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Cosas de la vida

Hace unos días descubrí lo buena que está la cerveza Judas (de la que ahora mismo me estoy tomando una). He añadido a mi lista de Greatest Hits 60/80/90 de Spotify (atlanthis) un montón de canciones en las últimas semanas, algunas como Toy Soldiers de Martika que no sabía/recordaba lo mucho que me gustan. He descubierto que podría haberme dado cuenta antes que The White Stripes están bastante bien, para haberlos incluido en mi música habitual, así como She & Him (para -realmente- cualquier ocasión). Me he empezado a hacer adicta a la ya acabada serie The Sopranos (por supuesto en VOS) y a pensar asiduamente en las geniales caras de Tony Soprano (James Gandolfini). Sé que tengo que acabar y entregar los artículos que tengo pendientes para el Inconformista Digital si no quiero que Francesc acabe matándome por ser tan mala redactora (lo siento).

No sé si escucho más música que antes, quizás sí, quizás he conocido mucha más música imprescindible (para mí al menos) que no escuchaba antes. Sigo teniendo casi las mismas películas pendientes de ver. Sigo -irracionalmente- resistiéndome a comprar la PS3, mientras juego en la PS2 a Gran Turismo de 2a mano y a Call of Duty (mi eficiencia en matar soldados enemigos sube por momentos). Sigo irremediable y absolutamente enamorada de ella, mi mujer, a quien seguiría a las puertas del mismo infierno, sin dudar. Mi hogar eres tú, dónde quiera que estemos.

Me da cada vez más miedo la situación española actual -política, social y económica-, y cada vez pienso más que tendríamos que hacer más, más por cambiarla (no sólo manifestarnos), cosas de verdad, cosas útiles. Cada vez más tengo claras algunas cosas que quiero en mi futuro, se me pone cara de tonta a veces -antes no me pasaba- cuando veo a niñ@s que me caen bien (mataría por ser madre -padre- el día de mañana de una niña como Arya -Game of Thrones-). Sí, la fascinación por Game of Thrones -libros, serie, todo- crece en mí por momentos (qué digo momentos, casi por segundos). Me sigue poniendo “tonta” oír a Sharleen Spiteri cantar I Want To Go To Heaven (ay Dios…) o a Mónica Naranjo cantar cuaquier cosa que se le ponga por delante. Sigo frunciendo el ceño, rascándome la ceja y poniendo cara de filosofía profunda cada vez que escucho Breath No More de Evanescence. Sigo recordando miles de cosas cada vez que escucho ésa canción, demasiadas cosas.

Sí, la música es algo muy importante en mi vida. In a Manner of a Speaking versionada por Nouvelle Vague es una de las canciones más románticas jamás escritas (como una vez alguien me dijo refiriéndose a la versión original de Martin Gore) (junto a Lady in Red de Chris de Burgh). Me da paz escuchar a Broken Bells, tarareo por la calle Autocrítica de Vetusta Morla (demasiado tiempo sin oírla), me subo por las paredes con ZZ Top (vaya generación de músicos, joder).

Creo que las contradicciones de la vida, sobre todo en cuanto a sentimientos se refieren, son una mierda (perdonen los lectores la sinceridad de la palabra). Cómo puedes estar alegre y triste a la vez por algo. Cómo tienes que tragarte tu acojonamiento por algo y tirar pa’ lante cuando sabes que éso es lo mejor, o al menos sabes que es lo correcto que tienes que hacer. Sigo escribiendo y publicando antes de releer lo que he escrito. Sigo teniendo demasiados sentimientos dentro como para saber expresarlos y/o sacarlos afuera.

Me encantaría que la vida fuera mucho más fácil para alguna gente que conozco, por otros siento una enorme felicidad por haber sido valientes y a haber seguido a su corazón (les lleve dónde les lleve, yo creí en ellos desde el principio). Sigo pensando que cuando tenía 18 años debería de haber seguido otro camino, informática o policía; la psicología yo ya la llevaba dentro, y aunque me gustaría tratar la clínica, ahora mismo me supone demasido, en muchos sentidos. Qué mal asesorada estuve, por favor, qué mal me conocía yo en ése sentido entonces. Sigo pensando que algún día escribiré el libro de mi vida (no de forma literal, osea, no de mi propia vida necesariamente). Sigo pensando que quizás algún día cierta persona sé de cuenta de algunas cosas y no tenga que seguir echándola de menos.

No soy una persona fácil y nunca lo seré, aunque a veces sea difícil hasta para mí misma. La gran dualidad es que me gusta quién soy pero a la vez… soy complicada y a la vez simple. Me gustaría convertirme en hombre-mujer-lobo/vampiro (ojo, a lo Crepúsculo, aunque cuánto daño han hecho ésas películas). Ojalá no tuviéramos todos que morir algún día -en esta vida-, y ojalá yo pudiera hablar de la muerte. Y el día tuviera más horas para hacer más cosas, y los 80 no se hubieran acabado -en lo bueno-, y yo hubiera tenido unos padres que me entendieran -a mí y al mundo, por decir algo- mejor.

Me sigue gustando escribir relog con “g” (siento a quién le moleste). Quisiera hacer más deporte, que Bon Jovi no se hubiera vuelto inescuchable después de These Days, que la memoria fuera algo indestructible, dejar una huella en este mundo, haber nacido con sentido del oído para cantar (pedir una voz como la de Mónica Naranjo yo sé que es mucho perdir pero Diossss). Quisiera creer que existe Dios y no tener tan claro que somos evolución, quisiera que las dos vivamos hasta los 90 años -al menos- y nos sigamos mirando con el mismo amor que recuerda todo, quisiera que el mundo y las personas fueran más justas.

Se me ha acabado la cerveza, y no he cenado -voy a hacerme un sandwich-. Y ésto, se acaba.

//Escrito por Atlanthis. Todos los Derechos Reservados. //

sería

Sería estúpido pretender que no te recuerdo. Sería mucho decir que me sigue importando lo que pasara con tu odio. El odio se alimenta a sí mismo, y no necesita actos de fé, ni reflexión, ni razones, ni memoria. Sería tonto negar que alguna vez te pienso, allá en tu castillo, con tus dragones y tus lobos, tus dioses y tus demonios, tus verdades y tus sombras.

Sería una locura creer que ya puedo escribir o hablar de tí sin que la indignación me queme en la garganta.

//Escrito por Atlanthis. Todos los Derechos Reservados. //

Lo que se va quedando atrás

Aún no sé si odio o me gusta cuando sueño en pasado. Me despierto siempre con una sensación extraña, a medias todavía en aquel momento temporal que ha asaltado mi cama, sin saber muy bien definir cómo sentirme. De un lado mi cabeza sigue anestesiada por la parte de realidad tomada del pasado por el sueño y a la vez por la parte que a la luz del tiempo que ha pasado desde entonces hasta el momento real ha ido abriendo nuevos caminos oníricos -brutalmente sencillos o brutalmente complejos- mezclando ambas realidades conmigo dentro, y del otro lado mi cuerpo que está aquí en el presente verdadero, atontado.

Tu cabeza durante un sueño puede tomar caminos insospechados, acabar cosas que nunca se acabaron, cortar selectivamente la realidad y quedarse sólo con determinadas partes, hacer que realmente creas que estás allí, en aquello que ya pasó, que lo hizo a medias o que nunca lo hizo, y que creas que al vivirlo de nuevo lo estás cambiando. Soñar con el pasado (generalmente años hacia atrás o al menos muchos meses), con cosas que ya sucedieron o personas que ya no están en tu vida de la misma forma que entonces (o no lo están en absoluto) es complicado. Es problemático.

Porque hay momentos que ciertamente te gustaría poder tener guardados en una cajita y poder mirarlos y sentirlos como si los estuvieras viviendo otra vez, exactamente igual, como si se tratase de una película que pones y apagas cuando quieras y que no interfiere con tu realidad real, pero normalmente no piensas en ellos de forma tan profunda e intensa como en un sueño, ya que acabas poniendote excesivamente triste por el estúpido paso del tiempo y sus limitaciones (vas cumpliendo años y todo va quedado irremediablemente menos claro, brillante y a mano que cuando viviste un momento en particular). Algunos momentos por su importancia, otros sólo por su belleza, otros por lo que significan para tí, otros por su irrepetibilidad, otros porque ya son parte de tí.

La primera vez que la viste. El brillo del sol en sus gafas de sol y el corazón detenido en tu cuerpo, cuando supiste instintivamente que era ELLA, y te enamoraste irreversible y eternamente de ella, y todo lo demás -el mundo mismo- quedó borrado al comprenderlo. Los primeros besos con las estrellas ahí arriba y un frío cortante alrededor. La madrugada que volviste a verla cuando no sabías si algún día volverías a hacerlo pero habrías matado por ello. Los primeros días en vuestra casa, su forma de mirarte, sus palabras, la sensación de que todo aquello estaba pasando de verdad, no más viajes, no más noches vacías, no más echarla de menos en mitad del alma. Tu boda con ella, la sensación de orgullo que no podías contener apenas. La primera vez que dijiste “ella es mi mujer”. Ése día (uno de muchos) que la miras y sientes que es la mujer más guapa del mundo, y tu amor por ella te quema por dentro. Cuando sientes la niña pequeña que lleva dentro y que querrías haber conocido. Mil momentos más imposibles de escribir sin olvidar ninguno.

Aquel día camino de la playa con tus amigas, música en el coche y una cámara de video, la puesta de sol mientras volvíais a la gran ciudad devoradora de tu alma y pensabas que aquella amistad nunca cambiaría. Antes, mucho antes, la complicidad infinita que leías en los ojos de tu amiga antes de que se convirtiera en éso, cuando cogerse de la mano era una hazaña y un beso en la terraza a la salida del cine lo máximo. Los días que que te habrías cortado un brazo antes que perderla, cuando observar las dos en silencio la autovía desde su habitación era lo más parecido a ser personas normales y encontrar tu lugar en el mundo.

Las noches jugando al billar o discutiendo sobre letras de canciones de música, dentro de un coche contigo y una de las personas en las que más confiabas dentro. Mirar a los ojos entonces de ésa persona y encontrar algo que no esperabas, algo bonito. Encontraros a las dos una noche, dentro del mismo coche, de repente mezcladas en besos. Volver a casa y sentir la sangre hirviendo, sin creerte lo que acababa de pasar.

El piso. Una de ésas tardes en las que la libertad era un sofá azul delante de un balcón, un paquete de tabaco y unas cuantas Heinekens vacías en la mesa, canciones masoquistas en el equipo de música y un cielo inmenso en el que te diluías cada vez que lo mirabas. Cuando cualquier cosa podía ser posible, con un poco de suerte.

Él enseñándote lo rápido que era pintando una pared, cuando le admirabas por cómo te trataba y lo mucho que te estaba dando. Tú hasta las cejas de pintura y sin un sólo músculo libre de un dolor espantoso (aprender en un mes a hacer el trabajo de pintor de un hombre adulto y experimentado, cuando tú tienes 21 años y tu compra semanal se reduce a cerveza y salchichas, es jodido si te empeñas en estar a la altura, y lo consigues), cuando la pintura olía a más libertad, a aquella sensación extraña de hermandad, protección y algo bueno que no se puede explicar.

Los veranos, aquellos veranos casi eternos en los que todo lo malo casi no existía y eras una niña casi normal y el mundo un lugar habitable y feliz. La imagen de ellos que tengo guardada en la cabeza, cuando él tenía bigote y ninguna cana, cuando ella compraba chicle y sus sonrisas radiantemente jóvenes chocaban con la presencia de una hija, y no había nada en el mundo -a pesar de los días malos que empezaban- comparable a un beso ó abrazo suyo. Nada comparable a un abrazo.

La mañana en la facultad de Magisterio cuando una de tus mejores amigas te dijo algunas de las palabras más sabias e importantes de tu vida. Los días que nacieron tus sobrinas. La boda en Italia en la que más te has emocionado después de la tuya misma. Cuando te diste cuenta que volvías a tener una familia, una recuperada de la que jamás deberías de haber estado apartada, otra que te quería (y te quiere) como una más. Cuando te miraste al espejo, hace muchos años, y por fin empezaba a gustarte la persona/imagen que veías. Aquel concierto. Aquella sonrisa de un@s amig@s. Aquel domingo alternativo. Breath no more. Aquella serie que viste en su momento. Tantas eternidades.

Otros momentos que dejaste a medias, que nunca llegaste a finalizar, se te abren en los sueños, como una caja de bombones con huecos que ahora puedes rellenar. Otros momentos absurdos, erróneos, fatales, los arreglas o los borras. Después te despiertas y entiendes cosas que hasta ahora no entendías. Descubres que te dolió algo que no sabías hasta ahora de alguien, que eras demasiado joven e ingenua cuando hiciste algo y no pensaste todo lo que debías en los sentimientos de alguien antes de entrar en aquel coche, que decisiones que dudabas si eran correctas lo son y que no tienes nada de que avergonzarte en muchas cosas.

A veces vives todo de nuevo, al revés o cambiado con tal intensidad y realismo en un sueño, que todo lo que se va quedando atrás, bueno y malo, te vuelve casi literalmente a tocar. Y sientes una serie de escalofríos, felicidad, tristeza, extrañeza, confusión, claridad.
Te despiertas y vuelves al presente y vuelves a sentir miedo por el paso del tiempo, implacable.
Respiras hondo y cuando te desentumeces te das cuentas de que sí, el paso del tiempo es una mierda, pero sin él no habrías vivido (ni seguirías viviendo) todo lo que has hecho. Sin el tiempo no tendrías momentos imborrables de tu cabeza. Y ésto, aunque no te acaba de convencer del todo, lo hace bastante.

Porque lo que se va quedando atrás o bien forma parte de la felicidad que sientes en tu vida y de sus cimientos y raices fuertes que te hacen ser quién eres, o bien ciertamente merece quedarse atrás, visto fríamente, como personas que se han quedado atrás aunque no puedas dejar jamás de escuchar una canción sin pensar en ellas. Momentos que casi te parecen como vividos en alguna otra vida. Sensaciones, nombres, instantes, que tuvieron su tiempo y lugar en tu vida pero que no estaban destinados a ser más de lo que fueron.

/En breve publicaré el siguiente capítulo de “El planeta azul”. Las vacaciones van llegando a su fin…/

/Comfortably Numb -Pink Floyd-, Biarritz -Amaral-, Lost -ColdPlay-, October -Broken Bells-, Breath no More -Evanescence-, entre otras en mis auriculares/

//Escrito por Atlanthis. Todos los Derechos Reservados. //