Las 7 en punto (extracto)

– 1 –
El despertador había sonado a la hora habitual, los sueños de arena y niebla ya casi se habían borrado de la expresión de su rostro frente al espejo, los últimos restos se estaban diluyendo por el desagüe del lavabo junto al agua que le resbalaba por la cara.
Tras tomar una toalla y secarse se puso el relog, usaba un Casio de plástico negro, digital, práctico. El sol entraba rabioso por la ventana abierta de par en par en el dormitorio a su espalda. Con gesto rápido y preciso se quitó el camisón dejándolo encima de las sábanas revueltas, se puso la aséptica ropa interior, los pantalones, los zapatos, la camisa. Sólo se paró a fijarse un instante en los rayos de sol que inundaban toda la estancia. Ella no pensó en nada. Con gesto mecánico tomó del primer cajón de la mesita de noche la pistola reglamentaria, comprobó el cargador y acto seguido se colocó una cartuchera sujeta al hombro, la colocó dentro y tomó de un perchero cercano una chaqueta de cuero marrón.
Comprobó también de manera mecánica que en uno de los varios bolsillos interiores que tenía se hallara la placa. Cogió las llaves de su piso y salió por la puerta.

Él, paralelamente en el otro extremo de la ciudad, salía de la ducha. El vello de todo su cuerpo se encontraba de punta a causa del agua fría. Presentía que aquel iba aser un día especial, mientras se afeitaba con una toalla sujeta a la cintura, tras haberse secado profusamente de arriba a abajo. Sonreía ligeramente, canturreaba una canción para sí mismo.
Realmente podía decirse que se sentía feliz.

La maquinilla Bic clásica junto con espuma barata de afeitar era la combinación que a él le gustaba. Un sonido estridente y repetido de improviso le hizo cortarse en la mejilla. Tardó varios segundos en darse cuenta de que sonaba el teléfono, soltar la maquinilla y alcanzar a cogerlo.
Desde luego fue algo que le molestó, además era una de esas vendedoras por teléfono que a las 8:00 de la mañana ya estaba buscando carne fresca.
– Permita que nos aseemos por la mañana tranquilos
Fué lo único que le dijo después de descolgar el aparato y antes de volver a colocarlo en su sitio.
Decidió poner algo de música en la minicadena, Jeff Buckley por ejemplo, buscó el cd en su amplia colección, que abarcaba toda una pared de la habitación que hacía las veces de salón, y al poco Hallelujah inundó el silencio.

Se había olvidado por completo del corte y cuando regresó ante el espejo del baño se sorprendió al verse lleno de sangre desde la mitad más o menos de la mejilla derecha hasta el nacimiento del vello del pecho.
A lo tonto se había hecho un buen corte, aunque la sangre ya había parado de escaparse.
Sin pensar acercó la mano al líquido fresco y la embadurnó entera. Volvió a sonreir.

Después de un rato sin hacer nada se lavó la cara y decidió que si no se daba prisa iba a llegar tarde al trabajo.

Mientras que él subía a un autobus que le llevaría a su destino, ella fulminaba la silueta de cartón con una diana pintada en mitad del pecho de una de las cabinas de tiro de la jefatura de policía.

– 2 –

Estoy de pie, y ya lo sé. Ya sé todo lo que hay que saber. La sangre corre entre mis dedos, gotea por ellos, formando charcos deformes en el suelo.

Había salido tarde del trabajo, la ciudad tenía su techo gris y oscuro más bajo que ayer, el suelo estaba húmedo y olía a frío, a neumático quemado y tormenta eléctrica que no acaba de explotar.
Enfundado hasta la barbilla dentro de mi abrigo presentí algo. Estaba cerca.

Caminé por las sucias calles que quedan después de la lluvia, la gente me esquivaba al pasar ó se chocaba conmigo indistintamente. Yo iba recto, mi trayectoria era inexcusable, de destino, nadie importaba en realidad, nada, había empezado a andar sin rumbo pero a cada paso que daba mi convicción se hacía más fuerte, los golpes en la acera de mis botas más duros, mis expresión más inexpresiva.
La misma gente que se apartaba ó no podía evitar ser arrollada hacia mí me daba la razón, sin saberlo, marcando algunas notas en esta mía, inefable partitura, como una canción que te enalza y te lleva hasta el abismo, a tu lugar.

Yo lo respiraba en el aire. Estaba claro. Cada vez más cerca. Hoy, con esa luz mortecina de las farolas, con los gatos huyendo de las ratas detrás de los cubos de basura, relegadas a otra clase de oscuridad por las alcantarillas anegadas de su vida.
Y qué más daba, tenía derecho. Qué me había dado a mí la vida, que eran esas calles producto del inframundo de detrás de nuestras conciencias, ¿acaso importaba de verdad? ¿acaso alquien no haría sino politizarlo, demagogizarlo, venderlo? y nadie repicaría las campanas una mañana semilimpia y roja después de la tempestad en duelo por nadie. Simplemente lo sumergirían en la maraña del recuerdo olvidado donde jamás penetraron en realidad. A nadie le importaría.
A nadie importaba en aquel momento más que el nudo de los cordones que llevaba atados aquel día.

Torcí por un callejón donde jamás había estado, lleno de crujidos de los cubos de basura amontonados contra las paredes y el reflejo de la luna semillena que lamía los mugrientos charcos. Elevé la barbilla hacia el cielo y estiré las palmas de las manos dentro de los bolsillos. Sonreí inconscientemente al principio. Lo supe. Había llegado la hora.
Yo ya no podía evitarlo más y lo sabía. Tenía que verlo. Tenía que conocerlo. Había nacido para aquel justo momento. Y nadie tenía el derecho de arrebatármelo, igual que nadie se levantaría un día y acudiría a mi dormitorio para robarme un sólo ojo. Dentro de mi esencia estaba aquello, era mentira que yo fuera libre. Nunca lo había sido.
Era un puto esclavo.

Cuando tomé la decisión, hace escasa media hora, tenía muy en mente que al día siguiente cualquier don nadie y total desconocedor del alma humana opinaría invariable y trivialmente sobre mí y sobre mis actos, condenándome, demonizándome, relegándome al cómodo rincón de los enfermos psicópatas ó los hijos de puta a secas. Debatiendo mi infancia, mis más tiernas relaciones y las que no lo han sido tanto, mi  casa, mis cosas, mi vida, yo, toda mi persona. Dirán que la culpa fue de ésto ó lo otro, de éste ó aquel. Ja. Y yo me rio. Me rio sobretodo ahora con los bajos de los vaqueros manchados de sangre, todo su gris oscuro repleto de salpicaduras. Es todo como una canción de Pink Floyd, (pienso en ésa, Sorrow) que te retuerce las entrañas y el espíritu y te dá la razón, llenando todo de mil salpicaduras fluorescentes donde todo lo demás ha dejado de existir.
Y me reía antes, antes de comenzar lo que antes incluso de empezar ya era imparable. Me reía porque no saben una mierda. Porque yo acabo de despertar, el yo real, y soy un animal, una puta bestia que ha estado toda su vida encerrada, un estepario, y por mucho que hablen no es culpa de esta mierda de sociedad, es mucho más simple.

No soy un enfermo, no estoy más loco que cualquiera, no me siento disociado. No oigo voces que me hablan.
Toda la vida he sentido los límites.
La escalofriante facilidad con la que cruzar al otro lado. El acto mismo, del conocimiento, el acto irreversible, a una intención de mis manos. A un punto y aparte.

Escupí al suelo y seguí caminando. Sonreía con todos los dientes.
Yo había nacido sin más, sin un libro de instrucciones, sin normas ni ataduras. No había nadie que fuera dueño de mis actos Dios, suponiendo que hubiera sido él, había tenido la infinita gracia de crearme así.

La mía era una decisión como cualquier otra, como cualquiera de las miles que tomamos diariamente sin pensar apenas, sin darle más vueltas ó dándole cien mil.
Ahí es donde la gente verá (y repito, juzgará) lo “horrible” de la situación.

De mi decisión.

Al cambiar el callejón por donde iba a otra calle, igual de sucia y oscura pero más grande, encontré un antro de mala muerte. No entré. Un tipo grande y huraño pasaba un trapo por dentro de los vasos recién fregados, otro más enclenque tomaba un trago de whisky con hielo, al fondo se adivinaban tras los cristales un tío con aires de macarra jugaba al billar con dos más y una rubia que seguro estaría más que encantada de chupársela a todos por unos módicos 50 euros. Ninguno reparó en mí.

No, lo cierto es que yo no pertenecía a aquel lugar, ni a aquella categoría del diccionario donde me incrustarían, la culpa de la ciencia ficción, los videojuegos y el caldo de pollo de la abuela, pero ya he dicho que yo en todo ésto realmente era el todo y las partes. Quien quiera creer que él se habría internado u otras historias por el estilo, es muy libre de ser así de gilipollas. A mí me la suda, creo que es conveniente sentar las bases desde el inicio de cualquier relación.

Pero como iba diciendo, mi decisión fue rápida. Me daba igual. Quería saber, punto.
Revolución.

Un cabrón menos (aspiro por la nariz -hace frío-), y lo siento.
Le he clavado la navaja en el cuello por la espalda, y se lo he rebanado por toda la circunferencia. Es increíble todo lo que puede dar de sí una navaja suiza.
Sus gritos han sido muy líquidos.
Nada impresionante, nada que importase demasiado a nadie. Lo importante, lo verdaderamente importante es la sensación, la adrenalida en el estómago mientras le daba la vuelta, le abría la camisa y le sacaba, con un poco de paciencia, el corazón. Tenerlo en la mano. Mirarlos, a los dos.

Sin vida. Es indescriptible, la sensación de tener la decisión en tus manos, la sientes ahí, con un peso y una forma propias, el destino y todo su curso que vas a cambiar, con un sólo acto irrefutable y sin vuelta atrás.
Yo estaba ahí (bueno, en realidad donde aún estoy, ¿pero qué sería de algo así sin una buena descripción), con la navaja en la mano (que por cierto tengo que afilar mejor), con este tipo que ahora yace a mis pies, distraído, dándome la espalda. Y yo con todo el peso de su vida entre mis dedos, con la pregunta y la certeza de qué se siente cuando pasas por el punto de no retorno y de un segundo a otro le has clavado la hoja entre las venas.
Cuando de un segundo a otro sabes lo que puedes hacer y lo haces.
Oh, esa certeza terrible y poderosa.

¿Nunca han sentido que podían segar en sólo unas décimas la vida de la persona que tuvieran delante sin que esa persona se lo imaginase siquiera? Ahí, en ese paso de peatones, ese andén de mentro, ese cuchillo en la cocina…
¿Da miedo, eh?

Bien, ahora van estando más cerca de lo que siento yo.
De lo que sentía, mejor dicho. Creo que ahora estoy un paso ligeramente por delante de ustedes.

Ya no siento miedo. El punto de no retorno no me ha vuelto loco.
No sé lo que van a hacer ustedes a continuación (aunque me lo puedo imaginar), yo lo tengo claro.

El punto sin retorno ¿recuerdan?

La sangre ya no gotea por mis manos, sigue fresca pero no en la cantidad suficiente. No soy imbécil, no encontrarán datos míos aquí. Ni ADN, ni huellas de calzado, ni era su amante.
Pero me llevo el corazón.
Los ojos, los pulmones y el hígado (disculpas por la rudimentaria disección) los pueden encontrar a la vista, para que no se pierdan.

¿Que qué se siente al matar? bueno, ya lo he dicho, ya estña claro, póder; tengo que perfeccionarlo, no se llega y se conoce todo de golpe. Pero es mejor que la duda, mejor que la indecisión. No me masturbaré en casa con el corazón delante, no me fascina el color de la sangre, no me obsesiona la visión que tengo delante.
Quería saber lo que ahora sé.
Lo que siente un animal dirán ustedes.
Para más esperen a próximas entregas. Continuará, no tengan dudas.

———

– Ésta es la carta del hijo puta
– Joder
Ella se echó para atrás en la silla, miró al agente Martín a la cara sudorosa y desencajada, ella misma estaba sudando y notaba la cara de incredulidad con la que le estaba mirando. En la mesa además tenía delante las fotos que habían sacado tres horas antes, la carta estaba dentro del bolsillo del pantalón de la víctima, el forense la había encontrado. Como inspectora de homicidios había estado en primera fila en el callejón donde habían hallado el cuerpo, el psicópata le había abierto en canal.

Martín le devolvió la mirada, destartalado, desconcertado y desdeñoso de todo lo que le rodeaba en ese momento. Ella sólo sentía asco. Asco y dolor de cabeza. Era como si un yunque se la hubiera aplastado.

– Si ésto…-empezó a decirle a Martín muy lentamente-…sale en el periódico, en la tele, en la radio…dónde sea…estamos muy jodidos, muy, muy jodid…
– Inspectora…-Martín tragó saliva, maldita la idea que tenía de cómo decir que lo que tenía que decir, a veces odiaba ese maldito trabajo más que nada en el mundo-…no ha sido culpa de nadie, inspectora
– Ya conozco mi cargo -le dijo con voz cansada, se estaba poniendo nerviosa, se había levantado de la silla y las manos le estaban empezando a temblar ligeramente- no por favor, no me digas lo que me vas a decir. Joder… no me lo digas, no podemos ser tan gilipollas
– Inspect…
– Dígalo ya Martín, vamos, dígalo ya
– No sólo nos la ha dejado a nosotros, no sé cómo, nadie sabemos cómo ha tenido tiempo el hijo puta, pero ha sacado copias y se las ha mandado a El Mundo, a El País, La Vanguardia…
– Que no lo publiquen! que no lo metan en la edición de… -se miró el relog, las 6 de la mañana, su turno se supone que había acabado a las 22:00- voy a llamar corriendo y…
– También lo ha mandado a los peródicos gratuitos, y las principales cadenas de televisión -sentía que tenía que decirle algo a aquella mujer a la que se le acababa de venir el mundo encima y que además podía descargarse contra él- Lo siento, inspectora. Realmente lo siento mucho

Ella se había vuelto a sentar. Mierda. En media hora toda España leería las palabras de este simpático psicópata, los niños lo oirían en la tele, toda la opinión pública hablaría de él, ni comentar todos los demás locos a los que alentaría, la ola en ciernes de imitadores que podía levantarse. La mierda que les había caído a todos encima. La prisa que tenían que darse porque ese cabrón quería seguir contestando a sus preguntas. Y el agente que tenía delante le decía “lo siento”.

– Puede retirarse Martín. Gracias -trató de esbozarle una sonrisa.

Se dió cuenta de que iba a tener un día muy largo.

//Escrito por Atlanthis// //Blog Registrado. CC. Todos los Derechos Registrados//

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2 Respuestas a “Las 7 en punto (extracto)

  1. Lástima que semanas después de haber escrito este relato, y dármelo a leer, hicieran en televisión la serie de Dexter, que por otra parte es una serie que me encanta.

    Aunque mucha gente después de lo de Dexter, al leer este relato, piense que ésta ya no es más una idea original, eso no lo es todo… Es la novela negra algo original? No, verdad? Y ahí están Patricia Cornwell, Patricia Highsmith, Agatha Christie, P.D. James y muchos otros, haciendo que cada historia sea única y nos encoja el alma en un puño mientras los leemos…

    Sigue adelante… Siempre he sabido que valías para esto.

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  2. Tiene muy buena pinta el relato y espero que haya segunda entrega. Evidentemente en España los asesinos dan de comer a media prensa amarillista. ¿Ha nacido un héroe?

    Un saludo.

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