El sol de diciembre – 1º parte

La moneda brillaba intensamente en su mano, bajo el cielo totalmente despejado de Io.

Le parecía que caminaba despacio, muy despacio. El ruido que hacían sus botas en medio de la vasta explanada desierta, le daba escalofríos. Se volvió a mirar una de sus huellas sobre la polvorienta tierra volcánica, unos segundos. Estaba formada por rayas horizontales equidistantes entre sí, con forma ovalada y absolutamente desafiante ante la racionalidad de su presencia allí.

Owens sonrió un poco al verla.

Io, satélite de Júpiter descubierto en 1610 por Galileo, nombre de una de las muchas amantes de Zeus en la mitología griega. Y ahí estaba la marca de sus pasos.

No habría sabido decir cuánto llevaban andando. Un grave fallo en los trajes de astronauta era que no llevaran relog. Bien podría haber dicho que las catástrofes habían sucedido, una detrás de otra, varias horas atrás. ¿Pero qué eran eso, varias horas? en aquel momento nada, ó quizás toda una vida. De hecho, entre los propios acontecimientos habían pasado algunas horas de diferencia, lo que sumaba otra cantidad imprecisa de tiempo a sus difusos cálculos.

– Ésto podría no tener la más mínima importancia, ó tenerla toda -pensó.

¿Pero qué podía hacer?, como mucho lo que estaba haciendo, arrastar un pie delante del otro, una y otra vez, al lado de Alan. Dejar que su vaga cuenta siguiera su curso.

Su compañero se detuvo, volviéndose hacia él.

– ¿Qué miras? -preguntó Alan, indiferente, mirando al hombre que estaba a unos metros detrás suyo.
– Nada -dijo Owens, tras meditar un instante su respuesta.

Por un largo momento ambos astronautas se miraron, en un silencio lleno de palabras y a la vez, totalmente vacío de ellas.

– Estoy cansado -volvió a decir Alan al fin, su expresión era totalmente sincera, llena de un trasfondo que le abrumaba la mirada y ensombrecía su postura perfectamente erguida, casi militar, digna en aquel confín del universo.

Owens volvió a meditar su respuesta.

– Yo también -reconoció, para añadir tras otra pausa- Quizás no tenga mucho sentido
– No, no lo tiene -dijo Alan- desde luego que no. ¿Pero qué podemos hacer si no?, si al menos…

Pero no terminó la frase. Ambos sabían lo que iba a decir. John. Si al menos John no se hubiera perdido. Si no le hubiera explotado encima el virus.

Alan desvió la mirada al suelo, y sin volver a mirarle giró sobre sí mismo y comenzó a andar de nuevo.

Un pie delante del otro, una y otra vez. Despacio.
Y Owens le siguió. Dándole vueltas a la moneda con los dedos de la mano enguantada.

—————

El oxígeno aún no representaba un problema. Y las bajas temperaturas tampoco. En el exterior del casco -143º C, dentro la sensación térmica sería de unos -1º ó -2º grados. Estaban en la estación invernal de Io, en el mes de diciembre, el sol lucía en todo su esplendor, allá a lo lejos, radiante y deslumbrante como si fuera pleno julio en la tierra, pero sin dar un ápice de calor sobre sus espaldas.

Nadie les había preparado para aquello.

“La nave va a la perfección, ligera por el espacio como una tabla de snowboard por un enorme y mullido manto de nieve, fluida por el cosmos como la leche que se derrama de una botella de cristal dentro de la taza del desayuno. La tripulación, tres hombres, Owens, John y Alan, siguen escrupulosamente las instrucciones que han recibido antes de partir, están llegando al satélite Júpiter I, también conocido como Io, y en Houston los ánimos son optimistas.

Allá a lo lejos, en la Tierra, les respetan. Son hombres entrenados día tras día para realizar esta misión. Dos tienen además una orgullosa familia, uno no. El alto secreto del objetivo que han de cumplir no les quita el sueño, no experimentan nervios antes del alunizaje, la curiosidad y la expectación son todo lo que sienten.

Es simple. Aterrizar, subir al armadillo, recorrer el terreno marcado en el mapa, fotografiar, esparcir el virus, y regresar, a la nave y a su planeta.

Pero no aterrizan bien.  El intenso cinturón de radiación formado por los electrones e iones atrapados en el campo magnético de Júpiter, hace que la magnetosfera de Io arrastre casi consigo casi 100 kilogramos de material por segundo, lo que descontrola el rumbo de la nave. El material junto con la nave forma un toro, una nube en forma de rosquilla que brilla con luz ultravioleta, y los tres hombres observan con la boca abierta y totalmente mudos, como el destino de sus vidas cambia en un segundo.

John, que en realidad se llama Juan y es cubano pero sus compañeros le llaman así con cariño, está en el compartimento instrumental, con el vehículo, los dispositivos X-300Y del virus Zlonk, y demás trastos, porque es lo de repente le parecen ahora, trastos. Trastos que en un momento se proyectarán en todos lados e impactaran entre sí y él no podrá hacer nada para evitarlo, porque se ha quedado paralizado mientras la nave gira sobre sí misma y el suelo de Io está cada vez más cerca.

Owens, con la boca abierta, consigue mover las manos y algunos dedos para pulsar algunos controladores mientras piensa, que ésto no le puede estar pasando a él, que no consigue controlar la dirección, ni la visualización de donde están ó van a caer ni nada, y abre mucho los ojos, rígido como los átomos de una estatua a punto de explotar en pedazos.

A Alan la cabeza, sencillamente, le da vueltas y más vueltas. Las manos le cuelgan inertes de ambos respaldos de la silla en la cabina de mando. Alcanza a ver a Owens, como si estuviera borracho. Mierda, piensa. Este puto planeta nos va a tragar. Eso de allá creo que es el suelo.

La nave aparece en el cielo azul del satélite rodeada del eco visual de la aurora que ha quedado tras su paso por la ionosfera, estrellándose contra las rocas.

Owens sale despedido contra las paredes de la nave aún sujeto a su asiento, Alan sufre un desmayo sentado frente a los controles y John, situado en el compartimento de carga, se queda encerrado dentro, golpeándose contra el equipo.

El cielo ya no es completamente azul. Una inmensa columna de humo gris invade el horizonte.

Pero ellos no lo ven. Owens se desabrocha el cinturón como puede, se desencaja de la silla, rápido, lo más rápido que puede reaccionar. Está tirado en el suelo, tiene un dolor de mil demonios en la pierna izquierda. Un hueso roto, no lo duda. Pero tiene que intentar ver algo. Los ojos se le nublan, la nave está llena de gases, trata de arrastrarse, el suelo de metal está helado en las palmas de las manos. Está entrando el aire exterior. Necesita algo. Necesita ver a alguien.

Le llega una luz. Se mueve, tiene un resplandor eléctrico. Se están incendiando. Entre la bruma consigue ver a Alan, está despatarrado sobre su silla, que continúa en su sitio. Llega hasta él pero él no puede cogerle. No alcanza a levantarse del suelo, tiene naúseas y le cuesta respirar. La adrenalida le palpita en las sienes. ¿Qué hago? grita. Nadie le va a responder, Juan está en la bodega de carga, recuerda al punto. Bien. Algo drástico. Tantos años en la NASA y al final recurre uno a las soluciones de toda la vida. Agarra un pedazo del módulo tirado al lado suyo. Aleación afilada de aluminio y litio. Crash!, el ruido que hace al penetrar en el pie de Alan y reventar una parte de la bota.

Alan chilla. Por un momento no sabe que ocurre. A su alrededor todo es humo y fuego y ruido. Al instante siente el frío. Dá un respingo en el asiento y ve a Owens semi tumbado en el suelo. La cabeza le hace clic. Se desabrocha y se agacha inmediatamente. No siente dolor, al menos no a un nivel plenamente consciente. Aupa a Owens y hace que éste le pase un brazo por encima de sus hombros. Agarrado a su cintura siente una presión en la graganta y vomita. No hay tiempo.

Caminan todo lo deprisa que pueden hasta el compartimento de servicio, aún entero. La cabina de mando empieza a desquebrajarse y quemarse de verdad. Necesitan ponerse los trajes para salir al exterior. A la vez, miran el traje inerte y vacío de Juan. Juan. Una repentina urgencia -una más- aparece en sus ojos, como el reflejo de las llamas eléctricas que crepitan al otro lado. Lo toman como pueden y se disponen a salir, a pasar hacia el compartimento instrumental. Una metafórica mano fría les eriza el pelo del cuello, dentro del casco espacial. Caen en la cuenta. El virus.

John, en ese momento no está seguro de si es Juan, John ó Wblokght Hx-5. No está seguro de nada, porque todo a su alrededor yace desparramado y roto, y contra él se ha precipitado la mitad de lo que hay en la cabina. Le duele la cabeza, y ve muchos colores. A sus pies pezados de cristal, metal y fluidos que ahora mismo no sabe explicar. Su ropa está pringosa, tiene como algo verde adherido, algún tipo de líquido pegajoso. Una vez de adolescente se fumó cuatro ó cinco porros unos detrás de otro, y esa imagen le viene a la cabeza, aquella sensación de estar ido, afuera, en otra dimensión donde uno flota y todo va más lento y no puede pensar.

El cuerpo le empieza a picar. Primero sólo de forma molesta, luego de manera insoportable. Entonces experimenta el único momento de lucidez que experimentará a partir de ese instante -y para el resto de su vida-. Ve los añicos de las cápsulas donde estaba el virus, líquido, que debía verterse en el condensador XDS-75 roto al fondo en una esquina, y explosionar dentro de unos de los volcanes de Io. Y entonces lo comprende.

Él tiene el virus encima. Repartido por todo su cuerpo.

Dentro de él.

Alan y Owens abren la puerta del compartimento de carga a duras penas. A Alan le corren lágrimas por las sucias mejillas pero no se dá cuenta. Owens ve frontalmente a John. Y grita, otra vez.

Entonces Alan mueve su mirada hasta dar con su compañero -amigo- y se queda más pálido aún de lo que ya está. La única palabra que le viene a la cabeza al verlo es deshecho. John se está deshaciendo en sí mismo, está volviéndose como gelatinoso. Tiene unas manchas de algo que parecen púas a lo largo de varios trozos de sí mismo, y su ropa casi completamente deshilachada y rota. Respira con normalidad, sin casco.

Ambos astronautas, Owens y Alan se fijan en los ojos de John. Inyectados en sangre.

Por unos segundos no saben, no tienen ni puta idea de qué hacer. La nave explotará en breves instantes, de eso no tienen ninguna duda. Hay que salir pitando de allí.

En seguida la respuesta a sus calladas y apremiantes preguntas se revela por sí sóla. No puede coger a John, no pueden llevarlo consigo. La misión está perdida pero éso aún no son capaces de pensarlo. Sólo se dan cuenta de que en ese instante tienen que abandonar a su amigo a su suerte. Porque es lo único que pueden hacer. Ése virus es un animal que ha convertido a John en una bestia, que en pocas horas será una bestia que buscará comida. Si sobrevive a la deflagración. No hay tiempo para idear cómo sacarle de allí antes de salir corriendo.

Y se dan media vuelta y corren. Sin mirar atrás.

Con una vacuna en el kit adherido al traje espacial, cortesía de la NASA. Por si acaso.”

Owens miró hacia el cielo, sin dejar de caminar, directamente hacia el sol que les contemplaba desde lo alto, el sol de diciembre, ese astro que ahora se le antojaba tan frío e indiferente, tan poco útil e irreal.

Su idea era andar hasta donde pudieran, llegar si era posible al lugar marcado en el mapa como el gran  lago de lava y dejar allí clavada la bandera de los Estados Unidos. Y tal vez contactar por radio con la nave gemela, Alfa, destinada en otra luna de Júpiter. Tenían que agarrarse a algo.

Era lo mínimo que podían hacer. Era lo propio ya que estaban en aquel satélite remoto. Uno no se hacía astronauta si no tuviera alma de alpinista -alpinista galáctico como le decía a su padre de pequeño-.

Cada vez le costaba más mover la pierna, un pie delante del otro, una y otra vez. Y Alan empezaba a renquear de un pie.

Ya no pensaba en la Orión -su nave-. Había quedado anclada en un punto remoto de su memoria. Tenía otras cosas en mente. Miles. De hecho, toda su vida.

/ Continuará. Y prometo más acción en la segunda parte… /

//Escrito por Atlanthis// //Blog Registrado. CC. Todos los Derechos Registrados//

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7 Respuestas a “El sol de diciembre – 1º parte

  1. me gusta este blog
    me deleita como escribis
    me simpatiza el “Atlanthis” ;)
    me envicia la astrofisica …de este relato.

    buen año!
    saludos cordiales
    Georgina.

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  2. ¡Dick nos invade, Blade Runner nos persigue! Un relato de ciencia ficción entretenido y tétrico. Me gusta. Sobre la longitud tampoco te preocupes mucho (mientras no escribas la primera parte del Quijote en un solo post, claro está).

    Un gran saludo de este compañero de armas irreales.

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  3. A carla y eigual, gracias por todo lo que me decís.
    He de reconocer que ésta historia iba a ser un relato corto, más corto de la primera parte dejada aquí. Pero es lo que tiene escribir…que a veces llega un punto en el que te das cuenta de que la historia se está escribiendo sóla, en el sentido de que es ella la que se escribe y no tú la que la estás escribiendo (no sé si vosotros habeis tenido alguna vez ésa sensación)…y de golpe ves que tú publicas en un blog, efectivamente, y tienes que dividirla en dos partes (una aún en tu cabeza).

    Pero intentaré seguir vuestro consejo. Besos a las dos

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  4. Me ha gustado. Y he de decirte que en este relato he encontrado a otra escritora diferente, otra Atlanthis. Y eso, me gusta, la verdad.
    He de decirte que estoy de acuerdo con lo que dice Carla, que los capítulos sean más cortos ¿por qué?:

    Porque las personas que leemos blogs, leemos muchos blogs. Porque los soleemos leer en el trabajo, mientras comemos, o cuando llegamos a casa, cansados de un día duro de trabajo, y de 8 horas frente al ordenador. Mi opinión es esa, que si posteas esta historia un poco más corta se hace más fácil de leer, y más rápido, y aumenta la intriga y engancha aún más.
    Aún así te diré que a mi particularmente no me importa que sean largos, pues busco tiempo de donde sea para leerte, pues llevo esperándote mucho tiempo, mucho.
    Acéptalo como un consejo, más bien.

    Luego, sobre lo de escribir relog con G de gato, ja ja ja.. pues no sé, llevo diciéndote desde que te leía en los foros de chueca.com, que era con J, es más, mucha gente te lo dijo, pero tu siempre empeñada… así que nada… tú sigue así, pero por favor, aunque sea un sello personal, cuando publiques tu libro, corrige esa falta , vale?

    Besitos!!

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  5. Me gusta mucho como escribes, pero tienes que plantearte subir los capitulos más cortos, para dar más intriga!!!! :D

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  6. Corregidos ciertos fallos ortográficos/semánticos; ayer colgé la historia muy rápido y ahora, al leerla por primera vez (escribo de un tirón, con sus pros y sus contras, qué le vamos a hacer) me he dado cuenta de algunos de ésos fallos ;)

    Gracias por leerme y respecto a lo de relog… creo que ya alguna vez te lo he dicho, es una manía, me gusta así, una especie de firma de la casa.
    Besos, chico observador. A ver si nos tomamos un café aquí, ó allí.

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  7. Espero que continue pronto, yo de momento voy subrayando cosillas :P

    Me tienes que explicar esa mania de ponerle una G a reloj.

    Saludis!

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Comentarios

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