La chica de la ventana

Las casas caían en cascada desde mis cristales por la colina, los tejados semejaban una escalera descendente que no acababa de terminar donde el crepúsculo claro unía todo lo que yo podía ver, en un punto de fuga inmenso. La oscuridad parcialmente iluminada al fondo por el cielo, quedaba recortada por las nubes altas y espesas, las ventanas llenas de sombras (incluída la mía, puesto que no había ninguna luz encendida en la habitación), los pájaros que a ratos rasgaban el horizonte en vuelos ágiles, y fugaces.

¿He dicho todas? todas no…tras unos cristales prendió una luz, como un farol en mitad de la más negra de las noches. Quedaba justo bajo el tercer escalón de tejas que yo divisaba, a mi derecha, exáctamente la sexta ventana ya que cada casa tenía sólo dos en ese lado de la fachada. Algo impulsó a mis ojos a fijarse en ella, abandonando su anterior ocupación. Los cristales refulgían en la penumbra como dos llamas, dos luciérnagas que se hubieran perdido y hubieran aparecido de súbito en aquel lugar tan extraño para ellas, otorgándole un haz de frágil belleza y misterio.
Como un caminante perdido, me sentí de inmediato atraída por aquello que competía con el último juego de luces de colores de aquel día, en que la senda de las sombras de las casas parecían un camino difuso y mi mente simplemente vagaba, tal vez con otros mundos, mundos mejores, mundos de viajes y atardeceres infinitos.

No había cortinas en la habitación, lo ví claramente. El ángulo de la distancia no me dejaba ver mucho más. Deduje que sería un pequeña lámpara, una lamparilla de mesa la fuente de aquello. Esperé, no sé bien a qué, no esperaba nada, pero me quedé quieta, como hechizada por algún encanto en el que no pensaba. Sin embargo mi curiosidad tuvo premio, a un instante no había nada, al siguiente una chica de ojos perdidos hacia el firmamento, apoyaba una mano en el vidrio, ausente.

Mi corazón dió un vuelco. Me preguntaba qué ser habría obrado esa magia de entretenerme, y allí estaba, un alma como yo, tal vez de mi misma edad, morena y con una mano de dedos largos y delgados, tez blanca y ojos mirando a algún lugar el cual yo no adivinaba. No sabría decir si era guapa o no, no estaba lo suficientemente cerca y en cualquier caso, no creí que fuera una chica normal para esas etiquetas. Su indefinible encanto estaba justamente en que no se podía definir, ni siquiera parecía que estuviera allí, apenas a unos metros que eran como kilómetros de hielo.
Sencillamente no encajaba con el paisaje, la chica de la ventana estaba fuera de todo aquello en lo que yo y el mundo estábamos dentro, lo supe al percibir el conjunto de la imagen con la noche ya presente, en mis retinas, al no respirar apenas observándola, la curva de su barbilla, la postura de su mano, los mechones de su pelo, al notar su expresión, fría, distante, y a la vez como la de una niña abandonada en un lugar que no entiende.

Nunca la había visto antes. Mi casa sólo la habitaba yo y aquellos a los que alguna vez invitaba (amigos, familiares) o deshacían sin pudor mi cama y mi cuerpo. Ésto era nuevo para mí, sentirme atrapada por alguién que no conocía, ser incapaz de apartar mis pupilas de ella, desear únicamente saber su nombre, su vida, su alma, tocar aquella mano y entrelazar sus dedos con los míos…Sin darme cuenta estaba imaginando un sin fin de sueños al par que mi pulso se aceleraba. Era imposible que no la hubiera visto jamás, era inaceptable haber vivido tanto tiempo sin conocer su existencia. Mi pupilas la recorrían inquisitivas, tratando de averiguar en un intento absorto e inútil qué pensaba alguien que prefería quedarse en casa divagando, mirando el crepúsculo y después las estrellas en vez de salir, correr por las aceras, reír con los amigos, conquistar y mentir como hacen todos.

Entonces, de repente, desapareció. Igual que había llegado se fue, y mi respiración paró en seco. No, me dije, tengo que saber algo de ella, no puede irse todavía. Lo normal habría sido que hubiera seguido con mis asuntos, con mi vida, que hubiera esperado a verla otro día o como una persona común hubiera tocado a su puerta con cualquier excusa. Pero si no hice nada de eso fue porque la luz de su ventana seguía encendida.

Algo muy fuerte me impulsó a abrir la mía de un golpe y a pesar de sentir de lleno el frío en la cara, sacar fuera medio cuerpo con las manos apoyadas en el quicio y gritar.
– Ehhh! eeehhhhh!!…no puedes irte! no puedes irte aún!…eeehhhhh!!!!..sal otra vez por favor!!!…sal otra vez…eeehhh! la chica que estaba hace un segundo en la ventana! sal por favor!!…
Me quedé sin aliento y un tanto afónica. Una parte de mí no sabía por qué demonios estaba haciendo aquello, mientras el vaho se elevaba de mi boca al viento, y la ventana continuaba vacía. No, pensé, irracional.
– La chica de la ventana!!…la chica de la ventana!!…eeeehh…vuelve a salir por favor!…
Nunca pensé que fuera a salir. Cuando ya no podía más, y miraba la luz muerta de su ventana sin fuerzas, sin razón, como una muñeca desmadejada, volví a verla. Apoyó esta vez la otra mano en el cristal contrario y alzó curiosa la mirada hacía mí, la chica de tres casas arriba que se desgañitaba como una loca. Recuperando la respiración noté que sus mejillas tenían surcos como de haber llorado, y sus ojos tenían un brillo extraño; si hubiera podido clasificarla de alguna manera existente, habría dicho que era la chica más guapa que recordaba haber visto. De pronto sonrió, y yo sin saber porqué sonreí a mi vez. Fue un momento íncreible.
Me hizo una seña con el dedo, como si me invitara a seguirla al interior de la habitación donde volvió a desaparecer.

Podría ignorar todo esto, pensé. No tengo porqué ir. Pero cerré los cristales, bajé de un salto las escaleras y salí a la calle después de meterme las llaves en el bolsillo de atrás de los vaqueros.
En un par de zancadas en la acera estaba frente a su puerta. Respiré hondo y toqué al timbre. Los segundos fueron eternos. Por un tiempo no recordaba nada, nada tenía importancia. Abrió la puerta. Entré.
La casa era cálida, y de inmediato supe que se encontraba vacía salvo por nosotras dos. Nos miramos, sin decir nada, sin saber qué decir.
Fue ella quien rompió el silencio.
– Sube -me dijo.

Detrás de ella subí lentamente los escalones, fijándome en cada detalle en que podía, las lámparas de cristales de colores, los tapices de indios y amaneceres colgados de las paredes, los libros por todos lados, y sobre todo ella, su ropa, su estatura similar a la mía, las sensaciones que me inspiraba; era como si ya hubiera estado allí antes, como si ya la conociera, como si hasta ese momento no hubiera sabido que existía alguien que me hacía sentir todo aquello, sin saber absolutamente nada de ella.
Penetramos en su cuarto, de ambiente igual al resto de las habitaciones por las que había pasado, con cosas africanas, colores hippis e indígenas, cientos de cd’s de música. Allí se detuvo de frente a mí. Yo no sabía cómo actuar.
– ¿La has decorado tú? -le pregunté.
– Sí, vivo sola
– Me encanta…es…
Se rió.
– ¿Qué? jejjeje…-volví a preguntar.
– Tendrías que verte la cara que tienes
Me sonrojé, y me reí yo también para liberar la tensión.
– Siento haberte llamado así, es que…bueno, te había estado observando ahí en la ventana y te fuiste, y no sé qué me pasó…lo siento, no sabía que fuéramos vecinas
Hizo caso omiso de mis disculpas, por el contrario empezó a hablar y mi asombro creció veloz.
– Hace tiempo que sé que vives ahí. Te he visto muchas tardes mirar el atardecer, con mi luz apagada. Me preguntaba quién serías, qué harías…qué pensarías ¿es curioso, no?, y hoy tú me has visto a mí por primera vez, sin saber que yo ya te conocía, y te has puesto a pegar gritos para saber quién era yo. Gracias
– Yo…no sé que decir
– Lo imagino, a mí tampoco me había pasado nunca algo así
De repente recordé algo.
– Estabas llorando ¿verdad? cuando te fuiste de la ventana
– Sí
– ¿Porqué llorabas?
Sin darnos cuenta, o al menos yo no me daba, nos habíamos ido acercando más, hasta casi poder rozar mis manos con las suyas.
– Iba a matarme, era el último anochecer que veía
Entonces reparé en las cosas que había encima de la cama, un bote cerrado de pastillas y unos pañuelos.
– Cuando te pusiste a gritar llamándome iba a abrirlo -dijo siguiendo la línea de mi mirada y centrándose nuevamente en mis ojos-, al principio no iba a hacerte caso, no me conocías, no sabías nada de mi vida ni del dolor que siento por que no es la vida que hubiera querido vivir, sólo eras la chica de la ventana…que acompañaba cada tarde de vez en cuando mi soledad desde aquí, pero…-insconcientemente tomé una de sus manos entre las mías- seguiste, seguiste a pesar de que yo no salía, de que hacía frío y no me conocías. Eso me hizo pensar que tal vez aún había cosas -entonces apretó mis manos con la suya y esbozó una sonrisa directamente a mi corazón- que merecía la pena conocer, y vivir para ello.
Le acaricié la cara con la otra mano, suavemente. Realmente era preciosa.
No sé cuánto tiempo pasó mientras estuvimos así, con las manos cogidas, mirándonos, recorriéndonos con las mirada.
En algún momento le dije:
– Vamos, enséñame tu casa, enséñame tus cosas, háblame de tí, cuéntamelo todo.
Y ella me dijo:
– Ven

La chica de la ventana

/Estaba recordando historias escritas hace tiempo, ésta es una de ellas…/

//Escrito por Atlanthis// //Blog Registrado. CC. Todos los Derechos Registrados//

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3 Respuestas a “La chica de la ventana

  1. Gracias, muchas gracias ;)

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  2. Me encanta… me he quedado muda, escribes genial.
    Espero que tus historias salgan publicadas, realmente tienes tanto como imaginacion como ganas de escribir, y por supuesto, desde mi punto de vista talento. :)
    Suerte!

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  3. Es preciosa. Me encanta de verdad. Me gusta como escribes i tus ideas. Aver si pones más historias así, verdaderaente son preciosas.
    Gracias por llenar los vacios que llevo dentro co estos textos tan bonitos.

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Comentarios

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