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Las últimas palabras

No dejaba de mirarla. Ella tenía ésa mirada que te dice que nada de lo que dijese iba a ser entendido sino apisonado, deformado y catalogado a su gusto.
Empecé a pensar que las últimas palabras eran lo más difícil de decirle a alguien.

Casi la veía esperar mentalmente mi respuesta a su pregunta igual que un boxeador espera el último golpe de su contrincante.
Y lo irónico de todo es que yo nunca había querido pelear con ella.
Incluso podía escuchar al ficticio público a través del negro insondable de sus pupilas, jaleándola en una lucha que no existía.

Me pasé una mano nerviosa por el pelo. Yo no quería entrar ahí, en la oscuridad de su imaginación.

- Juanjo, respóndeme – me dijo fijamente, con dureza en la voz.

Mentalmente todas las respuestas posibles me bailaban en la cabeza. Eran como pequeñas personas mareadas apoyadas en la barandilla de un barco pugnando consigo mismas por no vomitar.

El público dentro de su cabeza nunca me daría la razón, pensé. Siempre, hiciera yo los movimientos que hiciera, dirían que cometí falta, juego sucio. Aunque me quedase quieto en el ring viendo como ella se golpeaba a sí misma.

Sé feliz, pensé. Olvídate de mí, para de imaginarte cosas que no existen ni lo han hecho nunca. Deja de hacerte la víctima de una película de serie B que nunca has visto. Sácame de tu vocabulario sordo para que así podamos decir las últimas palabras en paz.

Estuve a punto de abrir la boca, a punto de responder.

Y entonces entendí que no había respuesta posible a su pregunta. Porque no era una pregunta en absoluto. Ella sóla había imaginado los cargos contra mí, juzgado y emitido sentencia. Y todo el mundo sabe que siempre hay gente, público, que va y piensa hacia dónde sopla el viento, la gente que secunda un linchamiento sin pestañear basándose sólo en el polvo que ése viento arrastra.
Y yo contra éso no podía luchar sin hacerle más daño. Sin que ella me lo hiciese a mí.

Y lo irónico de todo es que me dolía. Me dolía por dentro ver cómo ella sufría.

La miré por última vez. Casi podía oler su decepción.
Yo estaba cansado, muy cansado. Empecé a reir sin querer. Ella me miró con los ojos muy abiertos. Yo no pude parar. Ella me estaba linchando por motivos falsos y yo me preocupaba por sus sentimientos al respecto.

Cuando llevaba diez minutos andando me dí cuenta de que aún no había dejado de reír, flojito.

//Escrito por Atlanthis. Todos los Derechos Reservados. //

1, 2, 3

Voy pisando las hojas mojadas de la acera. En mis retinas, la imagen de la sombra encima de la mesa, de la taza de café que acabo de tomar, dos calles más atrás de mis pasos.

- Es muy sencillo, no tienes que preocuparte de nada. Tú haz únicamente -y esta palabra la remarca mucho-lo que tienes que hacer. Y todo saldrá bien

Yo le miro detenidamente. Me tomo mi tiempo, aún faltan veintidós minutos exactos. Navaja me habla con superioridad, una superioridad que no tiene ni en rango ni moral. No he tocado el café.

- Tú lo ves cómo ellos. No es así -digo.

Él apura su cortado, los restos de los dos croissants a la plancha que ya se ha comido pueblan su espacio, dejando restos en las coderas de su jersey.

- Creía haber entendido que te llaman el Especialista. Tú sabrás cómo tienes que hacerlo -mira la hora- yo no he venido aquí a hacer tu trabajo, éso es cosa tuya. Yo sólo he venido aquí a asegurarme de que has entendido los términos. La importancia de lo que tienes entre manos, y de que ésa importancia, machaca tu cabeza una y otra vez como un jodido martillo que aplastara tus sesos. Ése es mi trabajo, lo vea cómo me de la gana de verlo -se detiene a tomar aire- Y no hace falta que diga todo lo que está en juego -y al decir ésto su mirada parece abarcar todo cuanto está a nuestro alrededor sin moverse un ápice de mis ojos-.


La lluvia cae por todos lados. El suelo, los coches, la gente, todo está sucio, es asqueroso. No dejo de pensar en el dispositivo. Cómo se haya mojado voy a tener muchos problemas. Qué digo, problemas ya no tendré cuando tenga una pistola apuntándome a la sien.

Navaja se cree muy listo, más que yo y más que todos los que nos la jugamos en esta puta guerra que todavía no ha acabado, éso se ve de lejos. Ambas cosas. Le metería la cabeza dentro de un bidón de pintura roja para ver si le da alergia ó son imaginaciones mías.

Qué fácil es dirigir la conducta de otros, tener ideas y después dar apretones de manos. Mirar como si yatodo estuviera hecho, cuando no tenemos nada, y lo poco que tenemos nos lo están arrancando. Y lo que quede nos lo quitarán de una manera peor.

Toco las llaves de la moto dentro del bolsillo de mi chaqueta. Apreto los puños dentro. No me gusta nada este día. No me gusta nada que esté lloviendo. No me gusta seguir oyendo a ése capullo engreído y tener éstos presentimientos.

- Toma. Pónte los auriculares en las orejas, debajo del casco no se verán, y el transistor te lo metes dentro de la chaqueta. La frecuencia es segura, la hemos vuelto ha comprobar hace una hora -seguro que con tus propias manos imbécil, pienso- No voy a volver a repetirte el peligro que corremos -sobretodo que corres tú, vuelvo a pensar- Si ésto sale mal, el Generalísimo sabrá que nuestra célula aquí sigue activa, que no la destrozó entera al meter a Tinin y Maruja en la cárcel -aprieta los dientes, blaquísimos- y asesinar a los otros

- No le llames el Generalísimo, haz el favor -digo

- No sé cómo quieres que le nombre. Tal vez tendrías que haberte pedido una infusión y no estar…

- No he tocado el café. Aún -puntualizo, éste no va a venir a decirme a mí que tengo ó no que hacer- Y delante de mí no le llames así, porque que yo sepa tu mujer y tu hija están tranquilamente en tu casa, ó lo que te hayan dejado de ella que es bastante. Al menos más que a mí y más que muchos. Pero mi mujer y la hija que esperaba ¿sabes dónde están? no, ¿verdad? -le pregunto.

- No

- Bien. Yo tampoco. Porque tu Generalísimo no deja asistir a los fusilamientos, ni al entierro, ni a nada. Así que déjate de formalidades de una puta vez, que aquí a lo que estamos es a terminar esta maldita guerra de una vez, pero con las cosas en su sitio. Y si le llamas Generalísimo me entra un no sé qué por el cuerpo que me dan ganas de meterte esta cucharilla por entre los oídos, ¿me entiendes? y dejar al coronel Martinez para más tarde. No sé cómo coño quiere un hombre de acción como tú -mascullo con sorna- llevar a fin un golpe de estado mostrando tanta reverencia y tanta consideración

- El tiempo avanza -dice mirando hacia otro lado- Te tienes que ir. Ahora da igual la semántica. Con Martinez fuera de combate, estaremos un escalón más arriba de… -duda- de acabar con todo ésto

- Sea

Tomo el café de un sólo trago, me levanto y me voy.


Ya casi he llegado al punto. Estoy sólo en ésto.

Miro al edificio de enfrente, en el 4º piso las cortinas están descorridas en las dos primeras ventanas y corridas en la tercera. Todo va bien. Lo compañeros están en posición.
Continúo una calle más arriba. Ya veo la moto aparcada.

En el relog son las cuatro y cuarenta minutos. Me quedan cinco.

Saco un cigarro y lo enciendo. No fumo. Parezco un hombre como cualquier otro, desocupado, mirando una moto que no puedo comprar.
Al otro lado de la calle, las oficinas de un importante diario de la ciudad, entre una escuela y una tienda de comestibles.

- Hemos elegido este lugar porque el Coronel Martinez estará hablando con el director de La Gaceta hasta las 16:45 aproximadamente, hora en la que se marchará y acudirá al hotel Príncipe donde tiene un acto a las 17 horas. Hemos decidido que lo mejor es atacar directamente aquí y no más tarde como habíamos acordado, ya que es una reunión pactada anteayer mismo, secretísima, donde esperamos que no habrá seguridad

La asamblea casi no tenía asistentes. Tras los encarcelamientos, el ánimo rebosaba miedo, dolor y oscuridad.

Carlos había tomado ahora la dirección de la célula. Nos comentaba datos que yo ya conocía.

- El lugar es idóneo, además, porque a esa hora el colegio ya está impartiendo clase, la tienda cerrada (Florencia ya sólo abre por las mañanas) y en el resto de oficinas la gente estará trabajando. La ubicación de la bomba, debajo del coche del Coronel, como sabéis le ha costado la vida a muchos compañeros, y la cárcel a Tinin y Maruja. Ésos cabrones no tendrían que haber estado cuando Joaquin se fué de la alcantarilla, y cometió el error de ir a visitar a Antonia. Hacía tiempo que le seguían la pista. Por suerte, sólo desmantelaron casi todo nuestro comando. No se les podía ocurrir que él salía del taller.

Joaquin había forzado la alcantarilla delante de la puerta, donde aparcarían el coche casi seguro. El chivatazo había sido un gran golpe de suerte. Pero a cambio, muchos lo habían pagado.


Las palabras de Carlos vuelven a mi mente ahora que ya es la hora de realizar mi trabajo. Respiro hondo.
La puerta del edificio de La Gaceta se abre. Dos soldados preceden al Coronel. No estoy seguro de que respiren y hablen como los demás. Parecen dos muñecos articulados. El más alto saca un walkie-talkie, dice algo. El Coronel se frota las manos, hace frío. Una mujer llama al timbre del colegio. Yo estoy atándome los cordones de los zapatos. Tengo el casco y los auriculares puestos.

Al poco llega su coche. Negro, reluciente.

Se detiene delante de los tres hombres. Con una bomba debajo. El más alto cruza unas palabras con el chófer.

Asiente con la cabeza. Se vuelve para hacer un gesto al otro.

Oigo una voz.

- Luis, ya es la hora. Todo despejado en tu salida. En el estanco que queda al lado del colegio tienes un refuerzo. Mejor que no sepas quién es. Si hay problemas saldrá a ayudarte, descuida. Lo tienes en frecuencia

Ya tengo problemas, pienso. El Coronel se dirige al coche. El soldado más bajo le abre la puerta.
Me dirijo a la papelera junto a la moto. Hago ademán de tirar un papel pero en realidad toco con la mano la cajetilla donde está el botón que dispara la bomba. Los cables iban desde la alcantarilla hasta la salida que Joaquin había sacado, oculta dentro de la papelera.

Sale la mujer que antes había visto entrar al colegio. Está nerviosa, llega tarde a algún sitio, seguro. Y lleva una niña de unos cinco años cogida de la mano. Y en treinta segundos estarán al lado del coche.

Sudo. Martinez ya está casi dentro del coche. Es gordo y lento, y le cuesta meterse.

- Luis, dispara. ya está dentro -es mi refuerzo-.

Pero no puedo. Las manos no me hacen caso. Ésto no es una guerra, es una niña de cinco años a la que han sacado del colegio para ir al médico seguramente, ó ir a casa de la abuela, ó…

El coche enciende el motor. La madre y la hija están a su altura. La madre para un instante para decirle a su hija que se dé prisa.

- Luis, joder, olvídate de ellas -mi refuerzo de nuevo, una especie de ángel de la guarda macabro- Dispara.
DISPARA!

1, 2, 3. Cierro los ojos. Pienso en mi mujer. En la hija que no he conocido.

Aprieto el botón.

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Cosas que nunca te dije

- ¿Qué estas buscando?
Jamás olvidé su cara, en aquella penumbra, en aquel dormitorio que no era mío, desnudas ambas. Me miraba serenamente, sin juzgarme. Su rostro desvelaba verdadera curiosidad, una curiosidad mezclada con extrañeza y tranquilidad.

Era unos nueve años mayor que yo, la había conocido esa misma noche en un pub al que entré con la intención de terminar todo el alcohol que pudieran servirme. Cuando entré ella estaba en un extremo de la barra, bebiendo algo que parecía Ballantine’s con cola. Vestía un vestido negro liso, ajustado, el pelo intensamente negro y largo le caía por los hombros recogido, parecía la típica mujer que ya lo ha probado todo y repasa sus victoras ante un cubalibre esperando a la próxima víctima que añadir a su caza. Era delgada, guapa. Nada más entrar me miró. Una chica rondando los veintipocos apareciendo por la puerta de un pub oscuro, llevando unos vaqueros negros ajustados, una camiseta que no se distinguía bien vista a tan poca luz y una chaqueta vaquera abierta encima, con el pelo también negro pero más corto, suelto.
Me senté al lado de un tipo que le metía mano a la que presumiblemente sería su novia por debajo de la falda, mientras ella le mordía el cuello con agonía. Pedí a la camarera un Bacardi solo. La música estaba rabiosamente fuerte, como ocurre en esos lugares.

Después de unos cuantos sorbos la volví a mirar y me dí cuenta de que ella también me estaba mirando. Por su expresión llevaba todo el tiempo haciéndolo. Creí más apropiado para mi estado de ánimo seguir concentrándome en mi vaso, pensando que me atraía, que tenía que beber lo bastante para olvidarlo todo y lo suficiente para saber regresar a la habitación de hostal que había alquilado en un ciudad en la que ya había estado más veces.
Nunca hasta entonces había visto a aquella mujer.

Cuando pedí el segundo de lo mismo, ella apareció de repente entre la pareja y yo, colocándose a mi lado en un taburete vacío en el que yo no había reparado. Me gustaba sentarme en las esquinas de los sitios, que era dónde yo estaba. Le dijo a la camarera que le pusiera lo mismo que a mí. El vaso tenía gotas heladas de vapor de agua resbalando por su contorno, los cubitos de hielo reflejaban el color del ron. Seguía mirandome con cara interesada mientras deslizaba una uña pintada de rojo por el cristal húmedo, y yo levantaba la vista de la barra.
- ¿No es una bebida demasiado fuerte? -me preguntó.
- Es adecuada -respondí.
Sonrió y bebió un trago, sin apartar sus ojos de los míos. Yo empezaba a sentir calor por el efecto del alcohol, sentía como la nuca me transpiraba ligeramente, y la mano derecha que utilizaba para seguir bebiendo me temblaba ligeramente torpe.
- ¿Adecuada para qué? -insistió.
- Adecuada para alguien como yo en una noche como ésta.

Realmente era una noche adecuada para casi cualquier cosa; la ciudad, de costa, también lo era.
La vista se me resbalaba por su cuello, despertando en mí un intenso instinto de clavarle con el impulso exacto lo dientes y morderle, por sus labios, que hipnotizaban a mi visión clara y borrosa.
- Ponnos otra -pidió al camarero.
- ¿Qué era? -inquirió éste.
- J&B con cola -cambié yo.
Ella enarcó una ceja sarcástica. Nos habíamos tomado ya unos dos Bacardi más.
- ¿Vives aquí? nunca te había visto -le pregunté.
- En el casco antiguo del pueblo ¿lo conoces?
- Sí
- Calle Gato número 17
- ¿Es una casa? -sugerí, confundidos ya en mi cabeza los recuerdos de esa zona.
- Sí
Tenía una voz con la que perfectamente se podría haber dedicado a ser locutora de radio; aunque bien mirado, tampoco sabía si lo era.
- Parece que has venido mucho por aquí -dijo.
- No tienes forma de saberlo, igual que yo no la tenía de saber donde vives, aunque ahora ya lo sé -y sonreí al decir ésto último.
- Se te nota en la mirada. No tienes pinta de turista. Miras como quien conoce perfectamente el camino al infierno y se dirige de cabeza a él.
- ¿Y tú eres la demonio que vela en las puertas, como San Pedro?
- Jajjajja -río- podría decirse así. ¿Lo estás haciendo?
- ¿El qué?
- Lanzarte a la boca del infierno esta noche
- ¿Lo parece?
- Sí
- Entonces seguramente lo esté haciendo -y bebí una buena cantidad del vaso.
No me dejó volver a ponerlo en la barra, lo cogío con una de sus largas manos y esa sonrisa sarcástica y lo terminó ella a excepción de dos dedos, dejándolo a un lado cerca suyo.
- Antes tenías los ojos marrones, ahora los tienes verdes
- Es el alcohol -contesté.
- ¿Sólo el alcohol?
Me hizo sentir ligeramente incómoda con esa pregunta. Volví la cabeza hacia las puertas de cristal del garito, desde donde se veía la oscuridad del puerto y el mar haciendo espuma.
- No
Entonces apoyó una de sus manos en mi hombro y me siguió mirando, sentía sus pupilas fijas en mi nuca, volviéndolas quizás en algún momento también al mar, hasta que yo volví la cara y nos volvimos a encontrar, sin quitarla.
- No lo hagas esta noche
Me sorprendió su seriedad.
- ¿Porqué?
Había recorrido 200km para pasar la madrugada en esa ciudad y emborracharme lo suficiente para no recordar nada del vacío que era mi vida; vacío por mí, por mis decisiones, y por una mujer que ya no estaba.
- Por nada. Porque te da igual esta noche que otra, ella no volverá ni hoy ni mañana ni pasado.
Tragué saliva. De pronto se me aclaró la vista y miré por primera vez yo en aquella noche fijamente a aquella mujer. Era todo tan irreal.
- ¿Cóm…?
- ¿Cómo puedo saberlo? -no me dejó terminar- cariño, lo dice cada palabra que pronuncias por la boca, lo transpira cada centímetro de tu piel, se ve en casi cada gesto que haces. ¿Qué iba a hacer si no una chica como tú sola en un pueblo de ambiente de copas como éste?
- Vámonos a tu casa
Se lo dije mirándola fijamente a los ojos aún.
Su casa era amplia, con la fachada blanca y balcones, en la típica calle de pueblo con empedrado y gatos subiéndose a los cubos de basura, sin un alma que molestarlos en la calle. Fué una suerte que viviera en la parte antigua, lo demás eran todo construcciones y bares de copas, discotecas destinados al turismo, imitación al marbellí o al de Benidorm.
Subí las escaleras que daban a los dormitorios apoyada en ella, mientras me cogía con un brazo alrededor de mi cintura para sostenernos mejor, sin dejar de darme cuenta de los muebles sencillos de madera que habitaban la amplia estancia que imaginé haría de salón y la chimenea con cenizas apagadas y un tronco semi consumido.

Recordé no sé porqué canciones de Ismael Serrano. Canciones como Sin ti a mi lado o Déjate convencer. Dejé que me quitara la chaqueta y me tumbara bocarriba en la cama. A la derecha había una ventana abierta con la persiana enrollada por la que se colaba la luz de la luna y el canto de los grillos que tanto me gustaba escuchar en noches limpias como aquella. También se respiraba un fragante aroma a un Galán de Noche distante. Estando así, mientras se quitaba ella los tacones (yo todavía tenía puestas las botas de haber venido en moto), recordé que a Ella (la llamaré en mayúscula para distinguirla de Alicia que era como se llamaba la mujer que me tenía en su cama, mirándola despojarse de los pendientes y soltarse el pelo) no le gustaba hacer el amor con la ventana de par en par por si sobrenaturales, los vecinos nos veían. Solía tener que inventarme mil maneras de buscar un lugar donde eso no pasara, o echar la persiana, o…y solía sentirme incómoda, porque consideraba (y considero)que le quitaba mucha espontaneidad al asunto. La había amado. Tal y como era. La había amado mucho y ahora volvía a pensar en ella mientras otra mujer con infinitamente más experiencia de la vida seguro, aún siendo Ella mayor que yo asimismo, se tumbaba en su cama al lado mío, acariciándome la ceja que yo no dejaba insistentemente de acariciarme, como en un tic, apartándome la mano. El tiempo pasado, era sólo eso, un tiempo verbal al que me era más cómodo dadas las circunstancias referirme.
A veces gustaría poder decir aquello que cantaba Antonio Orozco, no me dejes que despierte de este sueño aunque todo sea mentira. Pero precisamente porque tú a Ella sí la amabas, no podías…decírselo.

Hicimos el amor repetidas veces. Aunque no me acaba de gustar utilizar ese término en circunstancias como éstas, porque no se aplica verdaderamente al sentido de su significado. Pero tampoco follamos, dicho en un lenguaje más vulgar; yo quería emborracharme y ella seguramente habría pasado la noche sola en esa casa recordando pasadas noches de pasión. Puede que nos necesitáramos mutuamente.

- ¿Qué estás buscando?
Estaba apoyada sobre un codo, del lado de la ventana, con la cabeza apoyada en la mano observándome. Su expresión era la de una persona que está incondicionalmente contigo en ese momento, sin tratar de cambiarte, sin querer retenerte ni tan siquiera pugnando por entenderte (tal vez porque ya lo hacía, tal vez no), simplemente ofreciéndote su calor y su ayuda desinteresadamente. Y sus preguntas, porque todos las tenemos.
Miré por la ventana por encima de su cuerpo. Se veían las hojas de un árbol, moverse un poco con la brisa.
- Lo que queda de mí -retomé su mirada con la mía.
- Sin ella
- Sí
Hubo un silencio.
- ¿Y has encontrado algo?
- ¿Esta noche?
- Sí
No tuve que pensarlo demasiado.
- He encontrado menos soledad
- Has dicho su nombre, antes.
- Lo sé -lo sabía, de alguna forma incosciente.
- ¿Es de aquí? -preguntó.
- No, es de la ciudad de al lado
- ¿Te gustaba?
- Mucho
Me volvía ausente de mí, de aquella mujer, por momentos. Recordaba lo que hasta hace poco había sido mi vida, en todos los sentidos.
- No la vas a encontrar en una botella de Bacardi, no la busques ahí
- No la puedo encontrar en ningún otro lugar, a no ser que ella me encuentre a mí antes
- No te estás buscando a tí -dijo- tú no necesitas buscarte, tú estás aquí, conmigo ahora, y mañana me habrás olvidado, la estás buscando a ella.
Tenía razón.
- La estás buscando porque tú sigues siendo la misma, pero ella no; tú sigues queriéndola a pesar de lo que haya podido pasaros, algo que no te voy a preguntar porque no me interesa, pero ella no, o tú así lo piensas, o así te lo ha demostrado. La estás buscando en un antro al que vamos gente como yo que hace tiempo que dejamos de creer en nadie, para ver si se te contagia. La estás buscando en la maldad que no tienes pero que te gustaría tener a su lado, porque todos necesitamos el misterio. La estás buscando porque no te estás parando a vivir la vida sin ella, y prefieres ahogarla en un alcohol que nunca te va a ser suficiente. Y lo que no sabes es que la vida a ella no le va a pedir cuentas que tu vayas a ver, pero a tí sí, por haber dejado de vivirla.
- ……. -no podía hablar.
- Preciosa, ni yo ni otras como yo van a hacer que la olvides, que estés conforme.

No me eché a llorar, aunque podía haberlo hecho. Tampoco me fuí de allí. Seguí como estaba, bocarriba, desnuda, mirando al techo. No podía pensar en nada.
- Estaba con otra, lo sé
Me dejo seguir hablando. Creo que las dos necesitábamos hablar y escuchar, aunque fuera de mí.
- La encontré besándose con ella en una esquina. Con las manos metidas en su espalda por debajo de la camisa. Acabábamos de mudarnos juntas a un piso. Tendrías que haberlo visto. Era el piso de nuestros sueños, al menos de los míos. Tenía todo, trabajo, amigos. La tenía a ella. Había una habitación en la que me imaginaba que le leía cuentos a nuestros hijos. Me gustaba su familia. Y cuando me vió mirarlas sólo me dijo que llevaba tiempo queriendo decírmelo, que lo sentía. Que lo sentía.
- La gente puede cambiar -contestó, aunque yo no había formulado ninguna pregunta
- Nadie la escuchó nunca decirme que jamás se apartaría de mi lado, que nunca estaría sin ella, salvo yo.

Entonces me puse las bragas, los jeans. El sujetador. Y me apoyé en el quicio de la ventana.
Alicia se levantó y detrás de mi espalda habló.
- ¿Y si volviera?
- No volverá
- ¿Y si lo hiciera? -volvió a preguntar.
Me dí la vuelta. Ahora si estaba llorando.
- …Me pidió perdón durante un mes entero, día tras día. Me dijo que fué un error, el error más grande de su vida. Que prefería haberse muerto a haberme hecho aquello. Pero yo no la creí. Y ella se mató hace dos meses. Y tu pregunta es si volviera que habría hecho yo -le puse las dos manos en los hombros frente a ella, las lágrimas me surcaban las dos mejillas- …si volviera dos meses atrás en el tiempo la perdonaría, porque decía la verdad, y quizás nadie en toda mi vida me haya querido tanto como ella. Pero ahora sólo me queda mirar ese mar con ese Bacardi y una moto aparcada en la acera, recorriendo los lugares que visitamos y los que nos quedaron por visitar. Buscarla y buscarme. Y quizás escribirle ésto que nos ha pasado a tí y a mí esta noche, aunque lo lean otros, escribírselo a ella, que olvidó contarme a mí sus dudas, que olvidó tanto y yo ahora he de olvidar tanto también, aunque tal vez no me toque…aunque quizás a tí tampoco te pertenezca recordar un día las cosas que ésta noche nunca te dije.

Cosas que nunca te dije

/Pero yo he recordado esta otra historia que escribí, también, hace tiempo…A veces es bueno dejar un espacio del aire que respiramos, a la memoría/

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