La historia de Willy

Sus orejas le llegaban al suelo, lleno de charcos, y se le mojaban. Willy pensaba que iba a constiparse por eso, odiaba olvidarse las cosas que eran importantes, y aquella mañana había olvidado sus orejeras de lana de colores, que le había tejido su mamá.

Antes de salir a la calle, ella le había dicho: Willy, abrígate bien, coge tu bufanda y las orejeras, y vuelve pronto. Entonces le había dado un beso y había seguido metiendo verduras y legumbres en la olla, para hacer un puchero. La bufanda también la había hecho ella, pero esta vez con lana morada, su color preferido. La bufanda le mantenía calentito el cuello, pero sin nada sus pobres orejas le arrastraban por el suelo, mojándose y ensuciándose, incluso le entraba de vez en cuando un poquito de agua dentro del oído, cuando el charco junto al que pasaba era muy grande.

El paragüas sólo evitaba que se mojara el pelo, moreno y encrespado, como lo tenían todos los enanos a ese lado del mundo. Y todo el mundo sabía que un constipado para un enano era casi lo peor que podía pasarle, después de lo que pisotera un troll ó se encontrara con un orco hambriento.

Así que nuestro amigo iba cabizbajo, triste, porque su mamá le regañaría, y no estaba disfrutando nada el paseo, y era un día feo y gris, no como los días de verano que tanto le gustaban, cuando hacía calor y podía ir a la colina, y no importaba si sus orejas tocaban el suelo, sólo tenía que acordarse de llevar siempre un trapito para limpiarles el polvo de tanto en tanto.

Odio olvidarme las cosas, iba diciéndose, bajito.

Pero lo que realmente odiaba Willy, eran sus orejotas.

Podéis pensar que todos lo enanos de este lado del mundo tienen las orejas grandes y largas como un elefante diminuto. Pero si pensais éso no estáis en lo cierto. Willy era el único enano que él conocía con esas orejotas, y que sus padres y hermanos conocían, y que su abuela, viejísima, y que sus amigos y vecinos conocían, y que conocían los viajeros y forasteros que de vez en cuando llegaban a su comarca.

Él nunca había sabido porqué era así, nadie nunca se lo había dicho y dudaba que alguién pudiera decírselo. Una vez, hace dos años, cuando sólo tenía cinco, se lo había preguntado a su abuela, que era la persona más sabía y encantadora que él conocía, y en quien más confiaba. Ella lo había sentado en sus rodillas, le había acariciado la orejas y después, le había dado un beso.

– Nadie sabe porqué tus orejas han crecido tanto, Willy. Pero no es éso lo que tiene que importante. Lo más grande que tienes no son tus orejas, sino tu corazón -le dijo.

Desde entonces Willy no se lo había vuelto a preguntar a nadie más. Si su abuela no tenía una respuesta para aquello, nadie la tendría.

Por eso Willy no solía andar demasiado con los otros niños, muchos solían meterse con él, alguno le había tirado alguna vez de las orejas hasta hacerle daño, y la mayoría simplemente se reía y después seguía a sus cosas, cómo si él no existiera ó fuera el personaje de algún tebeo.

Le gustaba mucho pasear, aunque no lo hacía a menudo. Él tenía más posibilidades de resfriarse que los otros niños, y no le gustaba que algunos enanos mayores se le quedaran mirando, pasmados, sin saber qué hacer ni qué decir. Éso a veces era peor que cuando los niños se metían con él. A él le gustaba empujar con los dedos a los escarabajos, porque eran feos y raros, pero nunca los había mirado como si hubiera visto un fantasma.

Pero volvamos a nuestra historia.

Willy estaba tan triste aquel día que ni siquiera se dió cuenta de que Amy, la niña que tenía los ojos azules más bonitos de toda su escuela, pasaba por su lado.

Ella por supuesto, había hablado muy pocas veces con él, claro. Jugaba con las otras niñas a juegos que él no entendía muy bien, quizás porque nunca había participado, y él le sonreía, pero parecía que nunca lo hacía a tiempo de que ella le mirara, ó bien estaba demasiado entretenida. Suponía que sus orejas la asustaban, y por eso no quería mirarle.
Aún así, el día que la veía, era uno de los mejores, estaba feliz sin saber muy bien porqué, y parecía que todo le salía mejor.

Aquel día Amy llevaba dos trenzas, una a cada lado de la cabeza, atadas con dos preciosos lazos azules que su papá le había regalado. Y un vestido también azul, de tela gruesa para que no pasara frío. Iba jugando con su paragüas, que no era azul sino naranja, ahora girándolo para éste lado, ahora llevándolo para áquel. Le encantaba darle vueltas y más vueltas, y apartarlo un poquito, para que alguna gota de lluvia le rozara la nariz. Entonces se reía maravillada y volvía a empezar el juego.

A muchos les sorprenderá que niños tan pequeños (pues Amy tenía la misma edad de Willy) fueran sólos paseando y haciendo recados. Pero en la comarca no era para nada algo raro ó fuera de costumbre; era todo lo normal. Las ciudades eran como pueblecitos, y todo el mundo conocía a todo el mundo, y siempre había alguien a quién saludar, el panadero, el lechero, el cartero. Todos cuidaban que a los pequeños no les sucediera nada, puesto que sabían que otros estarían haciendo lo mismo con sus hijos.

Sin embargo, a veces puede suceder que seas un niño, ó una niña, y te encuentres con un bruto, y no haya ningún adulto alrededor para vigilar ó esté demasiado concentrado ocupado en sus tareas. Y lo que es más peliagudo aún, que te topes con un bruto más grande y fuerte que tú, acompañado de otro bruto amigo suyo.
Entonces, lo mejor que puedes hacer es echar a correr, lo más rápido que puedas, porque todo el mundo sabe que ésa clase de enanos, no son muy listos, y la emprenden con cualquiera, y da igual si les has molestado con ó sin razón, si el juguete es tuyo ó si simplemente estabas ahí antes de que llegaran. No te harán caso.

Algo así podemos decir que le pasó a Amy. Aunque no podemos decir que ella estuviera muy pendiente de estas cuestiones. Jugando como estaba, no sé dió cuenta de que pasaba por al lado de Héctor, el mayor bruto que había en su clase, acompañado como siempre, de su amigo Trasca.

La pobre Amy no reparó en ellos y siguió dándole vueltas a su paragüas, torciéndolo hacia la izquierda y luego hacia la derecha, alegre como un rayo de sol en primavera.

– Auch! -se quejó Héctor.

Amy dió un respingo al oír la voz de Héctor. Al principio no sabía bien lo que pasaba, llevaba caminando un buen rato y no recordaba haber visto a nadie salvo a ese chico, Willy, que parecía simpático pero tenía unas orejas enormes que la asustaban. Pero él iba en la dirección contraria, luego no podía ser él.
Entonces bajó despacito el paragüas, y vió cómo Héctor se rascaba la cabeza con cara de haberse lastimado, mirándola muy serio.

– Oh, Héctor, eres tú. Lo siento. No te había visto, perdóname -le dijo.

Otra característica de los brutos, es que suelen hablar poco. Normalmente sus manos van más rápido que sus ideas, y por éso suelen ser impulsivos y pegones. No les gustan los juegos que les hacen pensar mucho, y prefieren el balón, las canicas, los policias y ladrones, etc.
En este caso, Héctor habló un poquito, aunque le picaba mucho el arañazo que le había hecho el paragüas en la coronilla, y además había perdido a lo que estaba jugando con Trasca.

– Eres tonta. Y me has hecho daño
– No te había visto, estaba dándole vueltas a mi paragüas y… -repitió Amy, apenada.
– Mira, Héctor, lleva trenzas. Vamos a tirarle y a quitarle los lazos -Trasca era algo más pequeño que Héctor, por lo que no solía pegarse demasiado con otros niños, lo que se le daba bien era darle ideas a su amigo.

Amy parpadeó dos veces, y antes de que la mano de Héctor tocara tan siquiera un pedacito de la suave tela azul, empezó a llorar, parada en su sitio, sin moverse de miedo.

¿Y nuestro Willy? pues bien, seguía triste y deprimido, andando con sus grandes orejotas manchadas de barro. Pero al menos había dejado de llover, y tenía la esperanza, pequeñita, de que después de todo, quizás, al final no se constipase mucho.

Desde que tenía memoria y podía recordar cosas, lo que fuera, que él supiera siempre había tenido esas orejas. Eran molestas a la hora de dormir, porque tenía que tener mucho cuidado de no dormirse encima de una de ellas, ya que a la mañana siquiente le dolía y amanecía chafada y fea. También eran molestas cuando se duchaba, porque tardaba mucho en enjabonarlas y enjuagarlas debidamente. Cuando corría con los otros niños en clase, casi siempre llegaba el último porque las orejas paraban el viento que hacía al correr y le frenaba.
Lo único que le gustaba más de ellas, era cuando su madre las acariciaba, distraída, con la ternura con la que sólo una madre sabe acariciar, y entonces a él le parecían un poco menos feas y molestas.

Aquel día Willy descubrió que también tenían otra ventaja, algo en lo que nunca se había fijado hasta ese preciso momento. Le permitían oír más y más lejos que los demás enanos, incluso que los adultos. Casi había llegado a la panadería, donde iba a comprar un tierna y calentita barra de pan, cuando oyó llorar a una niña.
Willy miró en seguida a ambos lados de la calle, pero allí no se veía ninguna niña, y además todos los demás enanos estaban haciendo sus cosas, despreocupados, nada que ver con la actitud que habrían tenido si se hubieran dado cuenta de que una niña estaba llorando. Éso era algo obvio hasta para un niño de siete años como él.

Pero había algo más. Si bien no acababa de estar sorprendido por el descubrimiento que acababa de hacer, hizo otro. La niña que oía llorar era Amy.

¡Tenía que hacer algo!, no podía quedarse parado. Así que dió media vuelta y echó a correr en la dirección por la que la escuchaba llorar.
Era lento corriendo, por la razón que ya conoceis, pero aún así poco a poco, la voz de Amy cada vez estaba más cerca.

Cuando llegó donde estaba Amy, la escena que vió ante sus ojos era la siguiente: Amy estaba parada, de pie, llorando con grandes lagrimones que le caían por las mejillas, gritando porque Héctor, el bruto de su clase, y su amigo Trasca, le estaban tirando y deshaciendo las trenzas. En el suelo, sucios de barro, había lo que parecían dos lazos azules.

Siguió corriendo hacia ellos, y cuando llegó a su altura, le dió un empujón a Héctor ante la sorprendida cara de la niña. Pero Willy no era tan fuerte ni tan grande como Héctor, y éste apenas se movió. Sin embargo sí que giró la cabeza hacia él, le miró también sorprendido un momento y después le dijo:

– Apártate orejotas

Willy no se apartó, trató de seguir empujándole para que se apartara, pero Héctor seguía sin moverse, entretenido en destrozar aquellas bonitas trenzas, Amy seguía sin parar de llorar, y Trasca miraba a los tres con risa divertida.

Después de unos minutos, Héctor empujó a Willy, para que dejara de molestarle. Willy cayó al suelo, y se manchó los pantalones de barro. Pero entonces, desde ahí, se le ocurrió una idea.

Se levantó decidido, y en vez de volver a empujar al bruto grandullón, se puso detrás de Amy y la cubrió completamente con sus grandes orejas. Entonces Amy dejó de llorar. De repente estaba rodeada por las orejas de Willy, y no veía nada. Héctor se quedó perplejo, y Trasca dejó de reír. Willy estaba inquieto, de momento su idea había dado resultado, pero no sabía que pasaría a continuación, y no se le ocurría nada más que pudiera hacer.

Héctor se acercó un poco más a Willy y Amy, y como su fuerte como ya hemos dicho, no era pensar sino la fuerza bruta, no se le ocurrió otra cosa que emprenderla a golpes con las pobres orejotas de Willy. Otro niño seguramente habría liberado a Amy y hubiera echado a correr, pero Willy no era de ésa clase de niños, y se mantuvo firme, aguantando los golpetazos de Héctor, protegiendo a la niña de los ojos que tanto le gustaban, y a la que sólo él había oído llorar.

Pero la mayoría de los brutos también son unos vagos, y al poco rato Héctor se había cansado de propinar golpes sin conseguir nada a cambio. Así que se fue, y Trasca con él.
Willy y Amy tardaron un poco en darse cuenta, a Willy le dolían la orejas y tardó en discernir entre el dolor que sentía y el hecho de que ya no era producido por nuevos golpes. Sólo cuando estuvo muy seguro de que ya nadie le pegaba, abrió un huequecito entre las dos orejas y miró con un ojo. Nada. Ni rastro de aquellos dos niños.

Así que dejó salir a Amy, y se quedó mirándola, cabizbajo, porque de pronto recordó que ella nunca le hablaba, porque le daban miedo sus grandes orejas, y él acaba de encerrarla dentro de ellas.
Pero Amy le miraba cómo nunca le había mirado, ya no le daban miedo sus orejas, le habían salvado de los brutos que la atosigaban. Willy había sido muy valiente.

Entonces se acercó a él, y empezó a acariciale una de aquellas orejotas con su diminuta mano, y Willy levantó la vista, primero confunso y luego sonriente, y ella le sonrió a su vez, y de pronto, sin venir a cuento y cómo si nada de lo anterior hubiera pasado, se echaron a reír.

Willy se sentía más feliz que nunca en su vida, las caricias de Amy le aliviaban el dolor y eran muy agradables, tanto como las de su madre, y además se había enfrentado a Héctor a pesar de sus orejas. Más que eso, le habían sido útiles por primera vez. No eran una carga, habían servido para proteger a Amy.

Y desde entonces Willy y Amy fueron buenos amigos, y Amy siempre iba a jugar con Willy, y Willy jugaba con ella y los demás niños, contando orgulloso de vez en cuando la historia de como salvó a su amiga. Ya no se enfadaba tanto con sus orejas, y su abuela lo miraba con cariño hacer todas las cosas que los niños de su edad suelen hacer. Y la madre de Amy le tejió unas orejeras nuevas para el invierno, de un color verde muy bonito, y a su hija un gorro de la misma tela y color.
Y muchos días, cuando hace frío, los dos salen a pasear, él con sus orejeras nuevas y ella con su gorro, jugando y hablando, riendo y pasándoselo muy bien juntos.

/Creo que es la primera vez que escribo un cuento para niños, espero las críticas encantada ;) / /Dedicado a tí, A., porque no siempre voy a escribir sobre asesinos y guerras, ni poemas que te den miedo, algún día tendremos unos seres diminutos a los que habrá, digo yo, que contarles algún cuento bonito…y diferente. Te quiero/

/Pensado para niños alrededor de 5-8 años/

//Escrito por Atlanthis// //Blog Registrado. CC. Todos los Derechos Registrados//

Anuncios

4 Respuestas a “La historia de Willy

  1. Q cuento taaaaan bonito, la verdad es q no pensaba q me fuera a gustar tanto, yo ya soy una niña mayor y hace mucho tiempo q no los leo, creo q debería volver a hacerlo, jejeje.

    Escribe más.
    Un beso.

    Me gusta

  2. ME ENCANTO ESTE BLOG

    muy prolijo original y buenos escritos
    saludos cordiales

    Georgina

    Me gusta

  3. Pues escribe más cuentos y salva a los niños de la dictadura de las videoconsolas. ¿Habrá algo más penoso que regalarle la Wii o la PSP a un niño de 5 años? Yo cada vez entiendo menos a esta sociedad.

    Un saludo y todos mis apoyos al blog.

    Me gusta

  4. Creo que tus hijos dormirán muy bien por las noches, con cuentos de este tipo…. Un abrazo, guapa.

    Me gusta

Comentarios

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s