malograda Orión.
– Juan es nuestro compañero -sentencia Alan muy serio- Juan es nuestro amigo
– No sé de qué serviría curarle, éso es todo -Owens se encoge de hombros- quizás así no se de cuenta de cómo muere, si es que ya no está muerto
– ¿Tú no querrías tener esa oportunidad? si la nave Alfa nos encuentra ¿no querrías que lo que volvieran a tener tu mujer y tu hija fuera algo más que una gelatina asesina? -pregunta Alan, inquisidor.
– No es éso lo que estamos discutiendo, por supuesto que sí -la voz de Owens sonó helada por entre los ruidos del intercomunicador.

Alan había cruzado una línea invisible. Daban igual las circunstancias en las que estuvieran, Owens seguía siendo el capitán de la expedición. Y estaba llevando la conversación por un camino estúpido.

– Lo siento -se disculpa Alan de inmediato- Sólo digo que si yo me hubiera convertido en ésa cosa en la que no quiero pensar, si he de ser sincero, creo que me gustaría morir como un hombre, no así. Querría pensar en mi familia ó en el último polvo que eché antes de jugar a ser Dios y venir a aquí, pero en cualquier caso, poder pensar en lugar de babear

La mirada de Owens está perdida. Ha dejado de oír conscientemente a Alan. Siente que está empezando a amanecer a sus espaldas aunque delante suyo no se vea nada aún. Siente el viento que empieza a soplar.

A algún nivel interno de su mente confirma (si es que lo necesitaba) que efectivamente no morirán congelados, la temperatura ahora ascenderá algunos grados previsiblemente. Lo que está pensando es en el último cumpleaños de su hija. Le regalaron un bicicleta envuelta en papel de regalo. Tess llevaba más de dos meses pidiéndola con su vocecilla de niña de cinco años y la cara de felicidad que puso al verla no se borraría de la memoria a su padre en la vida.

Ése pensamiento le recordó a su vez, por las palabras que había dicho Alan, la última noche que pasó con Sandra.

Unas lágrimas irrumpieron de golpe en sus ojos, lentas, nunca había sido bueno con las palabras así que no sabría expresar lo que le estaba haciendo llorar. Pero deseaba que el otro astronauta no se diera cuenta.
Acababa de romper el muro que le separaba de la desesperación y ahora sólo esperaba, con las pupilas borrosas, no acabar perdiendo todo el control.

Ahora él también sentía miedo. Miedo a derrumbarse, pero sobre todo, por la soledad que le atenazaba.

———————

Alan no se ha dado cuenta de que su capitán ha roto a llorar, ha escuchado un ruido y todo su cuerpo se ha puesto alerta. Hace horas, realmente desde que dejaron la nave, que no escuchan nada, absolutamente nada. Sólo sus propias pisadas. Ésto ha sido un chasquido.

Un chasquido como de lengua.

No le dá tiempo a pensar. Su mano derecha reacciona antes que su cabeza y agarra a Owens por el hombro izquierdo, sin mirarle, buscando algo que no acierta a ver delante de sí.

– Owens -ruido estático- ¿lo has oído? ¿has oído…éso? -pregunta.

Pero Owens tarda unos segundos en reaccionar. El ruido vuelve a repetirse antes de que él repita mentalmente la pregunta de su amigo y vuelva a serenarse.

Una cosa blandita y pinchuda a la vez, cae sobre Alan. ¡Zas!. Como si una bola de blandiblú verde con púas engullera a un muñeco de Lego. Zluuuuuup. Grita. Grita tan alto y tan fuerte, por el susto y por el asco, que Owens se lleva las dos manos a los lados del casco en un acto reflejo, como si pudiera taparse así los oídos.

Owens baja al instante las manos. Escucha los latidos desbocados de su pecho. Gira la cabeza hacia Alan sin entender aún nada. Abre la boca para decir algo, pero se levanta de un salto. En toda su estatura.

Alan golpea lo que puede con los brazos. Se siente aprisionado en esa asquerosidad viscosa. Dá patadas pero no se libra. ¡¡Owens!! chilla. De repente nota un intenso dolor. Uno de esos pinchos se le ha clavado a la altura del codo, atravesándole el brazo. No lo puede ver, pero lo siente. No sabe cómo puede ser éso, chilla más, y más fuerte.

A Owens va a explotarle la cabeza. Cierra los ojos de dolor antes los alaridos de su compañero. Los abre. Mierda dice, ahora comprende la situación. Algo está tratando de comerse a Alan. Algo que le recuerda…¿a qué le recuerda?. Busca algo, rápido se insta, un arma, un…Pero allí no hay nada. Su mirada es la de un loco. La puta, no se dá cuenta que habla solo. Y lo recuerda. Ya lo sabe. Sabe qué es ésa cosa. Es John.

– Noooooooo…. -se lamenta. Casi parece que vaya a pegar al suelo con un puño y a dar saltos de rabia.

Owens echa la cabeza hacia atrás, respira hondo. Echa a correr hacia delante sin previo aviso. Parece un toro y el casco los cuernos. Va a embestir a la gelatina.

Cuando está a punto de producirse el impacto, se pregunta brevemente si uno de los pinchos le romperá el casco abriéndole la cabeza. ¡Chaf!. Choca contra la masa verde. Varias púas se reabsorben hacia el interior. Dentro Alan se retuerce. Owens cae al suelo, de culo, con las piernas abiertas en tijera. Está desorientado.

Poco a poco vuelve a sentir el control de las manos. Pero ve borroso. Juraría que la cosa se mueve hacia él. Al menos no tengo una de esas púas incrustada en la cabeza piensa.

Alan está perdiendo por segunda ó tercera vez, no lo sabe con exactitud, la conciencia ese día. Dentro del blandiblú hace calor, mucho calor comparado con el frío que antes tenía. Le hormiguea el cuerpo.

Las extremidades no le responden, no puede seguir golpeando. No piensa si va a morir ó no. Ya tampoco grita. Se está desvaneciendo lentamente de la realidad.

Owens también trata de moverse, pero él sí lo consigue. Vuelve a ponerse en pie y se dispone a cargar otra vez, como si el toro estuviera enfadado con la barrera tras la que se esconde el asustado torero.

Casi podría decirse que rebufa. Pero la cosa se sigue moviendo, ahora más rápido. Owens duda unos instantes. La cosa se escurre de Alan y se aparta a un lado. Se distinguen dos ojos inyectados en sangre que fisiológicamente podrían ser humanos. Owens sigue sin moverse. Cree que la cosa le mira.

Unos sonidos como de ahogamiento atraviesan el intercomunicador y llegan a su oído. Alan. Ahora se centra en él y ve cómo se desmaya. Avanza hacia el astronauta. La cosa se está escabullendo. No va a marcharse, él lo sabe. Ésa mirada era de hambre, por Dios. Y está seguro de que ellos son su comida.

//Escrito por Atlanthis// //Blog Registrado. CC. Todos los Derechos Registrados//

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Una respuesta a “El sol de diciembre – 3º parte (1/2)

  1. Bienvenida… y… ais… tendré que ponerme al día y leerte. Bueno, no “tengo” sino que quiero ;)

    Me has dejado con una sonrisa.

    Muchas gracias… :) Nos “vemos” :)

    Me gusta

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